Adrián permaneció inmóvil.
Sus ojos iban de las maletas a mi rostro, como si estuviera esperando que sonriera y dijera que todo era una exageración.
No ocurrió.
La vecina sostuvo el plato de pasteles con evidente incomodidad.
—Yo… mejor vuelvo otro día.
Nadie intentó detenerla.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, el silencio fue casi insoportable.
Adrián señaló las cajas.
—¿Qué significa todo esto?
Doblé con calma uno de mis suéteres y lo coloqué dentro de la maleta.
—Me voy.
Él soltó una risa corta.
—¿Porque Clara vino a casa?
No respondí.
—Lucía, ya eres adulta.
No puedes hacer un drama cada vez que ayudo a alguien.
Cerré lentamente el cajón de la cómoda.
—No me voy por Clara.
Él frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué?
Lo miré por primera vez desde que había entrado en la habitación.
—Me voy porque hace mucho tiempo dejé de ser tu prioridad.
Adrián negó con impaciencia.
—Otra vez con eso.
—¿Otra vez?
Saqué una carpeta del armario.
Durante cinco años había guardado allí cada permiso cancelado, cada reserva anulada y cada mensaje sin responder.
La dejé sobre la cama.
—Ábrela.
Él la abrió sin demasiado interés.
La primera hoja era una reserva para nuestro primer aniversario.
Cancelada.
Motivo: Despliegue de emergencia.
La segunda.
Vacaciones prometidas en Oaxaca.
Canceladas.
Motivo: Clara necesitaba apoyo emocional.
La tercera.
Mi operación de vesícula.
Había una fotografía mía en la habitación del hospital.
Estaba sola.
Debajo, una copia del único mensaje que recibí aquel día.
“No puedo ir. Clara tuvo una crisis de ansiedad.”
Las páginas continuaban.
Cumpleaños.
Navidades.
Aniversarios.
Todos tenían el mismo final.
Siempre aparecía Clara.
Adrián dejó de pasar las hojas.
—No era tan simple.
—Para mí sí lo fue.
Respiré profundamente.
—Siempre fui la persona que esperaba.
Ella era la persona por la que tú corrías.
Desde el estudio llegó la voz de Clara.
—Adrián… ¿todo está bien?
Él no respondió.
Ella apareció unos segundos después.
Al verme rodeada de cajas, fingió sorpresa.
—¿Cuñada… de verdad te vas?
No contesté.
Clara dio un pequeño paso hacia mí.
—Si mi presencia causa tantos problemas, puedo marcharme.
Antes de que terminara la frase, Adrián habló.
—No.
La palabra salió automática.
Sin pensar.
Sin dudar.
Ni siquiera se dio cuenta de lo que acababa de hacer.
Yo sí.
También Clara.
Ella bajó discretamente la mirada para ocultar una sonrisa.
Porque, una vez más…
…él había elegido primero.
Aquella noche terminé de empacar.
No discutimos.
No lloramos.
No hubo reproches.
Solo silencio.
Al amanecer cargué la última caja en mi automóvil.
Cuando estaba cerrando el maletero, Adrián salió finalmente de la casa.
Llevaba todavía el uniforme de entrenamiento.
—¿De verdad vas a hacer esto?
Asentí.
—Pensé que solo necesitabas calmarte.
—Llevo cinco años calmándome.
Él dio otro paso.
—Podemos hablar.
Sonreí con tristeza.
—Eso intenté hacer durante cinco años.
Simplemente nunca tuviste tiempo.
Arranqué el motor.
Por el retrovisor vi cómo permanecía inmóvil en la entrada.
No me siguió.
Tal vez seguía convencido de que regresaría en unos días.
Siempre lo hacía.
Solo que esta vez era diferente.
Tres días después me reuní con la abogada especializada en derecho militar.
La licenciada Elena Robles escuchó toda la historia sin interrumpirme.
Al terminar, cerró la libreta.
—Necesito hacerle una pregunta.
—Claro.
—¿Qué desea conseguir exactamente?
Miré por la ventana unos segundos.
Luego respondí con absoluta tranquilidad.
—Quiero recuperar mi paz.
Ella asintió lentamente.
—Entonces empezaremos por el divorcio.
Firmé los documentos sin que me temblara la mano.
Cuando terminé, Elena abrió otra carpeta.
—Hay algo más que debería saber.
Sacó una copia de un reglamento militar.
Señaló un párrafo.
—La autorización para registrar a un acompañante civil en zonas restringidas exige una declaración jurada.
Leí las siguientes líneas.
El militar certificaba que aquella persona mantenía una relación familiar legítima y que su presencia era imprescindible para el servicio.
Levanté lentamente la vista.
—¿Quiere decir que…?
—Si el general Fuentes utilizó esa autorización de forma indebida, podría enfrentarse a una investigación administrativa muy seria.
Sentí un escalofrío.
Durante cinco años había pensado que solo me había reemplazado.
Ahora descubría que quizá también había comprometido su propia carrera.
En ese mismo instante sonó el teléfono de la abogada.
Escuchó durante unos segundos.
Después me miró con expresión inesperadamente seria.
—Acaban de llamarme desde la Inspectoría General del Ejército.

Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Al parecer… alguien ya presentó una denuncia sobre los permisos concedidos a Clara Salas.
Y el nombre que aparecía como denunciante hizo que incluso la abogada guardara silencio durante unos segundos.