Los tres consejeros entraron sin saludar.
El jefe de seguridad cerró la puerta detrás de ellos.
Daniel dio un paso hacia mí.
—Clara, esto puede arreglarse.
El presidente del comité de auditoría levantó una carpeta.
—Eso depende de lo que encontremos aquí dentro.
Nadie volvió a sentarse.
Uno de los abogados colocó varios documentos sobre la mesa.
—Señor Miller, hemos revisado los gastos corporativos de los últimos dieciocho meses.
Daniel intentó mantener la calma.
—Ya dije que reembolsaré cada centavo.
El abogado negó lentamente.
—Ojalá ese fuera el problema más grave.
El ambiente cambió por completo.
Abrí otra carpeta.
—Proyecto Atlas.
Daniel levantó la vista de golpe.
Sabía perfectamente de qué hablaba.
Era la adquisición más importante en la historia de la empresa.
Si salía adelante, duplicaría el valor del grupo.
El consejero financiero deslizó un contrato hacia el centro de la mesa.
—Hace cuatro meses usted aseguró ante este consejo que la negociación era completamente confidencial.
—Lo era.
—Entonces explique esto.
Sobre la mesa apareció una fotografía.
Vanessa estaba sentada en un restaurante de Bali.
Frente a ella había un hombre que todos reconocimos inmediatamente.
Richard Coleman.
Director ejecutivo de la empresa competidora.
Daniel sintió que el aire le faltaba.
—Eso…
Miró desesperadamente a Vanessa.
Ella también se había quedado inmóvil.
—Nunca vi esa fotografía.
El abogado colocó una segunda.
Después una tercera.
Las fechas eran distintas.
Tres reuniones.
Tres ciudades.
Tres meses consecutivos.
Siempre con el mismo ejecutivo.
Vanessa comenzó a negar con la cabeza.
—No… esto no significa…
El jefe de auditoría la interrumpió.
—Después de cada encuentro, el señor Coleman modificó exactamente las mismas ofertas que ustedes presentaban.
El silencio fue absoluto.
Daniel giró lentamente hacia Vanessa.
—¿Qué hiciste?
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Yo?
Su voz se quebró.
—¡Pensé que tú lo sabías!
Todos la miraron.
Vanessa tragó saliva.
—Richard me dijo que hablaba contigo.
—¿Qué?
—Me dijo que tú autorizabas compartir información porque estaban negociando una futura alianza.
Daniel retrocedió un paso.
—¡Jamás hablé con él!
La joven empezó a llorar.
—Él me enseñó correos electrónicos enviados desde tu dirección.
El abogado levantó otra carpeta.
—Precisamente sobre eso queríamos hablar.
Sacó varios informes periciales.
—Esos correos fueron enviados desde la cuenta del señor Miller.
Pero…
Hizo una pausa.
—No desde su computadora.
Todos quedaron inmóviles.
—Fueron enviados desde un dispositivo registrado a nombre de…
Miró directamente a Vanessa.
—…la señorita Reed.
Ella dejó escapar un sollozo.
—No…
Daniel la observaba como si nunca la hubiera visto.
—¿Usaste mi cuenta?
Vanessa negó desesperadamente.
—¡Yo no sabía que era ilegal!
—¿Quién te dio acceso?
Ella cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, ya no miró a Daniel.
Me miró a mí.
—Fue Richard.
Me dijo que si conseguíamos esa compra, Daniel sería aún más poderoso.
Que todos ganaríamos.
Respiró con dificultad.
—Yo solo quería ayudarlo.
Daniel dejó caer lentamente las manos.
Comprendió demasiado tarde que la mujer por la que había destruido su matrimonio…
También había destruido su empresa.
Pensé que aquello era el final.
Entonces mi teléfono sonó.
Era el director de la imprenta.
Contesté.
—Señora Bennett, disculpe la molestia.
—¿Sí?
—Encontramos una copia extra entre los archivos que nos envió anoche.
Fruncí el ceño.
—¿Qué copia?
—No era la fotografía de Bali.
Era otro archivo adjunto.
Parece que se imprimió por error.
Levanté la vista.
—¿Qué archivo?
El hombre respondió con naturalidad.
—Una ecografía.
Con una dedicatoria escrita a mano.
“Para nuestro bebé. Pronto seremos una familia de verdad.”

Miré lentamente a Vanessa.
Ella rompió a llorar antes de que pudiera decir una sola palabra.
Y Daniel comprendió que el escándalo que acababa de destruir su carrera…
Ni siquiera era el peor que estaba a punto de enfrentar.