Santiago salió de la habitación sin sentir el piso bajo los pies.
Víctor.
El mismo hombre que lo había acompañado durante los peores días de su vida.
El que organizó el funeral.
El que insistió en que el ataúd permaneciera cerrado porque, según él, “el accidente había sido demasiado cruel”.
Ahora cada recuerdo adquiría otro significado.
Regresó junto a la cama de Elena.
—Necesito que me cuentes todo.
Ella permaneció en silencio unos segundos.
Después asintió.
—Aquella noche, Laura llegó a casa llorando.
Respiró con dificultad.
—Decía que había descubierto algo en la empresa de Víctor. Unos movimientos de dinero. Contratos falsos. Personas que existían solo en el papel.
Santiago frunció el ceño.
Víctor manejaba toda el área financiera de la constructora.
Él jamás revisaba los detalles.
Confiaba completamente en su amigo.
—Laura quería denunciarlo.
Elena cerró los ojos.
—Pero tenía miedo.
—¿Y después?
—Escuchamos un automóvil detenerse afuera.
Su voz comenzó a temblar.
—Pensamos que solo era un vecino.
No lo era.
Tres hombres entraron por la fuerza.
Todo ocurrió en segundos.
Uno sujetó a Laura.
Otro me golpeó por detrás.
Cuando desperté…
Se llevó una mano a la cabeza como si todavía sintiera el dolor.
—Estaba dentro de una caja de madera.
Santiago sintió un escalofrío.
—¿Una caja?
Ella asintió lentamente.
—No podía moverme.
Todo estaba oscuro.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
Solo escuchaba tierra cayendo encima.
Él dejó de respirar.
—¿Te enterraron viva?
Una lágrima recorrió el rostro de Elena.
—Sí.
Mateo, que acababa de entrar con una enfermera, se quedó inmóvil junto a la puerta.
Elena abrió los brazos.
El niño corrió a abrazarla.
Esperó a que él volviera a dormirse sobre su pecho antes de continuar.
—Laura gritaba mi nombre cuando me llevaron.
Después…
Nunca volví a escucharla.
Santiago comprendió la verdad antes de que ella la pronunciara.
Los asesinos habían confundido a las hermanas.
Laura había muerto ocupando el lugar de Elena.
Y él…
Había enterrado a la mujer equivocada.
Esa misma noche, Santiago condujo hasta el cementerio donde descansaba la tumba de su esposa.
Llevaba tres años visitándola cada domingo.
Se arrodilló frente a la lápida.
Las flores seguían frescas.
Levantó la vista hacia el nombre grabado.
ELENA RIVAS MENDOZA
Sintió náuseas.
Debajo de aquella piedra no estaba Elena.
Estaba Laura.
Una mujer que jamás había tenido siquiera una tumba con su verdadero nombre.
Su teléfono vibró.
Era el director del cementerio.
—Señor Mendoza, recibimos su solicitud para revisar los registros del entierro.
—Sí.
Hubo un largo silencio.
—Hay algo extraño.
—¿Qué sucede?
—El cuerpo fue identificado únicamente mediante documentos entregados por un tercero.
—¿Quién?
El director consultó unos papeles.
—El señor Víctor Salgado.
Santiago apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
No solo había organizado el funeral.
También había sido quien identificó oficialmente el cadáver.
Al amanecer regresó al hospital.
Encontró la habitación vacía.
La cama estaba deshecha.
Los monitores seguían encendidos.
Pero Elena y Mateo ya no estaban.
Una enfermera corrió hacia él.
—¡Señor Mendoza!
—¿Dónde está mi esposa?
La mujer estaba completamente pálida.
—Hace diez minutos llegaron dos hombres con credenciales.
Dijeron que pertenecían a una unidad especial de protección de víctimas.
Aseguraron que tenían orden de trasladarla inmediatamente.
Santiago sintió que el corazón dejaba de latir.

—¿Quién firmó esa orden?
La enfermera le entregó una copia.
Solo había una firma al final del documento.
Cuando la vio, comprendió que la pesadilla apenas comenzaba.
Porque la autorización llevaba el nombre de un funcionario que llevaba muerto… más de cinco años.