PARTE 2: LA CARTA OCULTA

Spencer llegó al Hospital Saint Gabriel menos de veinte minutos después.

La lluvia seguía cayendo cuando Casey lo condujo hasta una habitación del tercer piso.

Florence llevaba una mascarilla de oxígeno y las manos tan delgadas que apenas podían sostener una fotografía antigua.

En cuanto lo vio entrar, comenzó a llorar.

—Tienes los ojos de tu madre.

Spencer permaneció inmóvil.

—¿Dónde está Charlee en todo esto?

Florence acarició la fotografía.

—Primero necesito que escuches toda la verdad.

Casey cerró discretamente la puerta.

Solo quedaron ellos tres.

Florence señaló la imagen.

Era una fotografía de hacía más de treinta años.

Un hombre joven abrazaba a una muchacha de cabello oscuro frente a la antigua mansión Warren.

Spencer reconoció inmediatamente a su padre.

Pero la mujer no era su madre.

—Se llamaba Evelyn.

Su voz tembló.

—Yo era su hermana.

Spencer sintió un nudo en el pecho.

—Mi padre…

—La enamoró cuando trabajábamos como jardineras en la propiedad.

Florence cerró los ojos.

—Le prometió una vida juntos.

Nunca cumplió.

Meses después nació una niña.

—¿Charlee?

Florence negó lentamente.

—No.

—Mi hija.

La habitación quedó completamente en silencio.

—Ella creció lejos de esta familia.

Nunca pidió dinero.

Nunca quiso escándalos.

Solo quería que su hija tuviera una vida distinta.

Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de la anciana.

—Pero hace ocho años murió en un accidente.

Desde entonces crié sola a Charlee.

Spencer bajó lentamente la cabeza.

La pequeña que había protegido al bebé Dexter…

Era realmente su sobrina.

Florence tomó aire con dificultad.

—Eso no es lo peor.

Metió una mano bajo la almohada.

Sacó un sobre amarillento.

—Tu madre encontró esto poco antes de morir.

Se lo entregó.

El sobre llevaba escrito:

“Solo para Spencer.”

Dentro había varias hojas y una memoria USB.

—¿Qué es esto?

Florence respondió casi en un susurro.

—La prueba de quién destruyó realmente tu vida.

Spencer abrió la primera hoja.

Reconoció inmediatamente el membrete de la clínica de fertilidad.

Las fechas coincidían.

Doce años atrás.

El informe indicaba que las muestras genéticas congeladas seguían intactas.

Pero había otra firma.

Una autorización posterior.

No era la de Pamela.

Ni la suya.

Era la firma del director administrativo de la clínica.

El mismo hombre que, tres años después, había sido contratado como director financiero de Warren Holdings.

Nathan Brooks.

Su abogado.

El hombre que llevaba diez años administrando su patrimonio.

Spencer sintió un escalofrío.

—Eso es imposible.

Florence negó con la cabeza.

—Tu madre empezó a sospechar cuando descubrió pagos secretos entre la clínica y una empresa fantasma.

Antes de poder contártelo…

Murió.

Casey tomó la memoria USB.

La conectó a su computadora portátil.

Aparecieron decenas de archivos.

Transferencias bancarias.

Correos electrónicos.

Contratos.

Y un video de seguridad.

La fecha era de hacía apenas cinco días.

La cámara enfocaba el callejón detrás de la mansión Warren.

Un automóvil negro se detenía lentamente.

Un hombre descendía con una bolsa de basura en las manos.

Dentro estaba Dexter.

El hombre dejaba al bebé junto al contenedor.

Después miraba directamente hacia la cámara.

Aunque llevaba gorra y mascarilla, Spencer reconoció inmediatamente el reloj de edición limitada que él mismo había regalado años atrás.

Solo existían tres iguales.

Uno era suyo.

Otro pertenecía a Nathan Brooks.

Y el tercero…

Estaba guardado en la caja fuerte de su despacho.

Spencer sintió que la sangre se le helaba.

Porque, en ese mismo instante, Nathan seguía solo dentro de su mansión.

Con acceso absoluto a todos los documentos, cuentas bancarias… y al testamento que Spencer aún no había tenido tiempo de revisar.

Su teléfono sonó.

Era la señora Mabel.

Contestó de inmediato.

La voz de la ama de llaves estaba completamente alterada.

—¡Señor Warren… el señor Brooks acaba de entrar en su despacho!

Hizo una pausa angustiosa.

—Y acaba de ordenar que nadie deje salir de la casa a Charlee ni al bebé Dexter.

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