Durante varios segundos, Daniel no respondió.
Solo podía escuchar su respiración acelerada al otro lado de la llamada.
—Clara… no compliques más las cosas.
Sonreí.
—Las cosas se complicaron cuando decidiste vestir a otra mujer con algo que me pertenecía.
Él bajó la voz.
—Bianca no sabía…
—¿Que ese vestido era mío?
Lo interrumpí.
—Claro que lo sabía. Mi nombre sigue bordado en la etiqueta interior.
El silencio volvió.
Daniel conocía perfectamente ese detalle.
Había estado conmigo en París cuando el diseñador tomó mis medidas.
Sabía que aquel vestido no podía confundirse con ningún otro.
—Escúchame —dijo finalmente—. Solo era una gala.
—No.
Negué con tranquilidad.
—Nunca fue solo una gala.
Era el momento en que pensabas presentarte ante todos como un hombre libre.
Como si tu esposa hubiera desaparecido.
El taxi se detuvo frente a la residencia Cloudridge.
Pagué al conductor sin dejar de escuchar la respiración nerviosa de Daniel.
—¿Dónde estás? —preguntó otra vez.
—En un lugar donde sí saben quién soy.
Colgué.
La puerta se abrió antes de que tocara el timbre.
Un hombre de cabello plateado me recibió con una sonrisa respetuosa.
—Señorita Lin.
Asentí.
—¿Charles ya llegó?
—Los está esperando.
Entré.
El salón estaba iluminado por una enorme chimenea.
Charles Carter dejó la copa sobre la mesa apenas me vio.
—Lamento mucho lo ocurrido.
Se acercó para abrazarme.
—Adrian me llamó hace quince minutos.
Suspiró.
—Nunca imaginé que Daniel Hayes fuera tan estúpido.
No respondí.
Ya no tenía fuerzas para hablar de Daniel.
Charles me ofreció asiento.
Sobre la mesa había una carpeta azul.
—La inversión quedó cancelada oficialmente.
Abrió la primera página.
—Pero eso no es lo más grave.
Fruncí el ceño.
—¿Qué ocurre?
Deslizó otro documento hacia mí.
—Durante la auditoría previa encontramos varias irregularidades en Hayes Technologies.
Leí rápidamente.
Facturas duplicadas.
Contratos alterados.
Transferencias entre empresas vinculadas.
Sentí un escalofrío.
—¿Daniel hizo esto?
Charles negó lentamente.
—No lo sabemos todavía.
Hizo una pausa.
—Pero si los reguladores descubren estas operaciones antes que nosotros…
No terminó la frase.
No hacía falta.
La empresa podía desaparecer.
Mientras tanto, en el hotel, el ambiente había cambiado por completo.
Los periodistas ya no hablaban de la inversión.
Todos preguntaban por la misteriosa cancelación.
Los socios empezaban a marcharse.
Los fotógrafos seguían rodeando a Daniel.
Bianca intentó sujetarle el brazo.
Él la apartó sin mirarla.
—Quítate ese vestido.
Ella quedó inmóvil.
—¿Qué?
—¡Quítatelo!
Las conversaciones se apagaron.
Bianca sintió cómo todas las miradas caían sobre ella.
—Daniel…
—¡Ahora!
Con las manos temblando, caminó hacia el baño privado del salón.
Cinco minutos después salió envuelta únicamente con un abrigo largo del hotel.
Llevaba el vestido cuidadosamente doblado entre los brazos.
Daniel lo tomó.
Lo sostuvo unos segundos.
Después salió corriendo del salón.
No le importaban los periodistas.
No le importaban los invitados.
Solo quería encontrarme.
Mi teléfono volvió a sonar.
Era él otra vez.
Contesté.
No habló de dinero.
No habló de la inversión.
Solo hizo una pregunta.
—¿Todavía me queda alguna oportunidad?
Miré el vestido que un asistente acababa de dejar sobre el sofá de la residencia.
Seguía oliendo al perfume de Bianca.
Respiré hondo.
—Sí.
La esperanza volvió inmediatamente a su voz.
—Lo sabía. Dime qué tengo que hacer.
Observé la etiqueta con mi nombre bordado.
Después respondí con absoluta calma.
—Empieza diciendo la verdad.
—¿Sobre qué?

—Sobre quién robó realmente esa empresa.
Al otro lado de la línea no se escuchó absolutamente nada.
Porque Daniel acababa de comprender que yo no solo sabía lo del vestido.
También conocía el secreto que llevaba años ocultando a todos sus inversionistas.