PARTE 2: LA CARTA DE ELISA

Rodrigo arrebató el sobre antes de que Santiago pudiera abrirlo.

Las manos le temblaban.

—¿De dónde salió esto?

Camila no retrocedió.

—De donde su esposa me dijo que estaría.

El silencio cayó sobre la habitación.

Santiago observaba a uno y a otro sin comprender.

Rodrigo levantó la voz.

—¡Mi esposa murió hace diez años!

—Lo sé.

—¡Entonces deja de decir tonterías!

Camila respiró despacio.

—Hace diez años murió la señora Elisa.

Hizo una pausa.

—Pero cuatro meses antes de morir me pidió que, si algún día Santiago dejaba de luchar por vivir, le entregara esa carta.

Rodrigo sintió un escalofrío.

Nunca había visto a aquella joven.

Estaba seguro.

—Yo no te conozco.

—Porque nunca estaba en casa.

Las palabras fueron suaves.

Precisamente por eso dolieron.

Camila bajó la mirada hacia la carta.

—Trabajaba en la pastelería “La Magnolia”. La señora Elisa iba todos los jueves.

Santiago frunció el ceño.

—¿La pastelería de San Ángel?

—Sí.

Sonrió apenas.

—Yo era la muchacha que le ayudaba a decorar los pasteles.

Rodrigo comenzó a recordar.

Elisa desaparecía algunas tardes diciendo que iba por ingredientes.

Él nunca preguntaba más.

Siempre tenía juntas.

Viajes.

Proyectos.

Camila continuó.

—Cuando enfermó, siguió yendo mientras pudo.

Un día me dijo que tenía poco tiempo.

Que había cosas que un niño de quince años jamás entendería.

Pero que quizá un hombre de veinticinco sí.

Rodrigo bajó lentamente el sobre.

La letra era inconfundible.

Era de Elisa.

No existía ninguna duda.

Santiago extendió la mano.

—Papá…

Después de unos segundos, Rodrigo le entregó la carta.

Su hijo rompió el sello con cuidado.

Dentro había varias hojas dobladas.

Comenzó a leer en silencio.

A mitad de la primera página dejó escapar un sollozo.

Rodrigo dio un paso adelante.

—¿Qué dice?

Santiago levantó la vista.

Tenía los ojos completamente llenos de lágrimas.

—Mamá sabía…

Su voz se quebró.

—Sabía que podía morir.

Volvió a mirar la carta.

“Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy contigo.”

“Y también significa que probablemente tu papá ha intentado comprarte la felicidad con todo lo que pudo, menos con aquello que más necesitabas: su tiempo.”

Rodrigo cerró los ojos.

Cada palabra era un golpe.

Santiago siguió leyendo.

“No lo juzgues demasiado duro.”

“Tu papá ama de la única manera que aprendió.”

“Pero necesito que ambos sepan una verdad que nunca me atreví a decir mientras vivía.”

La habitación quedó completamente inmóvil.

Camila también contenía la respiración.

Santiago pasó a la segunda hoja.

De repente dejó de leer.

Miró fijamente una línea durante varios segundos.

—No…

Susurró.

—Eso no puede ser.

Rodrigo sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Qué ocurre?

Santiago levantó lentamente la carta.

—Mamá dice…

Tragó saliva.

—…que mi enfermedad no empezó cuando nací.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Qué significa eso? —preguntó Rodrigo.

Santiago leyó la siguiente frase.

Su voz apenas era un susurro.

—”Hace años oculté los resultados de unas pruebas porque tenía miedo de destruir a nuestra familia.”

Rodrigo palideció.

Camila dio un paso hacia atrás.

Nadie habló.

Entonces Santiago llegó al último párrafo.

Sus ojos se abrieron de golpe.

La carta cayó lentamente sobre la cama.

Rodrigo la recogió desesperado.

Leyó las últimas líneas.

Y sintió que el mundo entero desaparecía bajo sus pies.

Porque Elisa acababa de revelar el nombre de la única persona compatible que podía salvar la vida de su hijo…

Y esa persona llevaba diez años viviendo bajo el mismo techo que ellos sin que Rodrigo lo supiera.

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