El teléfono siguió sonando unos segundos antes de que contestara.
—¿Señora Elena Rivas?
—Sí.
—Soy el licenciado Gabriel Salas, representante legal del señor Adrián Cruz.
Sentí un nudo en el estómago.
Miré a Mateo, que dormía abrazado a su dinosaurio de peluche en el sofá.
Bajé la voz.
—Lo escucho.
—Mi cliente presentará una solicitud de custodia compartida… y, si es necesario, pedirá la custodia completa del menor.
Durante unos segundos no dije nada.
Pensé que había escuchado mal.
—¿Custodia… completa?
—El señor Cruz considera que, después de regresar definitivamente al país, está en condiciones de ejercer plenamente su papel como padre.
Una risa amarga escapó de mis labios.
—¿Ahora se acuerda de que tiene un hijo?
El abogado permaneció en silencio.
Como si aquella pregunta no formara parte de su trabajo.
—Recibirá la notificación oficial en las próximas cuarenta y ocho horas.
La llamada terminó.
Me quedé inmóvil.
Después caminé hasta el sofá.
Mateo dormía profundamente.
Su pequeña mano seguía sujetando mi manga incluso mientras soñaba.
Me arrodillé junto a él.
—No dejaré que nadie te aparte de mí… jamás.
A la mañana siguiente, las redes sociales estaban inundadas de imágenes del regreso triunfal de Adrián.
“El héroe nacional vuelve a casa.”
“El entrenador que llevó al país a la gloria.”
“Emotivo reencuentro con su familia.”
Emotivo.
Sonreí con ironía.
Las cámaras solo habían grabado lo que ocurrió antes de que yo cerrara la puerta.
No mostraron a un niño escondiéndose detrás de su madre.
Ni a un padre al que llamaban “ese señor”.
Mi teléfono volvió a sonar.
Esta vez era mi propia abogada.
Laura Mendoza.
Una de las mejores especialistas en derecho familiar de la ciudad.
Escuchó toda la historia sin interrumpirme.
Cuando terminé, solo hizo una pregunta.
—¿Tiene pruebas de que él abandonó al menor durante estos cuatro años?
Respiré hondo.
—Todas.
Le envié fotografías.
Historiales médicos.
Facturas.
Mensajes sin responder.
Los registros de las llamadas que hice durante el embarazo.
Los correos electrónicos que jamás contestó.
Incluso las felicitaciones públicas que Adrián publicaba para Clara Vega el mismo día en que ignoraba el cumpleaños de su hijo.
Laura tardó menos de diez minutos en devolverme la llamada.
—Elena…
Su tono había cambiado.
—¿Qué ocurre?
—Acabo de revisar las redes del señor Cruz.
Entré en su perfil.
La fotografía principal mostraba a Adrián levantando la medalla junto a Clara.
Miles de comentarios los llamaban “la pareja perfecta”.
Deslicé un poco más abajo.
Había una entrevista publicada apenas dos meses antes.
“Mi mayor orgullo es haber dedicado los últimos cuatro años exclusivamente al deporte.”
Exclusivamente.
No a su hijo.
No a su familia.
Exclusivamente al deporte.
Laura habló nuevamente.
—Eso puede convertirse en una prueba muy importante.
Sentí por primera vez un poco de tranquilidad.
Pero duró poco.
Porque alguien llamó a la puerta.
Miré por la ventana.
Era Adrián.
Esta vez estaba solo.
Sin periodistas.
Sin Clara.
Sin medallas.
Solo llevaba una pequeña caja envuelta con un lazo azul.
Abrí apenas unos centímetros.
—¿Qué quieres?
Él levantó la caja.
—Un regalo para Mateo.
No hice ningún movimiento para tomarla.
—Tiene cuatro años de regalos pendientes.
Bajó la mirada.
—Sé que cometí errores.
—No.
Negué lentamente.
—Los errores son olvidar un cumpleaños.
Olvidar comprar leche.
Llegar tarde a una cita.
Lo tuyo fue una decisión.
Sus labios temblaron.
Por primera vez no parecía el campeón que había conquistado el mundo.
Parecía simplemente un hombre asustado.
—Déjame conocer a mi hijo.
Antes de que pudiera responder, una vocecita sonó detrás de mí.
—Mami…
Mateo acababa de despertarse.
Caminó hasta la puerta frotándose los ojos.
Miró a Adrián durante unos segundos.
Luego señaló la caja que llevaba en las manos.
—¿Ese señor es el repartidor?
Adrián cerró los ojos con fuerza.
Como si aquellas seis palabras le hubieran golpeado mucho más fuerte que cualquier derrota.

Y entonces sonó otro automóvil frente a la casa.
Un vehículo negro del juzgado acababa de detenerse.
Dos funcionarios descendieron con una carpeta oficial en las manos.
Pero no venían a entregar la demanda de Adrián.
Venían buscando al entrenador Cruz.