—Papá, mamá, si ustedes no pueden ayudar a cuidar al niño, quizá sería mejor que regresaran al pueblo a descansar.
La sala quedó en silencio.
Incluso el sonido del programa de televisión pareció volverse más lejano.
Zhou Guifang dejó de masticar las semillas de girasol y miró a Hua Wen con incredulidad.
—¿Qué acabas de decir?
Hua Wen sostenía a su hijo contra el pecho.
El pequeño había agarrado con sus dedos el cuello de su camisa y apoyaba la cabeza sobre su hombro, como si hubiera encontrado por fin un lugar seguro donde descansar.
—Dije que si vivir aquí les resulta demasiado cansado, puedo comprarles los boletos para que regresen al pueblo mañana.
Tian Jianguo tomó el control remoto y apagó el televisor.
—¿Nos estás echando?
—No.
Hua Wen habló con serenidad.
—Estoy preguntando para qué vinieron.
Zhou Guifang se puso de pie de inmediato.
—¡Vinimos a ayudar a nuestra hija! ¿Crees que queríamos dejar nuestra casa y venir a esta ciudad llena de ruido?
Hua Wen miró los platos preparados sobre la mesa.
Después observó la montaña de cáscaras de semillas junto al sofá, las tazas vacías y la ropa doblada en una silla.
Por último, miró a Wu Wei.
Ella había bajado la cabeza.
Todavía sostenía el cucharón.
—¿Ayudarla? —preguntó Hua Wen—. ¿De qué manera?
—¿Cómo que de qué manera? —replicó su suegra—. Le hacemos compañía. Cuidamos la casa cuando ustedes salen. Además, tu padre y yo somos mayores.
—Mamá.
Wu Wei trató de intervenir.
—Déjalo. Hua Wen acaba de regresar y está cansado.
Pero él negó lentamente.
—No estoy cansado.
Dejó al niño en la silla alta y comprobó que estuviera bien sujeto.
Después volvió a mirar a sus suegros.
—Estuve fuera dieciocho días.
—Antes de salir dejé dinero suficiente para los gastos de la casa, pagué la compra del mes y contraté a una señora para que viniera tres mañanas por semana a limpiar.
Zhou Guifang frunció el ceño.
—¿Y qué tiene eso que ver?
—Que la señora dejó de venir hace diez días.
Wu Wei levantó la cabeza sorprendida.
—¿Cómo lo sabes?
Hua Wen sacó el teléfono.
—Me escribió para preguntarme por qué mamá la había despedido.
Zhou Guifang desvió la mirada.
—Era una pérdida de dinero. La casa no es tan grande. Weiwei puede limpiar.
Hua Wen apretó la mandíbula.
—Wu Wei cuida a un niño de diez meses.
—Todas las mujeres crían hijos —respondió la suegra—. Yo crié a tres y nunca necesité una empleada.
—Pero usted no vino aquí para demostrar que mi esposa puede sufrir tanto como usted sufrió.
Aquella frase cayó como una piedra.
Wu Wei lo miró fijamente.
Desde que sus padres habían llegado, nunca se había atrevido a decir algo parecido.
Zhou Guifang se llevó una mano al pecho.
—¿Así me hablas después de todo lo que hice por tu familia?
—¿Qué hizo?
La pregunta fue tan directa que la mujer tardó unos segundos en responder.
—Cociné varias veces.
—La comida de hoy la preparó Wu Wei.
—Cuidé al niño.
—Según los registros de la cámara del salón, en los últimos dieciocho días lo cargó menos de una hora.
La expresión de Zhou Guifang cambió.
Tian Jianguo se levantó bruscamente.
—¿Nos vigilas con cámaras?
—Las cámaras están instaladas desde antes de que ustedes llegaran. Son para cuidar al niño.
Hua Wen abrió la aplicación de seguridad.
No necesitaba mostrar ningún video.
Solo dijo:
—Ayer, cuando el niño lloró durante cuarenta minutos, ustedes subieron el volumen del televisor.
Wu Wei cerró los ojos.
Recordaba perfectamente aquel momento.
Había intentado preparar la cena mientras el niño tenía fiebre. Su madre se había encerrado en la habitación porque decía que los llantos le daban dolor de cabeza.
Hua Wen continuó:
—Anteayer, Wu Wei les pidió que vigilaran al niño mientras se duchaba. Ustedes dijeron que iban a caminar. Volvieron dos horas después con bolsas de compras.
—Y hace cuatro días, cuando ella tenía migraña, mamá la despertó para que preparara fideos porque no le gustaba la comida que había sobrado.
Zhou Guifang se puso roja.
—¡Ella es mi hija! ¿Qué tiene de malo pedirle que haga algo por nosotros?
—No tiene nada de malo pedir ayuda.
Hua Wen miró a Wu Wei.
—Lo que está mal es convertirla en sirvienta dentro de su propia casa.
Wu Wei sintió que algo se quebraba dentro de ella.
Durante meses se había repetido que debía soportarlo.
Sus padres habían envejecido.
Su marido trabajaba lejos.
Ella no quería causar conflictos.
Pero cada día se sentía más agotada.
Dormía a intervalos.
Comía de pie.
A veces pasaba toda la tarde sin beber agua porque el niño no se despegaba de sus brazos.
Y aun así, su madre siempre encontraba algo que criticar.
Que la sopa estaba salada.
Que el suelo tenía polvo.
Que el niño llevaba ropa demasiado cara.
Que Hua Wen le daba demasiado dinero.
Tian Jianguo golpeó la mesa.
—¡Basta!
El bebé se sobresaltó y comenzó a llorar.
Hua Wen lo tomó inmediatamente en brazos.
Su mirada se endureció.
—No vuelva a golpear la mesa delante de mi hijo.
—¿Ahora me das órdenes?
—En mi casa, sí.
Wu Wei abrió los ojos con sorpresa.
Su padre siempre había tenido un carácter fuerte.
Incluso cuando ella era niña, bastaba con que levantara la voz para que todos guardaran silencio.
Pero Hua Wen no retrocedió.
Tian Jianguo dio un paso hacia él.
—¿Tu casa? Esta también es la casa de mi hija.
—Exactamente.
Hua Wen sostuvo su mirada.
—Y por eso nadie tiene derecho a hacerla sentir como una extraña aquí.
Zhou Guifang se volvió hacia Wu Wei.
—¿Eso es lo que le has estado diciendo a tu marido? ¿Que te maltratamos?
—Yo no le dije nada.
La voz de Wu Wei salió casi como un susurro.
—Entonces explícale que todo esto es un malentendido.
Wu Wei miró a su madre.
Durante mucho tiempo había querido decir tantas cosas.
Pero cada vez que abría la boca, recordaba las palabras que había escuchado desde pequeña.
Una hija debe obedecer.
Una hija no abandona a sus padres.
Una hija casada también debe recordar quién la crió.
Respiró profundamente.
—No es un malentendido.
El rostro de Zhou Guifang se congeló.
—¿Qué dijiste?
—Que no es un malentendido.
Wu Wei dejó el cucharón sobre la mesa.
—Mamá, desde que llegaste no he descansado un solo día.
—Te pedí ayuda porque Hua Wen debía viajar.
—Pero termino cocinando tres comidas, limpiando, lavando su ropa y atendiendo al niño sola.
Su madre abrió la boca.
Wu Wei continuó antes de perder el valor.
—Cuando tengo que ir al baño, lo llevo conmigo.
—Cuando me siento enferma, me dices que no sea delicada.
—Cuando el niño llora, papá dice que lo calle porque no puede escuchar las noticias.
Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.
—Yo también estoy cansada.
Zhou Guifang endureció el rostro.
—Así que ahora tienes marido y ya no necesitas a tus padres.
—Eso no fue lo que dijo —intervino Hua Wen.
—¡Cállate! —gritó la mujer—. Todo esto empezó porque tú la has malacostumbrado.
Hua Wen soltó una risa breve, sin humor.
—¿Malacostumbrarla significa no permitir que cargue al niño mientras sirve sopa hirviendo?
Nadie respondió.
Él caminó hacia la entrada y recogió las bolsas que había dejado caer.
Sacó el jersey de cachemira y lo colocó sobre el sofá.
Después dejó las dos botellas de vino sobre la mesa.
—Compré esto para ustedes.
Zhou Guifang miró los regalos.
Por un instante, su expresión vaciló.
—No sabía lo que estaba ocurriendo —continuó Hua Wen—. Pensaba que todos estábamos haciendo un esfuerzo para vivir juntos.
—Les enviaba dinero cada mes.
—Pagué sus revisiones médicas.
—Renové la casa del pueblo.
—Y cuando dijeron que querían venir a ayudarnos con el niño, preparé una habitación para ustedes.
Su voz seguía siendo tranquila.
Pero cada palabra tenía el peso de una decisión tomada.
—Nunca consideré esas cosas una deuda.
—Pero tampoco aceptaré que utilicen mi respeto para humillar a mi esposa.
Tian Jianguo señaló la puerta.
—Perfecto. Nos iremos ahora mismo.
—Papá…
Wu Wei dio un paso hacia él.
Pero Hua Wen sostuvo suavemente su brazo.
—No tienes que detenerlos por miedo.
Ella lo miró.
—No quiero que después digan que los echamos a la calle.
Hua Wen asintió.
Sacó una tarjeta bancaria de su cartera y la dejó sobre la mesa.
—La habitación está pagada durante una semana en el hotel que hay frente a la estación.
—Mañana por la mañana saldrá un tren hacia el pueblo.
—También reservaré un automóvil para llevarlos.
Zhou Guifang miró la tarjeta con el rostro rígido.
—¿De verdad lo has preparado todo?
—Lo preparé durante el camino de regreso.
Wu Wei lo miró sorprendida.
—¿Durante el camino?
—La señora de la limpieza me contó algunas cosas. Después revisé las cámaras.
Hua Wen bajó la voz.
—Esperaba estar equivocado.
La rabia de Zhou Guifang se transformó poco a poco en vergüenza.
—Entonces ya habías decidido expulsarnos antes de entrar.
—No.
Hua Wen negó.
—Decidí observar primero.
—Si al llegar hubiera visto que ustedes ayudaban a Wu Wei, no habría dicho nada.
Miró el cuenco de sopa a medio llenar.
—Pero vi suficiente.
Tian Jianguo se dirigió a la habitación para hacer las maletas.
Zhou Guifang lo siguió, murmurando palabras de indignación.
La puerta se cerró con fuerza.
El bebé volvió a sobresaltarse.
Wu Wei lo tomó en brazos y comenzó a mecerlo.
Cuando por fin dejó de llorar, ella se sentó junto a la mesa.
Su cuerpo parecía haberse quedado sin fuerzas.
—Lo siento —dijo—. No quería que volvieras y encontraras todo así.
Hua Wen se arrodilló frente a ella.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Wu Wei bajó la vista.
—Estabas trabajando.
—No quería distraerte.
—Además, son mis padres. Pensé que podría soportarlo unas semanas.
—Llevan aquí cuatro meses.
Ella guardó silencio.
Hua Wen tomó sus manos.
Tenía la piel seca y pequeñas marcas rojas alrededor de los dedos.
—No tienes que soportar todo para demostrar que eres una buena hija.
Las lágrimas que había contenido finalmente cayeron.
—Tenía miedo de que pensaras que era desagradecida.
—Lo que pienso es que debería haber prestado más atención.
Él apoyó la frente contra sus manos.
—Trabajé tanto para darte una vida mejor que no me di cuenta de que estabas sola dentro de esta casa.
Wu Wei comenzó a llorar en silencio.
Hua Wen la abrazó con cuidado, dejando al niño entre ambos.
Durante varios minutos ninguno dijo nada.
Cuando los suegros salieron con las maletas, Wu Wei ya se había secado las lágrimas.
Tian Jianguo caminó directamente hacia la puerta.
Zhou Guifang se detuvo frente a su hija.
—Cuando necesites ayuda, no nos llames.
Wu Wei apretó los dedos.
Antes habría pedido perdón de inmediato.
Esta vez no lo hizo.
—Mamá, cuando podamos tratarnos con respeto, siempre tendrás un lugar en mi vida.
—Pero no volveré a vivir así.
Zhou Guifang la miró como si no reconociera a la hija que tenía delante.
Después tomó su maleta y salió.
La puerta se cerró.
El apartamento quedó sumido en un silencio extraño.
Hua Wen miró la mesa llena de comida fría.
—¿Has cenado?
Wu Wei negó.
—No tuve tiempo.
Él se quitó la chaqueta y se remangó la camisa.
—Entonces siéntate.
—¿Qué vas a hacer?
—Calentaré la sopa.
Ella quiso levantarse.
—Puedo hacerlo yo.
Hua Wen colocó una mano sobre su hombro.
—Lo sé.
Sonrió con suavidad.
—Pero esta noche no tienes que hacerlo.
Tomó al niño en un brazo y, con la otra mano, llevó el cuenco hacia la cocina.
Wu Wei lo observó y comenzó a reír entre lágrimas.
Hua Wen se giró.
—¿De qué te ríes?
—De que tú tampoco puedes servir sopa con una sola mano.
Él miró el cucharón, luego al niño y finalmente a su esposa.
—Tienes razón.
Se acercó y le entregó al pequeño.
—Pero al menos sé pedir ayuda.
Aquella noche comieron tarde.
La sopa estaba demasiado caliente.
El arroz se había endurecido un poco.
Y el niño tiró una cuchara al suelo tres veces.
Sin embargo, por primera vez en meses, Wu Wei pudo terminar su cena sentada.
Dos semanas después, Zhou Guifang llamó.
No pidió disculpas.
Preguntó por el niño y habló del clima del pueblo.

Wu Wei tampoco discutió.
Solo le dijo con calma:
—Mamá, puedes venir a visitarnos cuando quieras.
—Pero la próxima vez tendremos que repartir las tareas.
Hubo un largo silencio al otro lado.
Finalmente, su madre respondió:
—Ya veremos.
No era una disculpa.
Pero era la primera vez que no había dado una orden.
Hua Wen escuchó la conversación desde la cocina mientras lavaba los platos.
Cuando Wu Wei colgó, él se acercó y le dio un beso en la frente.
—¿Estás bien?
Ella miró a su hijo, que dormía en la cuna.
Después observó la casa tranquila.
—Sí.
Y esta vez era verdad.
Hua Wen había pensado durante años que mantener unida a una familia significaba evitar cualquier conflicto.
Aquel día comprendió algo diferente.
A veces, para proteger un hogar, no había que soportarlo todo.
Había que cerrar la puerta frente a quienes confundían el amor con el derecho a hacer daño.