El amanecer apenas comenzaba a iluminar los ventanales de la mansión cuando un grito rompió el silencio.
—¡El niño no está!
Una de las empleadas corría por el pasillo con el rostro descompuesto.
Rodrigo salió de la habitación todavía con la camisa desabotonada.
—¿Qué pasó?
—La cama está vacía, señor.
Camila sintió un frío recorrerle la espalda.
Corrió escaleras arriba.
La habitación de Emiliano estaba abierta.
La bufanda azul ya no estaba sobre la almohada.
La ventana seguía cerrada.
No había señales de que hubiera salido por allí.
Solo había una hoja doblada sobre el escritorio.
Con una letra infantil.
“No quiero que vuelvan a pelear por mi culpa.”
Camila sintió un nudo en la garganta.
Rodrigo tomó la carta con manos temblorosas.
Continuó leyendo.
“Si yo desaparezco, la abuela ya no se va a enojar y papá volverá a sonreír.”
El silencio cayó sobre todos.
Camila levantó la vista.
—¿Cuándo fue la última vez que alguien abrazó a ese niño sin pedirle nada?
Rodrigo no respondió.
No podía.
Porque no recordaba la respuesta.
Toda la casa comenzó a buscar.
Los guardias revisaron jardines.
Los choferes recorrieron las calles cercanas.
Las cámaras de seguridad mostraban algo inquietante.
A las cinco y doce de la mañana, Emiliano había salido solo por la puerta principal.
Llevaba una mochila pequeña.
Y la bufanda de su madre alrededor del cuello.
—¡Encuéntrenlo! —ordenó Rodrigo.
Los teléfonos no dejaron de sonar.
Media hora después, Camila regresó al cuarto del niño.
Algo seguía sin convencerla.
Observó el escritorio.
Los libros.
Los cajones.
Entonces notó una tabla del piso ligeramente levantada junto a la cama.
Se arrodilló.
La movió con cuidado.
Debajo había una caja metálica.
Dentro encontró decenas de dibujos.
Fotografías antiguas.
Y un sobre dirigido con letra temblorosa.
“Para quien sí quiera escuchar.”
Camila lo abrió lentamente.
No era una carta escrita por Emiliano.
Era de Isabel.
La primera esposa de Rodrigo.
La madre del niño.
La fecha era apenas tres semanas antes de su muerte.
Camila sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
Mientras tanto, Rodrigo seguía coordinando la búsqueda desde el vestíbulo.
—Revisen hospitales, estaciones de autobús, parques…
Su voz se interrumpió al ver bajar a Camila.
Ella llevaba el sobre entre las manos.
Su rostro había perdido todo el color.
—Rodrigo…
Él levantó la vista.
—¿Encontraste algo sobre Emiliano?
Camila negó lentamente.
—Encontré algo sobre Isabel.
El nombre hizo que doña Amparo, que permanecía sentada junto al altar familiar rezando el rosario, levantara la cabeza de inmediato.
—¿Qué dices?
Camila abrió la carta.
Las primeras líneas bastaron para que el aire pareciera desaparecer de la habitación.
“Si alguien encuentra esta carta, significa que ya no estoy viva o que no me dejaron hablar.”
Rodrigo sintió que las piernas le fallaban.
Camila continuó leyendo.

“No le tengo miedo a la enfermedad. Le tengo miedo a las personas que quieren convencer a todos de que estoy enferma.”
Doña Amparo dejó caer el rosario.
Las cuentas de oro golpearon el mármol.
Por primera vez en muchos años… la mujer que gobernaba aquella familia parecía realmente asustada.