El Gran Salón del Hotel Imperial Reforma brillaba bajo enormes lámparas de cristal.
Ministros.
Empresarios.
Embajadores.
Directores de bancos.
Más de cuatrocientas personas conversaban entre copas de vino y música de cuerdas mientras los fotógrafos recorrían el recinto buscando a los invitados más influyentes de la noche.
Mauricio Ferrer sonreía como si nada hubiera ocurrido unas horas antes.
Llevaba a Vanessa del brazo.
Ella lucía el mismo vestido plateado que había protegido con tanto celo después de golpear a una niña de cinco años.
—Esta noche cambia nuestra vida —susurró Vanessa.
Mauricio levantó su copa.
—Después del divorcio, nadie volverá a mencionarla.
Los invitados comenzaron a ocupar sus lugares cuando el maestro de ceremonias anunció la llegada del presidente honorario de la fundación que patrocinaba la gala.
Las puertas principales permanecían cerradas.
Todos esperaban.
Mauricio acomodó la corbata.
Quería ser de los primeros en saludar.
Entonces se escuchó un murmullo en la entrada.
No era la comitiva principal.
Era una niña.
Renata apareció caminando lentamente de la mano de una mujer del personal del hotel.
Tenía los ojos hinchados de tanto llorar.
La pequeña buscaba desesperadamente entre la multitud.
—¿Qué hace aquí? —murmuró Mauricio.
Vanessa frunció el ceño.
—Se supone que debía quedarse con la niñera.
Renata soltó la mano de la empleada.
Corrió unos pasos.
Se detuvo frente a Vanessa.
Todo el salón observó la escena.
La niña levantó lentamente un dedo.
—Ella…
Su voz era muy bajita.
Pero el silencio era tan absoluto que todos la escucharon.
—Ella fue la que me pegó.
Las conversaciones desaparecieron de inmediato.
Vanessa sonrió con nerviosismo.
—Los niños inventan cosas…
Renata negó con fuerza.
Las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas.
—Yo solo quería regalarle una flor.
Adriana apareció entonces por la entrada principal.
Caminaba despacio, con la cabeza en alto.
No llevaba joyas llamativas.
Ni escoltas visibles.
Solo la serenidad de quien había dejado de tener miedo.
Mauricio soltó una risa despectiva.
—¿Viniste a hacer un espectáculo?
Adriana no respondió.
Se acercó a su hija.
La tomó en brazos.
Le besó la frente.
—Ya pasó, mi amor.
Renata escondió el rostro en su cuello.
—Mamá…
—Estoy aquí.
En ese mismo instante, las enormes puertas del salón volvieron a abrirse.
Esta vez nadie pudo seguir hablando.
Una comitiva de seguridad ingresó primero.
Después aparecieron varios funcionarios.
Y finalmente entró un hombre de cabello completamente blanco, impecablemente vestido, cuya sola presencia hizo que ministros, empresarios y directivos abandonaran sus conversaciones para saludarlo con absoluto respeto.
Mauricio dio un paso al frente.
—Es él…
Vanessa sonrió emocionada.
—Si logramos hablar con él, el contrato será nuestro.
El hombre avanzó lentamente entre los invitados.
Todos esperaban que se dirigiera hacia la mesa principal.
Sin embargo, cambió de dirección.
Caminó directamente hacia Adriana.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Qué hace?
El hombre se detuvo frente a ella.
Durante unos segundos ninguno habló.
Después sonrió con una ternura que muy pocos le habían visto alguna vez.
—Hija…
Todo el salón quedó inmóvil.
Adriana bajó ligeramente la cabeza.
—Perdón por hacerte esperar tanto, papá.
Un murmullo recorrió el recinto.
Mauricio sintió que la copa comenzaba a resbalar entre sus dedos.
—¿Papá?
Vanessa palideció.
El hombre acarició el cabello de Renata.
La pequeña levantó la cabeza.
Sus ojos, todavía húmedos, brillaron al reconocerlo.
Sonrió por primera vez en todo el día.
Y, sin la menor duda, estiró los brazos hacia él.
—¡Abuelo!
El hombre la recibió entre sus brazos con una emoción imposible de ocultar.
Mientras cientos de invitados observaban la escena sin comprender, Mauricio empezó a recordar todas las veces que Adriana había rechazado hablar de su familia.
Todas las veces que había dicho que no necesitaba dinero.
Todas las veces que él creyó que solo era una mujer sin apellido importante.
Entonces uno de los ministros se acercó rápidamente al hombre y dijo con absoluto respeto:
—Señor Salvatierra, todos lo esperan para inaugurar la gala.
Mauricio dejó caer la copa al suelo.

Porque acababa de comprender que el hombre al que su hija acababa de llamar “abuelo” no era solo uno de los invitados de honor.
Era el empresario más influyente de México… y el principal accionista del grupo financiero que sostenía prácticamente todos los créditos del imperio Ferrer.