PARTE 2: LA SOMBRA NUNCA DESAPARECIÓ

Rodrigo no bajó la pistola.

Pero tampoco se atrevió a disparar.

Los ojos de doña Carmen no eran los de una mujer asustada.

Eran los de alguien que ya había tomado esa decisión cientos de veces.

—¿Quién demonios es usted? —preguntó él sin dejar de apuntar hacia el sótano.

Carmen sonrió apenas.

—La pregunta correcta es quién te hizo creer que una abuela solo sabe hornear pan.

Rodrigo intentó girarse de golpe.

Demasiado tarde.

Con un movimiento seco, Carmen golpeó su muñeca con la culata de la pistola.

El arma cayó al piso.

Antes de que pudiera reaccionar, ella lo inmovilizó contra la barra de la cocina.

La presión sobre su cuello fue suficiente para dejarlo sin aire.

—Hace doce años aprendimos que los Cuervos del Norte entrenaban muy mal a sus reclutas.

Rodrigo abrió los ojos con sorpresa.

—¿Cómo… conoces ese nombre?

—Porque fui una de las personas que los cazó.

Él dejó escapar una risa nerviosa.

—Eso fue hace años.

—Exacto.

Carmen acercó su rostro al de él.

—Y pensé que no quedaba ninguno vivo.

Desde el sótano volvió a escucharse el llanto de Valeria.

—¡Mamá!

Aquella sola palabra hizo que Carmen aflojara apenas la presión.

Rodrigo aprovechó el instante.

Sacó un pequeño cuchillo escondido en la bota.

Intentó atacar.

Carmen retrocedió justo a tiempo.

La hoja solo alcanzó a cortar el borde de su manga.

Ella observó el corte.

Después levantó lentamente la mirada.

—Acabas de cometer un error muy grande.

Rodrigo corrió hacia la sala.

Tomó otro teléfono.

Marcó un número.

—Entren ahora.

Las ventanas estallaron casi al mismo tiempo.

Tres hombres armados irrumpieron por la puerta principal.

Todos llevaban el mismo tatuaje de la serpiente.

Uno de ellos sonrió al ver a Carmen.

—Miren quién sigue respirando.

La Sombra.

Carmen permaneció inmóvil.

Ni siquiera levantó el arma.

Solo preguntó:

—¿Cuántos quedan?

El hombre soltó una carcajada.

—Más de los que imaginas.

Entonces el teléfono satelital que llevaba en el cinturón vibró.

Una sola vez.

Lo contestó sin apartar la vista de los intrusos.

—Aquí Sombra.

La respuesta llegó inmediata.

—Equipo Robles en posición.

Tenemos rodeada la manzana.

Esperando su orden.

Rodrigo palideció.

—¿Qué hiciste?

Carmen guardó el teléfono.

—Lo mismo que tú.

Prepararme antes de entrar.

En ese instante todas las luces de la casa se apagaron.

Solo quedaron las luces rojas de las patrullas reflejándose desde el exterior.

Se escuchó una voz amplificada.

—¡Atención! La vivienda está completamente rodeada.

¡Nadie saldrá armado!

Los tres hombres intercambiaron miradas.

Rodrigo retrocedió lentamente.

—No…

Carmen sonrió por primera vez.

—¿Sabes por qué me llamaban La Sombra?

Nadie respondió.

Ella apuntó directamente al tatuaje de la serpiente.

—Porque nunca entraba sola.

La puerta principal cayó de un golpe.

Un grupo de agentes tácticos irrumpió en formación.

Pero todos se detuvieron un instante al ver a Carmen.

El comandante al frente levantó el puño en señal de respeto.

—Sargento Mayor Rivera.

La casa está asegurada.

Ella negó con calma.

—Todavía no.

Señaló el sótano.

—Mi hija sigue encerrada.

Dos agentes corrieron hacia la puerta de acero.

La rompieron en segundos.

Valeria salió abrazando a su pequeño Mateo, llorando sin poder creer lo que veía.

—Mamá…

Carmen la abrazó apenas un instante.

Solo el tiempo suficiente para comprobar que ambos estaban vivos.

Entonces volvió a mirar a Rodrigo.

Él ya no tenía aquella sonrisa de hombre elegante.

Temblaba.

Pero antes de que los agentes pudieran esposarlo, sonó su teléfono.

Lo miró.

Y el color desapareció de su rostro.

En la pantalla aparecía un único mensaje.

“Si La Sombra está viva… eliminen el Archivo Negro antes de que ella lo encuentre.”

Carmen alcanzó a leerlo.

Y comprendió que Valeria nunca había sido el verdadero objetivo.

Rodrigo había buscado durante años algo que ella creyó destruido al retirarse del Ejército.

El Archivo Negro.

El expediente que contenía los nombres de todos los políticos, empresarios y militares que habían protegido a Los Cuervos del Norte.

Y alguien acababa de demostrar que seguía dispuesto a matar por él.

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