Raúl levantó la vista hacia mí con una expresión que nunca le había visto.
No era dolor.
Era miedo.
Un miedo absoluto.
Se llevó una mano al cuello mientras la otra buscaba desesperadamente apoyarse en la mesa.
—¿Qué… qué hiciste…? —balbuceó.
Lo observé sin moverme.
—Creo que esa pregunta deberías hacértela tú.
Su respiración comenzó a acelerarse.
Intentó ponerse de pie, pero las piernas le fallaron y cayó de rodillas sobre el piso de mármol. El plato se hizo añicos a su lado, esparciendo la sopa todavía caliente.
En ese instante, el teléfono que había dejado sobre la mesa volvió a vibrar.
La pantalla seguía encendida.
Otro mensaje de Daniela apareció frente a mis ojos.
“Recuerda tirar el frasco. La policía nunca encuentra nada si parece una enfermedad.”
Raúl extendió la mano con desesperación.
—¡No…!
Tomé el teléfono antes de que pudiera alcanzarlo.
Leí el mensaje completo.
Después levanté la vista lentamente.
—Así que ese era el plan.
Su rostro se deformó por el pánico.
—Escúchame… puedo explicarlo…
—¿Explicarme qué? ¿Cómo llevas dos meses enfermándome? ¿O cómo falsificaste mi firma para quedarte con todo?
Su mandíbula quedó inmóvil.
Comprendió que ya lo sabía.
Todo.
Respiré hondo.
—Las cámaras de la casa grabaron cada visita de Daniela.
Sus besos.
Sus conversaciones.
Sus documentos.
Su plan para celebrar mi muerte.
Cada palabra.
El color desapareció por completo de su rostro.
—Entraste a mi despacho…
—No.
Sonreí por primera vez en semanas.
—Ustedes hablaron frente a mis cámaras.
Intentó incorporarse otra vez.
No pudo.
Sus manos comenzaron a temblar.
Sacó el teléfono del bolsillo con enorme esfuerzo y trató de desbloquearlo.
Lo aparté antes de que enviara un solo mensaje.
—¿Quieres avisarle a Daniela?
Me miró con odio.
Ya no fingía ser el esposo preocupado.
—No sabes con quién te estás metiendo.
—Al contrario.
Abrí la aplicación de almacenamiento en la nube.
Había una carpeta llamada “Seguro de vida”.
Dentro estaban todos los videos.
Todas las grabaciones.
Las copias de los documentos falsificados.
Las conversaciones completas.
Y una programación automática.
—Hace cuatro días envié esta carpeta a mi abogado.
Deslicé otro archivo.
—También al consejo de administración de la cadena de hoteles.
Otro.
—Y a un notario.
Raúl dejó escapar una respiración entrecortada.
—Si algo me ocurría esta noche… todos recibirían el resto de las pruebas automáticamente.
Por primera vez comprendió que la víctima había dejado de serlo mucho antes de sentarse a esa mesa.
En ese momento sonó el timbre.
Tres veces.
Firmes.
Raúl giró la cabeza hacia la puerta con una esperanza desesperada.
Pensó que era Daniela.
Yo ya sabía quién era.
Abrí la puerta principal.
Mi abogado entró primero.
Detrás de él apareció un perito informático.
Luego dos agentes de la Policía de Investigación.
Y, finalmente, una mujer de traje oscuro levantó una credencial.
—Valeria Salas.
Asentí.
—Sí.
—Somos de la Fiscalía. Venimos por la denuncia que presentó hace cinco días.
Los ojos de Raúl se abrieron como nunca.
Miró a los agentes.

Después me miró a mí.
Y comprendió que la cena jamás había sido una oportunidad para matarme.
Había sido el escenario que yo necesitaba para que intentara ejecutar su propio plan delante de todos los testigos.