PARTE 2: LA VERDADERA HEREDERA

—¿Dinero?

Gu Yuzhou me miró desde arriba.

—¿O el puesto de señora Gu?

Su voz era fría, casi cortante.

Yo había imaginado muchas veces aquel encuentro durante el trayecto en taxi.

Pensé que quizá se sorprendería.

Que preguntaría por mi hermana.

Que tomaría al bebé con emoción.

Nunca imaginé que lo primero que haría sería tratarme como a una mujer que utilizaba a un niño para ascender socialmente.

Apreté con más fuerza la manta.

—No quiero ninguna de las dos cosas.

Sus cejas se movieron apenas.

—Entonces, ¿por qué has traído al niño?

—Porque es tu hijo.

—Eso todavía no está demostrado.

—Haz una prueba.

Respondí sin vacilar.

—Puedes llamar ahora mismo al mejor laboratorio que conozcas.

Gu Yuzhou observó mi rostro durante varios segundos.

Después dirigió la mirada al bebé.

El pequeño dormía profundamente, completamente ajeno a aquella conversación.

—¿Cómo se llama?

La pregunta me tomó por sorpresa.

—Mi familia todavía no le ha puesto un nombre oficial.

—¿Tu familia?

—Mi hermana lo dio a luz y se marchó al extranjero.

El rostro de Gu Yuzhou se volvió todavía más frío.

—¿Tu hermana?

—Xu Qing.

El nombre cayó en la oficina como una piedra.

Por primera vez, la expresión de Gu Yuzhou cambió de verdad.

No fue ternura.

Tampoco nostalgia.

Fue decepción.

Una decepción antigua.

—Así que finalmente se marchó —dijo.

—¿Sabías que estaba embarazada?

—No.

Su respuesta fue inmediata.

—La última vez que hablé con ella fue hace casi un año.

Aquello no coincidía con la imagen que yo había construido en mi mente.

—Entonces, ¿qué relación teníais?

Gu Yuzhou no respondió enseguida.

Se dirigió hacia el escritorio, pulsó un botón y dio una orden:

—Que venga el doctor Jiang. También quiero que preparen una sala privada para el niño.

Después colgó.

—Hasta que obtengamos el resultado, permaneceréis aquí.

—No.

Sus ojos se clavaron en mí.

—¿No?

—Harás la prueba. Pero no puedes detenerme.

—Apareciste en mi empresa amenazando con llamar a la prensa.

—Porque tu recepcionista no me dejaba subir.

—Podías haber utilizado otro método.

—No conozco ningún otro.

Mi voz se volvió más firme.

—Tengo dieciocho años, una mochila, menos de trescientos yuanes y un bebé que mi familia intentó obligarme a criar como si fuera mío.

El silencio se extendió entre nosotros.

Gu Yuzhou volvió a mirar mi ropa sencilla.

Mis zapatillas viejas.

La mochila desgastada que todavía llevaba colgada de un hombro.

Quizá hasta entonces solo había visto el bebé.

No a la persona que lo había traído.

—¿Qué ocurrió exactamente? —preguntó.

Le conté todo.

El parto de Xu Qing.

Su viaje al extranjero.

La orden de mi madre.

La decisión de abandonar mis estudios.

No mencioné los comentarios dorados que aparecieron ante mis ojos.

Ni siquiera yo comprendía qué eran.

Solo expliqué que había descubierto la identidad de Gu Yuzhou por unos documentos que mi hermana dejó descuidados.

Era una mentira pequeña.

Pero necesaria.

Cuando terminé, Gu Yuzhou no mostró compasión.

Solo preguntó:

—¿Por qué aceptaste primero?

—Para que mi madre bajara la guardia.

—¿Y luego huiste?

—No huí.

Lo miré directamente.

—Le devolví el hijo a la persona que debía hacerse responsable.

Su expresión se endureció.

—Si realmente es mío.

—Si no lo es, regresaré y buscaré otra solución.

—¿Volverás con tu familia?

—No.

La palabra salió de mi boca con tanta firmeza que incluso yo me sorprendí.

—Nunca regresaré a esa casa.

El bebé empezó a moverse.

Frunció el rostro y soltó un pequeño gemido.

Lo mecí torpemente.

No sabía casi nada de bebés.

La noche anterior había aprendido a preparar leche mirando videos.

Gu Yuzhou observó mis movimientos.

—No estás sosteniendo bien su cabeza.

—Entonces ayúdame.

Su rostro se quedó inmóvil.

Probablemente nadie le hablaba así.

Pero se acercó.

Extendió los brazos.

Yo dudé antes de entregárselo.

—No voy a dejarlo caer —dijo.

—Eso espero.

Gu Yuzhou tomó al bebé.

Al principio sus movimientos fueron rígidos.

Sin embargo, después de acomodarlo contra su pecho, el niño dejó de quejarse.

Sus pequeños dedos se cerraron alrededor de la corbata del hombre.

Gu Yuzhou bajó la cabeza.

La dureza de su rostro se suavizó apenas.

Solo un instante.

Después regresó la máscara fría.

—Necesita leche.

—Comió hace una hora.

—Entonces quizá necesita que le cambien el pañal.

Lo miré.

—¿Sabes hacerlo?

—No.

—Yo tampoco.

Nos quedamos en silencio.

El presidente del Grupo Gu y una estudiante de secundaria contemplaban a un bebé como si fuera el problema más complicado del mundo.

Finalmente llegó una enfermera privada.

Detrás de ella entró un hombre de bata blanca con un maletín médico.

Realizaron la prueba genética allí mismo.

El doctor tomó una muestra de Gu Yuzhou y otra del niño.

—El resultado preliminar tardará cuatro horas —dijo—. La confirmación completa estará mañana.

Gu Yuzhou asintió.

Después señaló una puerta lateral.

—Lleven al niño a la sala privada.

Me puse inmediatamente delante.

—Yo voy con él.

—Por supuesto.

La enfermera me miró.

—Señorita, también debería descansar. Parece agotada.

No recordaba la última vez que había dormido más de dos horas seguidas.

Pero no podía bajar la guardia.

—Estoy bien.

Gu Yuzhou recogió su teléfono.

—Nadie va a quitarte al niño.

—Mi madre también dijo que todo era por mi bien.

Él me miró en silencio.

Después dejó el teléfono sobre la mesa.

—Entonces quédate.

La sala privada parecía una habitación de hotel.

Había una cuna nueva, un sofá, un cambiador y varios paquetes de pañales que alguien había comprado en menos de una hora.

Observé todo con desconfianza.

—¿Siempre puedes preparar una habitación así de rápido?

—El dinero resuelve muchas cosas.

—No todas.

—No.

Su respuesta fue más seria de lo que esperaba.

La enfermera enseñó a ambos a cambiar el pañal.

Gu Yuzhou lo hizo primero.

El bebé decidió orinar justo cuando él retiró la tela.

La camisa blanca del poderoso presidente quedó mojada.

Yo intenté contenerme.

No pude.

Me eché a reír.

Gu Yuzhou cerró los ojos.

—No digas nada.

—No pensaba hacerlo.

—Estás riendo.

—Eso no es hablar.

La enfermera se giró para ocultar una sonrisa.

Por primera vez desde que había salido de casa, sentí que podía respirar.

Cuatro horas después llegó el resultado.

El doctor Jiang dejó el sobre sobre la mesa.

—La probabilidad de paternidad es superior al 99,99 %.

El mundo quedó en silencio.

Miré a Gu Yuzhou.

Él no tocó el informe.

Sus ojos estaban fijos en el bebé dormido.

—Es tuyo —dije.

—Sí.

Su voz sonó extrañamente baja.

—Entonces mi responsabilidad termina aquí.

Me puse de pie y recogí la mochila.

Gu Yuzhou levantó la cabeza.

—¿Adónde vas?

—A buscar un lugar donde vivir.

—¿Y los estudios?

Me detuve.

—No es asunto tuyo.

—Trajiste a mi hijo hasta aquí.

—Porque era lo correcto.

—¿Y ahora vas a desaparecer?

—No soy su madre.

Su expresión se volvió fría.

—Pero eres la única persona que lo protegió.

Aquellas palabras me golpearon.

Miré al bebé.

Lo había tenido en brazos menos de dos días.

Pero ya reconocía la forma en que fruncía las cejas antes de despertarse.

Sabía que dormía mejor si le cubría una mano.

Sabía que odiaba el sonido del secador.

No era mío.

Pero tampoco me resultaba indiferente.

—Tu familia puede cuidarlo mejor que yo.

—Eso no está en discusión.

Gu Yuzhou se levantó.

—Quiero saber qué vas a hacer tú.

—Trabajaré.

—Tienes dieciocho años.

—Eso no me impide trabajar.

—¿Y dejarás los estudios porque tu madre lo decidió?

Su pregunta me irritó.

—No conoces mi situación.

—Sé que huiste con un recién nacido para evitar que te obligaran a abandonar tu vida.

—No huí.

—Entonces demuestra que no lo hiciste solo para cambiar una jaula por otra.

Apreté la correa de la mochila.

—¿Qué quieres?

—Que regreses a la escuela.

Solté una risa incrédula.

—No necesito tu caridad.

—No te la ofrecí.

—¿Entonces?

—Un trato.

Sus palabras me pusieron alerta.

—¿Qué trato?

Gu Yuzhou miró al niño.

—Permanecerás aquí temporalmente y ayudarás a que se adapte mientras localizo a su madre y organizo su custodia.

—No soy niñera.

—No.

Volvió la mirada hacia mí.

—Eres su tía.

La palabra me hizo sentir algo extraño.

Hasta entonces todos hablaban del bebé como una carga.

Era la primera vez que alguien reconocía que existía un vínculo entre nosotros sin obligarme a convertirme en su madre.

—A cambio —continuó—, el Grupo Gu cubrirá tus gastos escolares.

—No.

—Escucha primero.

—Ya escuché suficiente. Mi madre también quería decidir mi futuro a cambio de techo y comida.

Gu Yuzhou no se enfadó.

—Entonces redacta tú las condiciones.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—No vivirás aquí por obligación. Puedes marcharte cuando quieras. El dinero para tus estudios se depositará en un fondo independiente y no dependerá de que cuides al niño.

—¿Y qué recibes tú?

—Tiempo.

Miró a su hijo.

—No sé nada de bebés. Mi familia tampoco sabe todavía que existe.

—¿Por qué no?

—Porque no entregaré información hasta comprender qué ocurrió con Xu Qing.

Su tono se volvió más duro.

—Y porque no permitiré que nadie utilice a este niño para negociar poder dentro de la familia Gu.

Aquella frase me hizo pensar en los comentarios.

El heredero de la familia Gu.

Una vida llena de comodidades.

Tal vez yo había llegado creyendo que el niño era un boleto de salida.

Pero, para Gu Yuzhou, también podía convertirse en un objetivo.

—Solo me quedaré hasta que tenga una cuidadora confiable —dije.

—De acuerdo.

—Seguiré estudiando.

—Sí.

—No cambiarás mi escuela sin consultarme.

—No.

—No tocarás mis documentos.

—No tengo interés en ellos.

—Y no voy a fingir ser la madre del bebé.

Su expresión se volvió severa.

—Nunca te pediría algo así.

Me tendió la mano.

—¿Trato?

Miré sus dedos.

Después miré al pequeño.

Finalmente estreché su mano.

—Trato.

Aquella noche dormí en una habitación contigua a la del bebé.

A las tres de la madrugada me despertó su llanto.

Salí corriendo.

Gu Yuzhou ya estaba allí.

Llevaba una camiseta oscura y sostenía al niño con desesperación.

—No se calma.

—¿Le diste leche?

—Sí.

—¿Pañal?

—Limpio.

—¿Temperatura?

—Normal.

Lo tomé.

El bebé siguió llorando.

Durante veinte minutos probamos todo.

Finalmente se quedó dormido sobre el pecho de Gu Yuzhou mientras yo tarareaba una canción que mi abuela cantaba cuando éramos pequeñas.

Nos sentamos en el suelo junto a la cuna.

—¿Tu hermana también te cantaba eso? —preguntó él.

—No.

—¿Erais cercanas?

—Cuando éramos niñas.

Bajé la mirada.

—Después comprendió que en casa podía conseguir todo si me dejaba a mí las consecuencias.

—¿Por qué te pidió que criaras a su hijo?

—No me lo pidió.

—¿Entonces?

—Le escribió a mi madre. Dijo que su beca podía cancelarse si descubrían que había dado a luz.

—Eso no tiene sentido.

—¿Por qué?

—Una universidad no puede expulsarla simplemente por ser madre.

Me quedé inmóvil.

—Mi madre dijo que sí.

—Tu madre mintió.

La conclusión fue tan sencilla que me dio rabia no haberla visto.

—Entonces, ¿por qué se fue?

—Eso quiero averiguar.

A la mañana siguiente, el equipo de Gu Yuzhou localizó a Xu Qing.

Había viajado a Londres.

No para empezar las clases.

Su matrícula todavía no estaba completada.

Además, había retirado una gran cantidad de dinero de una cuenta abierta a su nombre pocos días después del nacimiento.

El dinero procedía de una empresa vinculada a un competidor del Grupo Gu.

Gu Yuzhou dejó el informe sobre la mesa.

—Tu hermana no abandonó al niño solo por estudiar.

—¿Qué hizo?

—Parece que recibió dinero para desaparecer.

Sentí un escalofrío.

—¿De quién?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Y el bebé?

—Podría haber sido parte de un acuerdo.

Lo miré.

—¿Estás diciendo que lo vendió?

—Estoy diciendo que alguien le pagó para ocultar su existencia.

La idea me revolvió el estómago.

—¿Por qué?

—Porque mi abuelo está enfermo.

Gu Yuzhou se acercó a la ventana.

—Dentro de unos meses, la familia elegirá al próximo presidente del grupo. Mi tío siempre ha dicho que yo no debería heredar el control porque no tengo descendencia.

—Pero ahora tienes un hijo.

—Exactamente.

—Entonces alguien quería que no apareciera.

—O quería controlar el momento en que apareciera.

Recordé los comentarios dorados.

“Ve a buscarlo y tendrás una vida asegurada”.

¿Aquellas líneas intentaban ayudarme?

¿O me estaban empujando a participar en un plan que no comprendía?

No tuve tiempo de pensarlo.

El teléfono de Gu Yuzhou sonó.

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión cambió.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Colgó.

—Tu madre está abajo.

—¿Cómo encontró este lugar?

—No está aquí.

Me mostró la pantalla.

En las noticias aparecía Zhao Lan frente a la entrada del Grupo Gu.

Lloraba ante varias cámaras.

—Mi hija menor robó al bebé de su hermana y está intentando chantajear al presidente Gu.

Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.

El periodista preguntó:

—¿Afirma que Xu Nian no es la madre del niño?

—Claro que no.

Mi madre se secó las lágrimas.

—Mi hija mayor tuvo que marcharse para estudiar. Xiao Nian se puso celosa porque siempre tuvo peores notas. Se llevó al bebé y ahora quiere utilizarlo para casarse con una familia rica.

Los comentarios en internet crecían a una velocidad aterradora.

“Una chica de dieciocho años intentando entrar en una familia rica”.

“Robó a su propio sobrino”.

“Seguramente el presidente Gu ni siquiera es el padre”.

Me temblaban las manos.

—Voy a bajar.

Gu Yuzhou se interpuso.

—No.

—Está mintiendo.

—Y quiere que reacciones delante de las cámaras.

—No permitiré que diga eso.

—Entonces no le des el espectáculo que busca.

Tomó el teléfono.

—El departamento legal responderá.

—No necesito que hablen por mí.

—No hablarán por ti.

Sus ojos se volvieron fríos.

—Mostrarán pruebas.

Una hora después, el Grupo Gu publicó un comunicado.

Confirmaba la paternidad de Gu Yuzhou.

Aclaraba que yo había entregado voluntariamente al bebé para protegerlo.

Y anunciaba una investigación sobre el abandono del recién nacido y las posibles transferencias económicas recibidas por Xu Qing.

La reacción cambió inmediatamente.

Los periodistas rodearon a mi madre.

—Señora Zhao, ¿por qué pidió a su hija menor que se presentara como madre?

—¿Sabía que su hija mayor había recibido dinero?

—¿Por qué no informó al padre biológico?

Zhao Lan dejó de llorar.

Intentó escapar.

Pero la policía ya estaba allí.

No fue detenida.

Todavía.

Solo fue citada para declarar.

Esa misma noche me llamó.

—¡Xiao Nian! ¿Cómo pudiste hacerle esto a tu hermana?

Escuché su voz sin responder.

—¡Retira la denuncia! ¡Dile al señor Gu que todo fue un malentendido!

—¿Por qué Xu Qing recibió dinero?

Silencio.

—No sé de qué hablas.

—Mamá.

Mi voz fue tranquila.

—Esta es la última vez que te llamaré así si vuelves a mentirme.

Su respiración se volvió rápida.

—Tu hermana cometió un error. Solo quería asegurar su futuro.

—¿Vendió el silencio sobre su hijo?

—¡No fue así!

—Entonces dime cómo fue.

—Un representante de la familia Gu se puso en contacto con ella.

Miré a Gu Yuzhou, que estaba al otro lado del salón.

Él se volvió inmediatamente.

—¿Qué representante?

—No lo sé.

—Mientes.

—Era una mujer.

Mi madre bajó la voz.

—Dijo que el nacimiento de ese niño destruiría a muchas personas. Ofreció dinero para que Qing se marchara y dejara al bebé.

—¿Y aceptasteis?

—¡Pensábamos que estaría mejor contigo!

Aquella frase hizo que algo dentro de mí se rompiera.

—No.

Apreté el teléfono.

—Pensasteis que yo era la hija cuya vida podía destruirse sin consecuencias.

Colgué.

Gu Yuzhou ya estaba llamando a su equipo.

—Una mujer de la familia Gu —dijo—. Quiero revisar todos los movimientos de los últimos nueve meses.

La responsable apareció dos días después.

Era Gu Meiyun.

La tía de Gu Yuzhou.

También era la segunda mayor accionista del grupo.

Había pagado a Xu Qing para desaparecer.

Su plan era sencillo.

Ocultar al bebé hasta la reunión de sucesión.

Después revelarlo en el peor momento posible, acusando a Gu Yuzhou de abandonar a una mujer embarazada y a su hijo.

El escándalo debía destruir su reputación.

Pero yo había llevado al niño directamente al Grupo Gu antes de que pudiera ejecutar el plan.

Por eso mi madre apareció ante los medios.

Gu Meiyun necesitaba convertir mi llegada en un chantaje.

Xu Qing regresó al país bajo presión legal.

Cuando entró en la sala de reuniones, llevaba gafas oscuras y ropa de marca.

No miró al bebé.

Me miró a mí.

—¿Por qué tuviste que venir aquí?

Me quedé atónita.

—Porque abandonaste a tu hijo.

—No sabes nada.

—Sé que cobraste por desaparecer.

—Necesitaba el dinero para estudiar.

Gu Yuzhou dejó los documentos sobre la mesa.

—La matrícula costaba menos de una décima parte de lo que recibiste.

Xu Qing apretó los labios.

—El resto era para empezar una nueva vida.

—¿Y tu hijo?

—Estaría con mi familia.

—Querías que yo fingiera ser su madre —dije.

—¿Y qué problema había?

Su tono fue impaciente.

—Tú siempre has sido buena con los niños.

—¿Ese era tu plan para mi futuro?

—Tú no ibas a entrar en una buena universidad.

Me levanté.

—No vuelvas a decir eso.

—Es la verdad.

—No.

La miré directamente.

—Es la mentira que todos repetisteis para que yo dejara de intentarlo.

Xu Qing soltó una risa.

—¿Ahora te crees importante porque estás cerca de Gu Yuzhou?

—No necesito ser importante para saber que mi vida vale tanto como la tuya.

El bebé comenzó a llorar en la habitación contigua.

Xu Qing se tensó.

Pero no se acercó.

Gu Yuzhou la observó.

—¿Quieres verlo?

Ella apartó la mirada.

—No estoy preparada.

—Tuviste nueve meses para prepararte.

—Nunca quise ser madre.

Su sinceridad fue cruel.

Pero quizá fue lo único honesto que dijo.

—Entonces renuncia legalmente a la custodia —respondió Gu Yuzhou.

Xu Qing levantó la cabeza.

—¿Y el dinero?

—¿Qué dinero?

—Soy su madre. Me corresponde una compensación.

Sentí náuseas.

Gu Yuzhou no cambió de expresión.

—Te corresponde responder por haberlo abandonado y ocultado su identidad a cambio de dinero.

—¡Gu Meiyun me amenazó!

—También te pagó.

—¡No tenía elección!

—Todos teníamos elección —dije.

Xu Qing me miró con odio.

—A ti te resulta fácil decirlo. Ahora puedes vivir aquí, estudiar y disfrutar de todo.

—No he recibido nada gratis.

—Claro que sí. Llegaste con mi hijo y conseguiste entrar en la familia Gu.

—Sigo sin pertenecer a esta familia.

Mi respuesta la desconcertó.

—¿Entonces por qué sigues aquí?

Miré al bebé a través del cristal.

—Porque él no eligió a ninguno de nosotros.

La investigación terminó con varias consecuencias.

Gu Meiyun fue expulsada del consejo y acusada de soborno, manipulación y conspiración comercial.

Xu Qing devolvió parte del dinero y renunció a la custodia.

También enfrentó cargos menores por abandono, aunque el tribunal consideró su edad y la presión ejercida sobre ella.

Mi madre intentó presentarse como una víctima.

Pero los mensajes demostraron que había insistido en que yo dejara la escuela mucho antes de recibir ninguna amenaza.

Mi padre declaró que no sabía nada.

Después aparecieron grabaciones donde decía:

“Xiao Nian siempre ha sido menos capaz. No perderemos nada si cría al niño”.

Dejé de responder sus llamadas.

No volví a aquella casa.

El niño recibió finalmente un nombre.

Gu Anchen.

“An” por paz.

“Chen” por la primera luz de la mañana.

Gu Yuzhou dijo que fue la hora en que yo atravesé el vestíbulo con él en brazos.

—No hace falta que me incluyas en su nombre —dije.

—No lo hice por ti.

—Entonces, ¿por qué?

Miró al niño.

—Porque llegó cuando todo estaba oscuro y obligó a todos a mostrar su verdadero rostro.

Me matriculé de nuevo.

Al principio pensé que bastaría con regresar a mi antigua escuela.

Gu Yuzhou contrató profesores privados.

Me negué.

—El trato era pagar mis estudios, no convertir mi vida en un proyecto.

—Tus exámenes son en tres meses.

—Lo sé.

—Has perdido clases.

—También lo sé.

—Necesitas ayuda.

—Puedo pedirla cuando la necesite.

Él guardó silencio.

Después despidió a tres de los cuatro profesores y dejó solo a una maestra de matemáticas que yo misma elegí.

Fue la primera vez que entendió que ayudar no era controlar.

Estudié como nunca antes.

No porque quisiera demostrarle algo a mi familia.

Sino porque quería descubrir de qué era capaz sin escuchar constantemente que era inferior.

El día en que llegaron los resultados, no me atreví a abrirlos.

Gu Yuzhou estaba cambiando el pañal de Anchen.

—Ábrelo —dijo.

—Ocúpate de tu hijo.

—Estoy intentando hacerlo. Lleva diez minutos moviéndose.

—Porque lo estás haciendo demasiado despacio.

—Entonces ven a ayudar.

—No hasta abrir el resultado.

—Exactamente.

Lo miré.

—Eres insoportable.

—Eso dicen.

Abrí la página.

Durante varios segundos no entendí lo que veía.

Había obtenido una puntuación suficiente para entrar en una de las mejores universidades de la ciudad.

—¿Qué ocurre? —preguntó Gu Yuzhou.

Le mostré la pantalla.

Él la leyó.

Después asintió.

—Bien.

—¿Solo bien?

—¿Qué quieres que haga?

—No sé. Puedes parecer un poco impresionado.

—Siempre supe que lo conseguirías.

La frase me dejó en silencio.

Nadie me había dicho algo así.

Sentí que los ojos me ardían.

—No llores —dijo—. Anchen ya está llorando suficiente por los dos.

Le lancé una almohada.

La esquivó.

El bebé empezó a reír.

Los años pasaron.

No me convertí en la señora Gu.

Tampoco lo intenté.

Gu Yuzhou y yo aprendimos a formar una familia extraña.

Él era el padre de Anchen.

Yo era su tía.

Pero, para el niño, yo también era la persona que siempre había estado allí.

Cuando empezó a hablar, me llamó “Nian”.

Después “tía Nian”.

Nunca “mamá”.

Me aseguré de que conociera la verdad de una forma adecuada para su edad.

—Tu madre biológica era muy joven y tomó decisiones equivocadas —le expliqué años después—. Eso no significa que tú fueras un error.

Gu Yuzhou estaba junto a nosotros.

Anchen lo miró.

—¿Y papá?

—Papá no sabía que existías.

—¿Tú sí?

—Solo durante un día antes de traerte aquí.

El niño sonrió.

—Entonces fuiste la primera en elegirme.

Aquellas palabras me hicieron llorar.

Xu Qing intentó verlo cuando él tenía seis años.

Ya había terminado sus estudios y trabajaba en el extranjero.

Parecía más tranquila.

—No vengo a pedir custodia —dijo—. Solo quiero conocerlo.

Gu Yuzhou dejó la decisión en mis manos.

Yo se la devolví a Anchen.

—Hay una mujer que desea hablar contigo.

—¿Mi madre?

—Sí.

—¿Tengo que quererla?

—No.

—¿Puedo conocerla?

—Sí.

Se encontraron en un parque.

Xu Qing llevó un juguete costoso.

Anchen apenas lo miró.

—¿Por qué te fuiste?

Ella tardó mucho en responder.

—Tenía miedo.

—Tía Nian también tenía miedo.

Xu Qing bajó la cabeza.

—Ella fue más valiente que yo.

No hubo reconciliación inmediata.

Solo una conversación.

Después otra.

Permití que construyeran su propia relación sin obligar a Anchen a perdonar ni a Xu Qing a fingir un sentimiento que no tenía.

Mi relación con mis padres nunca se recuperó.

Mi madre seguía diciendo que había hecho todo por el futuro de la familia.

Yo le respondí una sola vez:

—Una familia que necesita destruir el futuro de una hija para proteger el de otra no merece llamarse familia.

Después la bloqueé.

Me gradué con honores.

Fundé una organización que ofrecía becas y asistencia legal a adolescentes obligadas a abandonar los estudios para cuidar niños de otros familiares.

La primera vez que presenté el proyecto ante inversores, Gu Yuzhou se sentó en la última fila.

No intervino.

No corrigió mi discurso.

No utilizó su apellido para conseguirme apoyo.

Cuando terminé, fue el último en levantarse.

—¿Qué te pareció? —pregunté.

—Bien.

Lo miré con enfado.

Sonrió ligeramente.

—Esta vez sí estoy impresionado.

Años después, Anchen me preguntó cómo había llegado por primera vez al Grupo Gu.

Le conté la verdad.

La mochila vieja.

El taxi.

La recepcionista.

La amenaza de sentarme frente a la entrada hasta que llegaran los periodistas.

Se rio.

—¿No tenías miedo de papá?

Miré a Gu Yuzhou, que leía unos documentos junto a la ventana.

—Muchísimo.

Él levantó la cabeza.

—No lo parecía.

—Tú tampoco parecías alguien que no sabía cambiar un pañal.

Anchen empezó a reír.

Gu Yuzhou negó con resignación.

El día en que mi madre me ordenó abandonar la escuela y fingir que había dado a luz al hijo de mi hermana, creyó que mi futuro era el menos importante de todos.

Xu Qing creyó que podía dejarme su responsabilidad y marcharse.

Gu Meiyun creyó que podía utilizar a un recién nacido para controlar la sucesión de una familia poderosa.

Y yo misma llegué al edificio del Grupo Gu pensando que solo estaba devolviendo un bebé a su padre.

En realidad, estaba recuperando mi propia vida.

No obtuve una existencia cómoda porque aquel niño fuera heredero.

Obtuve algo mucho más valioso.

La oportunidad de estudiar.

De elegir.

De dejar de aceptar la versión de mí que mi familia había construido.

Gu Anchen encontró a su padre.

Gu Yuzhou encontró a un hijo que nunca supo que tenía.

Y yo encontré por fin un lugar donde nadie me pedía que desapareciera para que otra persona pudiera brillar.

Nunca fui la madre de aquel bebé.

Nunca quise ocupar ese lugar.

Pero cuando todos los demás lo trataron como una carga, un secreto o una herramienta…

Yo fui quien lo tomó en brazos.

Atravesó conmigo las puertas del Grupo Gu.

Y obligó al mundo entero a escucharnos.

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