Las puertas del elevador se abrieron lentamente.
Esteban salió primero.
Llevaba un esmoquin azul oscuro, una copa de champaña en la mano y la sonrisa confiada de un hombre convencido de que controlaba cada detalle de su vida.
A su lado caminaba Camila Alcázar.
Tomaba del brazo a un niño de unos siete años.
El parecido con Esteban era imposible de ignorar.
Los mismos ojos.
La misma forma de caminar.
La misma sonrisa.
Emilia levantó la cabeza.
Miró al niño.
Luego a su padre.
Después volvió a mirarme.
—Mamá…
¿Ese es mi hermanito?
Sentí que el corazón se me partía.
Antes de que pudiera responder, Esteban nos vio.
Su sonrisa desapareció.
—Lucía… ¿qué haces aquí?
No parecía avergonzado.
Parecía molesto.
Como si yo hubiera interrumpido una reunión importante.
Camila observó a Emilia con indiferencia.
Después sonrió.
—¿Son ellas?
Mónica respondió con orgullo.
—Sí.
Ya les expliqué que debían irse.
Esteban suspiró.
—Lucía, no era el momento.
—¿Para qué?
—Para hablar de esto.
Miré alrededor.
Más de doscientos empresarios observaban la escena.
Directores.
Banqueros.
Inversionistas.
Periodistas.
Todos esperaban que la esposa abandonada llorara.
Que gritara.
Que suplicara.
No hice ninguna de las tres cosas.
Me agaché frente a Emilia.
—Cariño…
Quédate junto a la tía del guardarropa cinco minutos.
Voy a resolver un asunto.
La señora asintió de inmediato y tomó de la mano a mi hija.
Esperó a que se alejara antes de mirar nuevamente a Esteban.
—¿Hace cuánto tiempo?
Él bajó la vista.
—Dos años.
Camila lo corrigió sin querer.
—Casi tres.
Esteban giró la cabeza hacia ella.
Demasiado tarde.
Toda la sala había escuchado.
Un murmullo recorrió el salón.
—Entonces… —pregunté con tranquilidad—.
Mientras Emilia aprendía a caminar, tú ya tenías otra familia.
Esteban dio un paso hacia mí.
—Podemos hablar en privado.
Negué lentamente.
—No.
Tú elegiste hacerlo en público.
Terminemos en público.
En ese instante sonó mi teléfono.
Era Julián.
Activé el altavoz.
—Lu.
Ya está hecho.
Esteban frunció el ceño.
—¿Qué hiciste?
Mi hermano continuó.
—Los fondos Montenegro retiraron toda la inversión programada para Grupo Varela.
Los bancos ya recibieron la notificación.
También enviamos el informe completo a los miembros del consejo.
El rostro de Esteban perdió el color.
—¿Qué informe?
Julián respondió con absoluta calma.
—La auditoría forense.
La que demuestra que durante cuatro años inflaste contratos con empresas vinculadas a Camila Alcázar y utilizaste recursos de la compañía para financiar gastos personales.
Los invitados dejaron de murmurar.
Ahora escuchaban con atención.
Camila retrocedió un paso.
—Eso es mentira.
Julián continuó.
—También notificamos a los tres fondos extranjeros que pensaban invertir esta noche.
La ronda de financiamiento queda cancelada.
Un ejecutivo que estaba junto al escenario miró su teléfono.
Luego otro.
Y otro más.
Los celulares comenzaron a vibrar por todo el salón.
Uno tras otro.
Como una reacción en cadena.
El presidente del consejo se acercó apresuradamente a Esteban.
—¿Qué significa este correo?
Traía una carpeta electrónica abierta.
En la pantalla aparecía el asunto:
“Suspensión inmediata de la operación de inversión.”
Esteban intentó responder.
No encontró palabras.
Entonces otro directivo levantó la voz.
—¿Es cierto que ocultaste pasivos y contratos relacionados con familiares?
Nadie sonreía ya.
Los fotógrafos habían dejado de apuntarme a mí.
Ahora enfocaban a Esteban.
Su imperio empezaba a derrumbarse delante de todos.
Pero aún no había llegado el golpe que realmente iba a destruirlo.
Julián volvió a hablar desde el teléfono.
—Lu…
Hay algo más.
Acabamos de encontrar el fideicomiso que firmó papá hace nueve años.

Creo que Esteban jamás imaginó quién era realmente la propietaria de la tecnología que convirtió a Grupo Varela en una empresa multimillonaria.
Miré a Esteban directamente a los ojos.
Por primera vez desde que lo conocía…
Vi miedo.
Leer la Parte 3 a continuación.