Mateo no respondió.
Ni a los insultos.
Ni a las risas.
Ni a la carpeta de divorcio que Valeria acababa de estrellarle contra el pecho.
Se agachó despacio, recogió la mochila de Camila y le acomodó la bufanda con manos que todavía temblaban por el frío que ella había soportado sola.
—¿Puedes caminar? —preguntó en voz baja.
Camila asintió, aunque tenía los labios morados.
—Sí, papá.
Él le sonrió con una ternura que hizo aún más cruel el ambiente de aquella sala.
—Entonces vámonos.
Don Ernesto soltó una carcajada.
—¡Eso, lárgate! Y de paso busca un trabajo de verdad.
Bruno levantó su copa.
—¡Feliz Navidad, maistrito!
Las últimas risas los siguieron hasta la puerta.
Ninguno imaginó que acababan de reírse del hombre que pagaba, directa o indirectamente, el sueldo de casi todos los presentes.
Apenas subieron a la vieja camioneta, Camila rompió a llorar.
No era un llanto escandaloso.
Era el llanto de alguien que había aguantado demasiado.
—Perdón, papá.
Mateo giró la llave, pero no arrancó.
La miró durante unos segundos.
—¿Perdón por qué?
—Porque discutí con ellos.
Porque todo esto pasó por defenderte.
Mateo negó lentamente.
—No, hija.
Pasó porque olvidaron lo que significa ser buena gente.
Le limpió las lágrimas con el pulgar.
—Y nunca vuelvas a disculparte por defender a quien amas.
Camila respiró hondo.
—¿Valeria sabía que me iban a sacar?
Mateo guardó silencio.
Recordó el momento en que preguntó por ella al teléfono.
Recordó aquella pausa.
Y recordó la imagen de su esposa inmóvil, sosteniendo los papeles del divorcio mientras su hija temblaba afuera.
No necesitó más respuestas.
Condujo durante casi dos horas sin decir una palabra.
No fueron al departamento donde vivían.
Tampoco a un hotel.
La camioneta terminó entrando al estacionamiento subterráneo de una torre de cristal en Santa Fe.
Camila frunció el ceño.
—Papá… ¿qué hacemos aquí?
Mateo apagó el motor.
—Necesito terminar algo antes de llevarte a casa.
Subieron por un elevador privado.
Cuando las puertas se abrieron en el piso veintidós, el guardia de seguridad se puso inmediatamente de pie.
—Buenas noches, ingeniero Salazar.
Camila se quedó inmóvil.
Después apareció la recepcionista.
—Señor Salazar, ya reunimos a los directores como usted pidió.
La adolescente miró a su padre sin entender.
—¿Ingeniero… Salazar?
Mateo soltó un suspiro largo.
Había prometido esperar hasta que ella cumpliera dieciocho años para contarle toda la verdad.
Pero aquella noche ya no podía seguir ocultándola.
—Ven conmigo.
Entraron a una sala de juntas enorme.
Doce personas se levantaron al mismo tiempo.
—Buenas noches, presidente.
Camila abrió los ojos con incredulidad.
En la pantalla principal brillaba el logotipo de Grupo Salazar.
El mismo nombre que aparecía desde hacía años en espectaculares, edificios y desarrollos inmobiliarios por todo el país.
Mateo dejó la carpeta del divorcio sobre la mesa.
Nadie preguntó nada.
Solo esperaron instrucciones.
Él tomó el control remoto y proyectó una lista de empresas.
La primera pertenecía a Bruno.
La segunda a Adrián.
La tercera llevaba el nombre de don Ernesto.
Todos eran proveedores exclusivos del grupo desde hacía años.
Mateo apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Quiero un informe completo de cada contrato firmado con estas empresas durante los últimos ocho años.
El director jurídico levantó la vista.
—¿Debemos preparar también las notificaciones de rescisión?
Mateo miró por la ventana la ciudad iluminada.
Pensó en Camila temblando sola bajo el frío.
Pensó en las risas.
Pensó en el divorcio convertido en espectáculo.
Y respondió con una calma que heló la sala.
—No.
Todavía no.
Primero quiero saber cuánto de la fortuna que presumen existe únicamente porque yo decidí mantenerlos de pie.
En ese momento, la secretaria entró apresuradamente con una tableta en las manos.
—Señor Salazar… acaba de llegar una solicitud urgente de reunión.
Mateo apenas miró la pantalla.

El remitente hizo que esbozara una sonrisa amarga.
Ernesto Medina.
Su suegro.
El mismo hombre que, sin saberlo, acababa de pedir una cita con el dueño de la empresa de la que dependía toda su fortuna.
Leer la Parte 3 a continuación.