PARTE 2 — La Puerta Abierta

Cuando las puertas del elevador se abrieron, Daniela sintió primero el olor.

Alcohol.

Perfume barato.

Y pintura fresca.

Dos policías uniformados caminaban delante de ella mientras el cerrajero sostenía su caja de herramientas.

Fernanda llevaba el teléfono grabando desde que salieron del taxi.

Las risas seguían escuchándose detrás de la puerta.

Uno de los oficiales llamó con fuerza.

—¡Policía de la Ciudad de México!

El departamento quedó en silencio.

Un segundo después comenzaron los susurros.

—¿Quién será?

—No abras.

—Apaga la música.

El oficial volvió a golpear.

—Señor Sergio Mendoza, abra la puerta.

Escucharon el sonido apresurado de varias botellas siendo escondidas.

Después, la cerradura giró.

Sergio apareció despeinado, con una cerveza todavía en la mano.

Al verla, su sonrisa desapareció.

—¿Qué haces aquí?

El oficial respondió antes que Daniela.

—La señora es copropietaria del inmueble.

Tiene pleno derecho a ingresar.

Sergio intentó bloquear el paso.

—Es muy tarde.

Podemos hablar mañana.

—Hágase a un lado.

No era una petición.

Con evidente molestia, retrocedió.

Daniela cruzó el umbral.

Y se quedó inmóvil.

No era la cerradura.

No eran las botellas.

Era el departamento.

Las paredes estaban cubiertas con plásticos protectores.

Los cuadros habían desaparecido.

La televisión ya no estaba.

El comedor donde habían celebrado su aniversario tampoco.

En medio de la sala había decenas de cajas abiertas.

Su ropa.

Sus documentos.

Los juguetes que había comprado para Mateo antes de nacer.

Todo mezclado como si fuera mercancía en una mudanza.

Pero lo peor estaba al fondo.

La puerta de la habitación del bebé permanecía abierta.

Entró lentamente.

Sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

La cuna había desaparecido.

El cambiador también.

Los muebles blancos que había elegido durante meses ya no estaban.

En su lugar solo quedaban marcas rectangulares sobre el piso de madera.

Miró alrededor desesperada.

—¿Dónde está la habitación de mi hijo?

Doña Beatriz apareció sosteniendo una copa de vino.

Ni siquiera parecía avergonzada.

—Ya la vendimos.

Daniela la observó sin comprender.

—¿Qué dijo?

La mujer sonrió.

—¿Para qué queríamos tantos muebles ocupando espacio?

Ese cuarto será mi sala de costura.

Sergio intervino con total naturalidad.

—Nos dieron buen dinero.

Así recuperamos algo de lo que gastamos durante tu embarazo.

Daniela sintió un zumbido en los oídos.

—¿Vendieron la cuna?

—También el cambiador.

El armario.

La mecedora.

Todo.

Fernanda dejó escapar un insulto.

Uno de los policías comenzó inmediatamente a tomar fotografías.

—¿Conservan facturas de esos bienes?

Daniela asintió lentamente.

—Todas.

Están a mi nombre.

El oficial escribió algo en su libreta.

Mientras tanto, Beatriz seguía hablando.

—No exageres.

Total, ese niño puede dormir contigo.

Los bebés ni se enteran.

El segundo oficial caminó hacia el balcón.

Regresó segundos después con expresión seria.

—Oficial…

Será mejor que vea esto.

Todos se acercaron.

En el balcón había varias bolsas negras.

Las mismas que Sergio había dejado frente al hospital.

Pero no estaban llenas solo de ropa.

Dentro había fotografías familiares rotas.

Diplomas universitarios.

Álbumes de boda empapados.

Ecografías del embarazo hechas pedazos.

Y encima de todo…

El pequeño conejo de peluche que Daniela había comprado para Mateo antes de saber siquiera si sería niño o niña.

Tenía una enorme mancha oscura.

El oficial levantó el juguete cuidadosamente.

Lo olió.

Frunció el ceño.

—¿Qué es esto?

Daniela dio un paso adelante.

La reconoció al instante.

Pintura.

Pero no cualquier pintura.

Era la misma pintura azul que Sergio había usado meses atrás para renovar el cuarto del bebé.

Doña Beatriz soltó una carcajada.

—Quedó horrible de todos modos.

Había que tirarlo todo.

El policía dejó el peluche dentro de una bolsa de evidencia.

Luego miró directamente a Sergio.

—¿Usted autorizó la venta de bienes pertenecientes también a su esposa?

Sergio respondió con arrogancia.

—Todo lo que hay aquí es mío.

Ella ya no vive aquí.

El oficial cerró lentamente su libreta.

—Eso lo decidirá un juez.

No usted.

En ese instante sonó el teléfono de Sergio.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió por completo.

Era el banco.

Contestó de inmediato.

—¿Bueno?

Escuchó apenas unos segundos.

Toda la sangre desapareció de su rostro.

—¿Cómo que congelaron la operación?

Colgó sin decir una palabra.

Daniela lo observó con absoluta tranquilidad.

Luego abrió su bolso.

Sacó una carpeta azul.

Y la dejó sobre la mesa.

—Mientras ustedes celebraban…

Yo presenté una medida cautelar.

Dentro de esa carpeta estaba la orden judicial que impedía vender, mover o disponer de cualquier bien común desde las seis de la tarde.

Miró las cajas vacías alrededor de la sala.

Después levantó lentamente la vista hacia Sergio y su madre.

—Acaban de violarla… delante de dos policías.

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