Me quedé mirando el mensaje durante varios segundos.
Las palabras parecían inocentes.
Pero detrás de ellas había algo mucho más peligroso.
No era Elias quien me estaba llamando.
Era una niña asustada.
Suspiré lentamente, dejé la taza intacta sobre la mesa y me puse de pie.
Cinco minutos después, empujé con suavidad la puerta de la habitación de pediatría.
La luz estaba atenuada.
Las máquinas emitían un zumbido constante.
Sophie permanecía despierta abrazando un pequeño conejo de peluche que alguna enfermera le había conseguido.
Sus ojos se iluminaron apenas me vio.
—¡La doctora bonita!
Sonreí sin poder evitarlo.
—Hola, campeona. ¿Todavía sin sueño?
Ella hizo un puchero.
—No puedo dormir porque me duele un poquito.
Me acerqué a revisar el yeso provisional de su muñeca.
—Eso es normal. Mañana dolerá mucho menos.
—¿Lo prometes?
—Te lo prometo.
Ella extendió su mano sana.
La sostuve con cuidado.
Era pequeña.
Caliente.
Confiada.
Sentí una punzada inesperada en el pecho.
Al otro lado de la habitación, Elias permanecía completamente en silencio.
No se había movido desde que entré.
Ni siquiera parecía respirar.
—Papi dice que los doctores siempre cumplen las promesas —comentó Sophie.
—Tu papá tiene razón.
La niña sonrió.
Luego observó nuevamente mi vientre.
—¿Tu bebé escucha todo?
Solté una pequeña risa.
—Algunos dicen que sí.
—Entonces hay que hablarle bonito.
Apoyó con delicadeza su mano sobre la manta que cubría mi abdomen.
Mi instinto fue retroceder.
Pero había tanta ternura en su gesto que no pude hacerlo.
—Hola, bebé.
Su voz era apenas un susurro.
—Soy Sophie.
Cuando nazcas…
…podemos compartir mis crayones.
El silencio que siguió fue absoluto.
Sentí al bebé moverse.
Una pequeña patadita.
Instintiva.
Mis ojos se humedecieron.
—Creo que acaba de saludarte.
Sophie abrió la boca de sorpresa.
—¿¡En serio!?
Asentí sonriendo.
—Le caí bien.
—Muchísimo.
La niña soltó una carcajada.
Elias cerró los ojos durante un instante.
Cuando volvió a abrirlos, estaban completamente brillantes.
Jamás lo había visto así.
No cuando cerró el mayor contrato de su empresa.
No cuando compró su ático.
No cuando recibió premios.
Nunca.
Era la primera vez que veía a un hombre enfrentándose al peso completo de todo lo que había perdido.
Después de unos minutos, Sophie comenzó a bostezar.
Le acomodé la almohada.
—Hora de descansar.
Ella negó con la cabeza.
—Primero una pregunta.
—¿Cuál?
La niña frunció el ceño con esa sinceridad brutal que solo tienen los niños.
—Si tu bebé no tiene papá…
…¿puedo prestarle el mío?
El aire abandonó por completo la habitación.
Mi corazón dejó de latir durante un segundo.
Elias levantó lentamente la cabeza.
Yo fui incapaz de responder.
Sophie continuó hablando con total naturalidad.
—Mi papá hace los mejores panqueques.
También sabe espantar monstruos.
Y cuando llueve, me deja dormir abrazada a él.
Creo que los bebés también necesitan eso.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos.
No por la pregunta.
Sino porque esa niña acababa de describir exactamente al hombre que Elias sí era cuando dejaba de esconderse detrás del miedo.
Él dio un paso hacia la cama.
Su voz salió rota.
—Sophie…
La niña lo miró confundida.
—¿Qué pasa, papi?
Él respiró profundamente antes de hablar.
—Hay cosas que los adultos estropeamos.
Cosas muy importantes.
Ella inclinó la cabeza.
—¿Como romper un florero?
Él soltó una risa breve, cargada de tristeza.
—Muchísimo peor.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Entonces Sophie miró alternativamente mi rostro, el de Elias y otra vez mi vientre.
Su expresión cambió.
Como si una pieza enorme acabara de encajar en su pequeña cabeza.
Muy despacio señaló mi abdomen.
Después señaló a su padre.
Y finalmente me miró fijamente.

—Espera…
Su voz apenas fue un susurro.
—¿Ese bebé… también es de mi papi?
El color desapareció por completo del rostro de Elias.