Mi teléfono permaneció unos segundos entre mis manos.
Leí el último mensaje de Charles Whitman una vez más.
“Mi contrato siempre fue contigo, no con ellos.”
Victor levantó una ceja.
—¿NorthBridge?
Asentí.
Él soltó una risa incrédula.
—Madison todavía no entiende lo que acaba de perder.
Guardé el teléfono.
—No ha perdido un contrato.
Ha perdido la confianza de un cliente.
Y eso no se reemplaza contratando a otra persona.
A la mañana siguiente, llegué a las oficinas de Horizon Capital.
No era mi primer día oficial.
Solo iba a firmar el contrato.
Aun así, el presidente de la compañía salió personalmente a recibirme.
—Bienvenida, Emma.
Llevábamos casi un año intentando convencerte.
Sonreí.
—Lo sé.
—¿Algún arrepentimiento?
Miré el edificio de Sterling & Cole, que podía verse desde la ventana.
—Ninguno.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, el piso sesenta y ocho era un caos.
Madison llevaba dos horas encerrada en la sala de juntas.
Sobre la mesa había expedientes abiertos.
Pantallas encendidas.
Tres departamentos completos intentando reconstruir el trabajo de una sola persona.
—¿Dónde están las estrategias de renovación? —preguntó golpeando la mesa.
Nadie respondió.
El director comercial habló finalmente.
—Emma nunca las subía completas al sistema.
—¿Por qué?
—Porque muchos clientes compartían información confidencial.
Ella era quien la administraba directamente.
Madison respiró con impaciencia.
—Pues llámenla.
El director jurídico levantó la vista.
—Ya no trabaja aquí.
La despediste ayer.
El silencio cayó otra vez sobre la sala.
A las diez de la mañana sonó el teléfono de Madison.
Sonrió con suficiencia.
—Por fin.
Seguro es NorthBridge.
Contestó inmediatamente.
—Buenos días, Charles.
Soy Madison Sterling.
Hubo una breve pausa.
Después la voz del otro lado respondió con absoluta serenidad.
—No llamaba para felicitarla.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—¿Perdón?
—Quiero confirmar que Emma Hayes ya no trabaja para ustedes.
—Así es.
Pero le asignaremos un ejecutivo mucho más preparado.
Charles soltó una breve risa.
—No necesito otro ejecutivo.
Necesito a Emma.
Madison intentó mantener la calma.
—Sterling & Cole tiene un equipo excelente.
—No firmé con un equipo.
Firmé porque Emma resolvía problemas que nadie más podía resolver.
Ella apretó el teléfono.
—Nuestro servicio continuará con los mismos estándares.
Charles guardó silencio unos segundos.
Cuando volvió a hablar, su voz era completamente profesional.
—En ese caso, comunique a su departamento legal que NorthBridge Energy no renovará el contrato al vencimiento.
Además, suspendemos las negociaciones del proyecto Atlas.
Buenos días.
La llamada terminó.
Madison permaneció inmóvil.
El director financiero, que había escuchado toda la conversación por el altavoz, palideció.
—Atlas representa casi el veinte por ciento de la facturación prevista para el próximo año.
Nadie dijo una palabra.
Cinco minutos después llegó el segundo golpe.
Luego el tercero.
Y después el cuarto.
Uno tras otro, varios clientes comenzaron a solicitar reuniones urgentes.
Todos hacían exactamente la misma pregunta.
—¿Dónde está Emma Hayes?
A las tres de la tarde, yo me encontraba reunida con Charles en un restaurante tranquilo.
No hablamos de Sterling & Cole.
Hablamos de proyectos futuros.
Nuevas inversiones.
Expansión internacional.
Cuando terminamos, Charles dejó la carpeta sobre la mesa.
—Emma.
Quiero ser completamente transparente contigo.
—Te escucho.
—Si aceptas dirigir nuestra cuenta desde Horizon…
No solo renovaremos Atlas.
También trasladaremos las otras cuatro divisiones.
Lo miré sorprendida.
Aquello duplicaba el volumen del negocio.
—¿Estás seguro?
Él sonrió.
—No sigo empresas.
Sigo personas.
Y durante ocho años, la persona que respondió mis llamadas a las dos de la madrugada siempre fuiste tú.
No el logotipo de Sterling & Cole.
Esa misma tarde, alguien llamó desesperadamente a mi celular.
Era un número conocido.
Madison Sterling.
Lo dejé sonar.
Volvió a llamar.
Y otra vez.
A la quinta llamada, Victor sonrió.
—¿No piensas contestar?
Negué con tranquilidad.
—Ayer me dijo que ya no encajaba en la visión de su empresa.
Sería incoherente hacerle perder el tiempo.
Victor estaba a punto de responder cuando mi teléfono vibró con un nuevo mensaje.
No era de Madison.
Era de Edward Sterling.
El fundador de Sterling & Cole.

Y, sobre todo…
El padre de Madison.
El mensaje solo tenía una línea.
“Emma, acabo de enterarme de lo que hizo mi hija. ¿Puedes concederme treinta minutos? Creo que ambas desconocemos toda la verdad.”