PARTE 2: LA CASA NUNCA FUE TUYA

Mauricio se quedó inmóvil.

Sus ojos recorrían una y otra vez las escrituras que Valeria había colocado sobre la mesa.

—Eso… eso no puede ser.

Valeria deslizó el primer documento hacia él.

—Escritura del departamento de Providencia.

Propietaria única: Valeria Cárdenas.

Mauricio sintió un vacío en el estómago.

Aquel era el departamento donde Beatriz vivía desde hacía cuatro años.

Sin renta.

Sin pagar mantenimiento.

Sin aportar un solo peso.

—¿Y esto…? —preguntó con la voz quebrada.

Valeria abrió la segunda carpeta.

—Es la escritura de esta casa.

Mauricio la tomó con manos temblorosas.

Buscó su nombre.

No estaba.

Volvió a buscar.

Nada.

Solo aparecía uno.

Valeria Cárdenas.

—No… tú dijiste que era nuestra.

Valeria negó con calma.

—Dije que era nuestro hogar.

Nunca dije que fuera tu propiedad.

La compré dos años antes de conocerte, con el dinero del seguro de vida de mi primer esposo y con mis ahorros.

Tú simplemente viniste a vivir aquí.

Mauricio retrocedió un paso.

Durante cinco años había dicho delante de todos:

“Mi casa.”

“Mi jardín.”

“Mi patrimonio.”

Ahora comprendía que jamás había sido suyo.

En ese momento sonó su teléfono.

Era Beatriz.

Contestó de inmediato.

—¿Mamá?

La voz llegó histérica.

—¡Mauricio! ¡El restaurante me está llamando! Dicen que alguien canceló el servicio de whisky, los postres y la música extra. ¡Qué vergüenza me hiciste pasar!

Mauricio cerró los ojos.

—Mamá…

—¡Haz que esa mujer pague!

Valeria extendió la mano.

—Pon el altavoz.

Él obedeció casi por instinto.

—Beatriz.

La voz de Valeria sonó serena.

—El contrato estaba únicamente a mi nombre.

Los servicios adicionales requerían mi autorización.

Y decidí no pagar una celebración para personas que dejaron fuera a mis hijos.

Del otro lado hubo un silencio.

Después estalló la furia.

—¡Esos niños nunca serán de esta familia!

Valeria respiró hondo.

—Tiene razón.

Nunca serán de una familia que los humille.

Y precisamente por eso no volverán a acercarse a usted.

—¡No puedes decidir eso!

—Sí puedo.

Soy su madre.

Y usted perdió ese privilegio cuando hizo llorar a un niño de ocho años por llevarle un regalo.

Beatriz gritó con desesperación.

—¡Mauricio, dile algo!

Todos esperaron.

Él miró hacia el pasillo.

Camila estaba abrazando a Mateo.

El pequeño seguía sujetando la caja envuelta en papel azul.

Todavía no la había abierto.

Todavía esperaba entregársela.

Mauricio sintió una punzada en el pecho.

Recordó el instante frente al restaurante.

Los ojos de Camila.

La voz temblorosa de Mateo.

Y él…

Entrando al salón sin mirar atrás.

Por primera vez comprendió el tamaño de su cobardía.

—Mamá…

Su voz salió apenas como un susurro.

—Te equivocaste.

Beatriz quedó muda.

—¿Qué dijiste?

—Te equivocaste.

No debiste tratar así a los niños.

Ni permitir que yo los abandonara.

Del otro lado de la llamada solo se escuchó una respiración acelerada.

Después, la voz cambió por completo.

—¿Vas a ponerte del lado de esa mujer?

Mauricio levantó lentamente la vista hacia Valeria.

Ella ya no lloraba.

Ya no discutía.

Simplemente había dejado de esperar algo de él.

Y eso le dolió mucho más que cualquier reproche.

—No, mamá.

No me pongo del lado de nadie.

Solo estoy viendo, por primera vez, todo lo que perdí por no decir una sola palabra.

Beatriz colgó de golpe.

El silencio volvió a llenar la casa.

Valeria cerró las carpetas.

—Mañana a las diez tengo cita con mi abogado.

Te llegará la notificación.

Mauricio dio un paso hacia ella.

—Valeria…

Podemos arreglar esto.

Ella negó lentamente.

—¿Sabes cuándo todavía podía arreglarse?

Cuando Mateo te preguntó con los ojos si podía entrar contigo.

Cuando Camila escondió las lágrimas para no arruinar la fiesta.

Cuando yo solo necesitaba que tomaras una decisión.

Entrar con nosotros…

O salir con nosotros.

Y elegiste entrar solo.

En ese momento sonó el timbre.

Los cuatro se quedaron inmóviles.

Valeria abrió la puerta.

Dos personas esperaban afuera.

Un hombre de traje y una mujer con una carpeta oficial.

—Buenas noches.

¿La señora Valeria Cárdenas?

—Sí.

El hombre mostró su credencial.

—Venimos del Registro Público de la Propiedad.

Necesitamos verificar una documentación relacionada con el departamento donde actualmente reside la señora Beatriz Salgado.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Qué documentación?

La funcionaria abrió lentamente la carpeta.

—Hemos recibido una solicitud para cancelar el permiso de uso gratuito del inmueble.

Pero durante la revisión encontramos algo más.

Levantó un documento con sello oficial.

—Parece que alguien presentó hace dos años un poder notarial con una firma cuya autenticidad está siendo cuestionada.

Valeria miró el documento durante unos segundos.

Después levantó la vista hacia Mauricio.

Él también había reconocido aquella firma.

Porque pertenecía a ella.

Y estaba completamente segura de una cosa.

Jamás había firmado ese poder.

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