PARTE 2: LA FIRMA QUE LOS CONDENÓ

El amanecer apenas comenzaba a teñir de naranja las montañas de Monterrey cuando Sofía llegó a mi casa. Llevaba las mismas mangas largas, aunque el calor ya era insoportable. Apenas crucé la puerta para abrazarla, sentí cómo su cuerpo temblaba.

—Mamá… ya no sé cuánto tiempo más puedo seguir fingiendo.

La hice pasar sin decir una palabra. Cerré las cortinas, preparé café y esperé. Durante años había aprendido que el silencio, cuando nace del amor, puede abrir más puertas que cualquier interrogatorio.

Ella dejó un sobre amarillo sobre la mesa.

—Encontré esto escondido en la oficina de Mauricio.

Dentro había copias de contratos, autorizaciones bancarias y un convenio de divorcio fechado tres semanas antes. Mi hija aparecía firmando cada hoja con una firma casi perfecta… pero yo conocía cada trazo de su escritura desde que aprendió a escribir su nombre en el jardín de niños.

Aquellas firmas no eran suyas.

—Nunca firmé nada de esto —susurró.

Antes de que pudiera responder, Julián entró con una carpeta azul bajo el brazo. Su expresión era mucho más seria de lo habitual.

—Confirmamos todo.

Se sentó frente a nosotras y abrió la carpeta.

—Las transferencias de los doscientos dieciséis millones salieron hacia cinco empresas fantasma. Todas tienen administradores distintos… pero el mismo representante legal.

—¿Quién? —pregunté.

Julián levantó lentamente la vista.

—Beatriz Villarreal.

Sofía dejó escapar un sollozo ahogado.

—Ella siempre decía que yo debía firmar “papeles de rutina”. Decía que Mauricio estaba ocupado y que una buena esposa apoyaba sin preguntar.

Mi estómago se cerró de golpe.

No solo habían usado a mi hija como aval.

La habían convertido en el rostro visible de un fraude cuidadosamente planeado.

En ese instante sonó mi teléfono.

Era Mauricio.

Contesté y activé el altavoz.

—Doña Elisa, encontré a Sofía. Está muy confundida. Si está con usted, dígale que regrese a casa. Todo tiene explicación.

Sofía me tomó la mano con fuerza.

Respiraba tan rápido que apenas podía hablar.

—No voy a volver.

Hubo unos segundos de silencio.

Después escuchamos una voz distinta al otro lado de la llamada.

Era Beatriz.

—Dile que piense bien las cosas. Si habla… todos perderemos.

La llamada terminó.

Julián dejó otro documento sobre la mesa.

—Hay algo más.

Era un poder notarial otorgado apenas cuarenta y ocho horas antes.

El nombre del nuevo apoderado apareció frente a nosotros como un golpe imposible de anticipar.

No pertenecía a Mauricio.

Ni a Beatriz.

Era el nombre del hombre que había sido el mejor amigo de mi difunto esposo durante más de treinta años.

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