Aquella noche, Mauricio llegó del trabajo y encontró la nota sobre la mesa.
No dije una palabra.
Solo se la entregué.
La leyó una vez.
Después otra.
Cuando terminó, tenía la mandíbula tan tensa que pensé que iba a romper el papel.
—¿Mamá hizo esto?
Asentí.
—También cerró el refrigerador con un candado y bajó el interruptor de la habitación donde dormía mi madre.
Mauricio dejó caer lentamente la nota.
Caminó hasta el cuarto de huéspedes.
Encontró a doña Teresa cosiendo en silencio un botón de la camisa de Emiliano.
Como si nada hubiera pasado.
—¿Por qué no me llamó?
Ella sonrió con tristeza.
—No quería ponerte entre tu esposa y tu madre.
Mauricio se arrodilló frente a ella.
—No existe esa elección.
Le tomó las manos.
—Quien la humilló dejó de tener razón hace mucho tiempo.
Aquella misma noche llamó al notario.
—No retrasaremos nada.
—La entrega será esta semana, como estaba prevista.
Yo respiré por primera vez en horas.
Porque la decisión ya estaba tomada.
No había marcha atrás.
Dos días después, Ofelia regresó de casa de Raúl.
Entró cargando varias bolsas de compras.
—Laura, guarda esto en la despensa.
No me moví.
—No hace falta.
Frunció el ceño.
—¿Cómo que no hace falta?
En ese momento sonó el timbre.
Dos hombres con chalecos de una empresa de mudanzas esperaban en la puerta.
Detrás de ellos estaban el notario y una pareja de unos cincuenta años.
Ofelia los observó confundida.
—¿Quiénes son?
El notario dio un paso al frente.
—Buenas tardes.
Sacó una carpeta.
—Venimos para la entrega del inmueble.
La expresión de Ofelia se congeló.
—¿Qué inmueble?
Mauricio respondió con absoluta calma.
—Esta casa.
Ella soltó una risa nerviosa.
—¿Qué tonterías dices?
—La vendimos hace dos meses.
El silencio fue absoluto.
La bolsa que llevaba en la mano cayó al suelo.
Las naranjas comenzaron a rodar por el recibidor.
—No pueden vender mi casa.
La corregí por primera vez.
—Nuestra casa.
Hice una breve pausa.
—Y, desde hoy, la casa de ellos.
Señalé a la pareja.
Los nuevos propietarios sonrieron con cierta incomodidad.
Ofelia comenzó a levantar la voz.
—¡Yo vivo aquí!
El notario abrió la carpeta.
—Y precisamente por eso estamos presentes.
Le mostró el contrato firmado.
—La entrega fue pactada para esta semana.
Mauricio añadió con serenidad:
—También alquilamos un departamento para ti durante tres meses.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Me están echando?
—No.
Respondí con tranquilidad.
—Te estamos dando tiempo para mudarte.
—¡Soy la madre de Mauricio!
—Y doña Teresa es mi madre.
Saqué lentamente la nota de mi bolso.
La misma que había encontrado sobre el refrigerador.
La coloqué frente a ella.
—La diferencia es que mi madre nunca escribió esto.
Ofelia miró el papel.
Reconoció inmediatamente su letra.
Intentó quitármelo.
El notario intervino.
—Permítame.
Observó el documento unos segundos.
—¿Esta nota la escribió usted?
Ella guardó silencio.
Mauricio habló antes que ella.
—La guardaré junto con las fotografías del candado y del interruptor bajado.
Ofelia lo miró incrédula.
—¿Para qué quieres eso?
Él respondió sin elevar la voz.
—Porque nunca más volveré a permitir que alguien diga que exageramos lo que hiciste.
Emiliano apareció en el pasillo.
Llevaba de la mano a su abuela Teresa.
—Papá…
Miró a los desconocidos.
—¿Nos vamos a cambiar de casa?
Mauricio sonrió.
—Sí, campeón.
—¿La abuela Tere viene con nosotros?
—Claro que sí.
El niño sonrió feliz.
—Entonces me gusta la casa nueva.
La frase cayó sobre la sala como una sentencia.
Ofelia comenzó a llorar.
—¿Vas a cambiarme por ella?
Mauricio negó lentamente.
—No.
La miró con una tristeza inmensa.
—Tú fuiste quien decidió perder este hogar el día que hizo sentir a una invitada como si no tuviera derecho ni a un vaso de agua.
El notario cerró la carpeta.
—Señora, la entrega oficial será el viernes a las diez de la mañana.

Le entregó una copia del acta.
—Esperamos que la vivienda quede desocupada para esa hora.
Ofelia permaneció inmóvil.
Pero nadie imaginaba que, al comenzar la mudanza dos días después, los trabajadores encontrarían escondida en el ático una carpeta con recibos, documentos bancarios y un testamento antiguo que explicaría por qué Ofelia estaba tan desesperada por impedir que aquella casa cambiara de dueño.