Elena no respondió.
Se limitó a mirar a su madre y llevó un dedo a los labios.
Silencio.
Al otro lado de la puerta, Julián volvió a golpear.
—¿Qué tanto hacen ahí?
El juez Ferrer seguía en la línea.
—Escúcheme con atención. La patrulla ya salió. La ambulancia también.
Hizo una breve pausa.
—Pero necesito que gane unos minutos.
—¿Qué encontraron? —preguntó Elena en voz baja.
El juez respondió con una serenidad que le heló la sangre.
—Hace dos semanas recibimos una denuncia anónima relacionada con su hermano.
Elena frunció el ceño.
—¿De quién?
—No lo sabemos.
—La persona murió antes de poder ratificarla.
Sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué decía?
—Que alguien estaba vaciando el patrimonio de una mujer de edad avanzada mediante violencia y documentos falsificados.
Miró a Margarita.
Su madre comenzó a llorar en silencio.
Julián golpeó la puerta con más fuerza.
—¡Elena!
Ella abrió el seguro.
La puerta se abrió de inmediato.
Su hermano sonreía.
Pero sus ojos ya no lo hacían.
—¿Todo bien?
Elena devolvió la sonrisa.
—Mamá se sintió mareada.
—La ayudé a cambiarse.
Claudia apareció detrás de él.
—¿Ya está lista para dormir?
—Sí.
Elena rodeó los hombros de su madre con un brazo.
—Esta noche dormiré con ella.
Por una fracción de segundo, la expresión de Julián cambió.
Era apenas un instante.
Pero bastó.
Había miedo.
Durante la cena, Elena fingió absoluta normalidad.
Incluso pidió otra taza de café.
Julián volvió a hablar del supuesto testamento.
—Mamá ya decidió dejarme la administración de todo.
—Me parece razonable.
Respondió Elena con total tranquilidad.
Claudia respiró aliviada.
Creían que les había creído.
A las once y cuarenta y siete de la noche, se apagaron las luces de la planta baja.
Elena permanecía despierta.
Su teléfono vibró una sola vez.
“Tres minutos.”
Era el mensaje del juez.
Entonces escuchó un ruido.
No venía del exterior.
Venía del despacho de Julián.
Abrió apenas la puerta de la habitación.
Su hermano y Claudia caminaban por el pasillo cargando una caja metálica.
Esperó unos segundos antes de seguirlos descalza.
Los vio entrar al antiguo estudio de su padre.
Nunca cerraban esa habitación.
Esa noche sí.
Elena se acercó lentamente.
La puerta no quedó completamente cerrada.
A través de la pequeña abertura alcanzó a escuchar la conversación.
—Mañana firmará aunque tengamos que sedarla otra vez.
La voz era de Claudia.
Julián respondió con tranquilidad.
—Después vendemos la casa principal.
—¿Y Elena?
—Cuando llegue la residencia, diremos que mamá ya no distingue a nadie.
Hubo un breve silencio.
Después Claudia preguntó algo que hizo que la sangre de Elena se congelara.
—¿Qué hacemos con el expediente?
Julián abrió la caja metálica.
—Lo quemaremos esta noche.
Elena apenas alcanzó a ver un grueso archivo color azul.
En la portada aparecía escrito a mano:
“Propiedades Varela.”
Julián pasó las hojas rápidamente.
Había escrituras.
Poderes notariales.
Estados de cuenta.
Y fotografías antiguas.
—Mientras esto desaparezca, nadie podrá demostrar que mamá nunca autorizó las ventas.
Claudia sonrió.
—Entonces mañana terminamos todo.
En ese mismo instante sonó el timbre.
Tres veces.
Firmes.
Julián levantó la cabeza.
—¿Quién demonios viene a esta hora?
Antes de que pudiera moverse, una voz retumbó desde el otro lado de la puerta principal.
—¡Fiscalía General! ¡Nadie salga de la vivienda!
Claudia dejó caer la caja metálica.
Los documentos quedaron esparcidos por el suelo.
Julián corrió hacia la ventana.
Lo que vio hizo desaparecer el color de su rostro.
Cuatro patrullas.

Una ambulancia.
Y varios agentes rodeando completamente la casa.
Pero lo que terminó de destruir su tranquilidad fue ver que quien descendía del primer vehículo no era un policía.
Era un notario judicial sosteniendo una orden de aseguramiento patrimonial.
Y esa orden llevaba exactamente la misma lista de propiedades que Julián acababa de intentar quemar unos segundos antes.