Mariana salió de la casa cuando el reloj marcaba las once y veinte de la noche.
Una maleta rodaba con dificultad sobre la banqueta.
La otra descansaba sobre su hombro mientras Sofía dormía abrazada a su cuello, agotada de tanto llorar.
Nadie salió a detenerla.
Ni Ricardo.
Ni Ofelia.
Ni uno solo de los cuarenta y siete invitados que minutos antes habían aplaudido el cumpleaños de su hija.
La música seguía sonando detrás de la reja.
Las risas eran tan fuertes que parecía que aquella humillación jamás hubiera existido.
Mariana respiró hondo.
No iba a mirar atrás.
Mientras esperaba un taxi, abrió la pequeña mochila de Sofía para comprobar que llevaba su inhalador.
En ese movimiento, la cadena con el antiguo anillo escapó por encima de su blusa.
La plata brilló bajo la luz amarilla de un farol.
Un automóvil negro redujo la velocidad junto a la acera.
No era un gesto de curiosidad.
Era una reacción inmediata.
Santiago Del Valle observó fijamente aquella joya.
Durante unos segundos dejó de escuchar incluso a su asistente.
—Detén el coche.
Tomás obedeció sin preguntar.
—¿Pasa algo, señor?
Santiago seguía mirando el anillo.
La orquídea grabada en la superficie estaba desgastada por los años, pero él habría reconocido aquel símbolo entre miles.
Lo había visto siendo niño.
En una fotografía antigua que permanecía guardada dentro de la caja fuerte de su abuelo.
—No puede ser… —murmuró.
Mariana sintió la mirada y, por instinto, escondió nuevamente la cadena bajo la ropa.
No quería llamar la atención de nadie.
Mucho menos después de todo lo ocurrido.
El taxi llegó en ese instante.
Ella acomodó primero a Sofía en el asiento trasero y después levantó las maletas.
Antes de cerrar la puerta, Santiago descendió del automóvil.
—Disculpe.
Mariana giró con evidente desconfianza.
—No quiero problemas.
—No busco causarle ninguno.
Ella mantuvo una mano sobre la puerta del taxi.
—Entonces, ¿qué necesita?
Santiago dudó por primera vez en muchos años.
Era un hombre acostumbrado a negociar empresas enteras sin titubear.
Pero aquella pregunta le resultó inesperadamente difícil.
—Ese anillo…
Mariana dio un paso atrás.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Cómo sabe que llevo un anillo?
—Porque acabo de verlo.
Ella lo sujetó con fuerza debajo de la blusa.
—No está en venta.
—Nunca dije que quisiera comprarlo.
El silencio cayó entre ambos.
Tomás observaba la escena sin comprender.
Santiago respiró despacio antes de hablar otra vez.
—Solo quiero hacerle una pregunta.
—Depende.
—¿Quién se lo dio?
Mariana bajó la mirada durante unos segundos.
Luego respondió con una voz serena.
—Mi madre.
—¿Y dónde lo consiguió ella?
Los ojos de Mariana se endurecieron.
—Eso nunca me lo dijo.
Solo me pidió que jamás me separara de él.
Santiago sintió un vuelco en el pecho.
Aquellas palabras coincidían exactamente con una frase escrita detrás de la vieja fotografía que conservaba su abuelo desde hacía más de treinta años.
Sin decir nada más, sacó lentamente su teléfono, abrió una imagen guardada en una carpeta privada y la observó en silencio.
Después levantó la vista hacia Mariana.
Su rostro había perdido el color.

Porque la mujer que aparecía abrazando a una niña en aquella fotografía llevaba exactamente el mismo anillo que Mariana escondía bajo su ropa.
Y la fecha escrita al reverso era veintinueve años anterior al nacimiento de Ricardo.