El pendiente brilló entre los dedos de Ethan apenas un instante.
Nadie más en la mesa pareció darse cuenta.
Yo sí.
Era un pequeño aro de plata con una diminuta piedra azul. Mi abuela me lo había regalado cuando cumplí dieciocho años y nunca me lo quitaba. La mañana después de aquella noche lo busqué desesperadamente en el hotel, convencida de que lo había perdido para siempre.
Y ahora estaba allí.
En la mano del prometido de mi hermana.
Ethan cerró lentamente el puño antes de que Clara pudiera verlo.
—¿Qué pasa? —preguntó mi madre al notar que había dejado de comer.
Forcé una sonrisa.
—Nada. Solo estoy un poco cansada.
Clara soltó una carcajada.
—Siempre trabajando demasiado. Deberías aprender a disfrutar la vida.
Sus palabras sonaron extrañas.
No dejaba de observarme, como si intentara descubrir algo en mi rostro.
Como si necesitara confirmar que yo seguía creyendo la mentira.
Cuando terminó la cena, todos salieron al jardín para tomar café.
Yo aproveché para entrar a la cocina y respirar unos segundos.
Las manos me temblaban.
—Elena.
La voz de Ethan sonó detrás de mí.
Me giré de inmediato.
Él sostenía el pendiente entre los dedos.
—Esto es tuyo, ¿verdad?
No respondí.
—Lo encontré aquella mañana.
Sentí un nudo en la garganta.
—No sé de qué hablas.
Él me miró fijamente.
—Yo tampoco entendía nada… hasta hoy.
Hubo un silencio incómodo.
—Aquella noche creí que Clara estaba en la habitación —dijo finalmente—. Todo estaba oscuro. Había bebido demasiado después de una cena de negocios. Cuando desperté y vi que ya no había nadie, pensé que había sido un sueño o que ella se había marchado temprano.
Respiré hondo.
—No fue un sueño.
Los ojos de Ethan perdieron el color.
—Entonces… eras tú.
Asentí muy despacio.
Ninguno de los dos habló durante varios segundos.
—¿Cómo llegaste allí? —preguntó.
Le conté la cena.
Las copas.
El empresario llamado Victor Lane.
El mareo.
El hotel.
La habitación.
Y la llamada de Clara a la mañana siguiente.
Mientras hablaba, el rostro de Ethan cambiaba.
Primero desconcierto.
Después incredulidad.
Finalmente, una rabia contenida.
—Es imposible —murmuró.
—Ojalá lo fuera.
Él pasó una mano por su cabello.
—Clara me dijo que aquella noche debía recoger una llave de una habitación porque quería prepararme una sorpresa antes de la boda. Me envió el número por mensaje.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Todavía tienes ese mensaje?
Ethan sacó el teléfono casi por instinto.
Buscó la conversación.
Frunció el ceño.
—No está.
Deslizó la pantalla varias veces.
—Borró toda la conversación.
Mi respiración se aceleró.
—¿La borró?
—Hace una semana cambié de teléfono, pero todas las conversaciones se copiaron automáticamente. Esa es la única que desapareció.
Nos miramos en silencio.
Aquello ya no parecía un accidente.
Parecía algo preparado con cuidado.
En ese momento, la puerta de la cocina se abrió de golpe.
Clara apareció sonriendo.
—¿Interrumpo algo?
Ethan guardó el pendiente en el bolsillo con un movimiento casi imperceptible.
—Solo estaba buscando agua.
Clara nos observó uno por uno.
Su sonrisa seguía en el rostro.
Pero sus ojos ya no sonreían.
Antes de salir, dijo una frase que hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.
—Qué curioso… hay noches que es mejor olvidar para siempre.

Esperó unos segundos, como si quisiera medir nuestra reacción.
Luego añadió con absoluta tranquilidad:
—Especialmente cuando alguien podría descubrir que entró en la habitación equivocada.