Durante varios segundos, Adrian no dijo absolutamente nada.
Solo podía escuchar su respiración agitada.
Después habló, pero aquella seguridad que siempre lo acompañaba había desaparecido.
—Clara… deja de jugar.
Sonreí mientras contemplaba la ciudad desde el ventanal.
—¿Te parezco de humor para jugar?
Del otro lado se escuchaban voces.
Alguien gritaba:
—¡Los bancos suspendieron todas las líneas de crédito!
Otro respondió:
—¡Los proveedores exigen pago inmediato!
La junta directiva estaba entrando en pánico.
Y Adrian seguía intentando convencerme de que aquello era un simple berrinche.
—Escúchame —dijo bajando la voz—. Si esto continúa, la empresa perderá cientos de millones.
Tomé un sorbo de café.
—Lo sé.
—Entonces llama a Charles y dile que levante el bloqueo.
—No.
Su paciencia terminó.
—¡Clara! ¡También eres accionista! ¡Te estás haciendo daño a ti misma!
Reí por primera vez en muchos meses.
—¿De verdad todavía no entiendes?
Colgué.
A las nueve de la mañana llegué al edificio principal de HaleMed.
No entré por la puerta privada de la presidencia.
Entré por la recepción, como cualquier visitante.
Los empleados comenzaron a mirarme.
Algunos bajaban inmediatamente la cabeza.
Otros cuchicheaban.
Las noticias ya habían recorrido toda la empresa.
La esposa del presidente había congelado las cuentas corporativas.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el último piso, encontré a toda la junta reunida.
Adrian estaba de pie al final de la sala.
Tenía la camisa arrugada.
Los ojos enrojecidos.
Parecía haber envejecido diez años durante una sola noche.
En cuanto me vio, caminó hacia mí.
—Ven a mi oficina.
Negué con tranquilidad.
—No.
Prefiero hablar delante de todos.
Entré a la sala de juntas.
Tomé asiento.
Nadie dijo una palabra.
El director financiero rompió finalmente el silencio.
—Señora Montgomery…
¿Puede explicarnos qué está ocurriendo?
Abrí lentamente una carpeta negra.
Saqué el primer documento.
Lo deslicé sobre la mesa.
—Empiecen por leer esto.
El presidente independiente tomó el expediente.
Frunció el ceño.
Después abrió mucho los ojos.
—¿Qué significa esto?
Giró el documento para que todos pudieran verlo.
Era el contrato original de constitución de HaleMed.
En la primera página aparecían dos nombres.
Adrian Hale.
Y debajo.
Clara Montgomery.
El porcentaje accionarial inicial era exactamente el mismo.
Cincuenta por ciento para cada uno.
Toda la sala quedó en silencio.
Uno de los consejeros miró a Adrian.
—¿Nunca nos dijo que la señora Montgomery era cofundadora?
Adrian permaneció inmóvil.
No respondió.
Porque durante ocho años…
Jamás se lo había dicho a nadie.
Saqué el segundo documento.
—Este corresponde al primer aumento de capital.
El director financiero comenzó a leer.
Su expresión cambió por completo.
—La inversión inicial…
¿La realizó completamente la señora Montgomery?
Asentí.
—Sí.
Los laboratorios.
Las patentes.
Los equipos.
Las primeras licencias internacionales.
Todo salió de mi patrimonio familiar.
Miré directamente a Adrian.
—Tú pusiste la idea.
Yo construí la empresa.
Sophia apareció en la puerta de la sala.
Venía completamente pálida.
Todavía llevaba la carpeta donde estaban los documentos para recibir las acciones.
—Presidente…
Los abogados dicen que…
No terminó la frase.
Me vio sentada.
Y comprendió inmediatamente que la situación era mucho peor de lo que imaginaba.
Adrian dio un golpe sobre la mesa.
—¡Eso no cambia nada!
Se volvió hacia la junta.
—¡Yo soy quien dirige HaleMed!
—¡Sin mí esta empresa no existe!
Nadie respondió.
Todos seguían leyendo los documentos.
Entonces coloqué sobre la mesa la tercera carpeta.
Era mucho más delgada.
Solo contenía una hoja.
El presidente del consejo la tomó.
Leyó apenas tres líneas.
Su rostro perdió todo el color.
—Señor Hale…
¿Qué ocurre? —preguntó alguien.
El hombre levantó lentamente la vista.
—La señora Montgomery nunca cedió el control financiero definitivo de la empresa.
Toda operación superior al cinco por ciento del patrimonio…
Necesita su autorización por escrito.
El silencio fue absoluto.
Miré a Adrian.
—¿Ahora entiendes por qué anoche no podías regalar esas acciones?
Él retrocedió un paso.
—Eso…
Eso no puede ser.
Saqué un bolígrafo de mi bolso.
Lo dejé frente a él.
—Busca mi firma.
En cualquier documento que autorice regalar el cinco por ciento de HaleMed.
Tómate todo el tiempo que necesites.
Porque no la vas a encontrar.
Adrian abrió desesperadamente la carpeta de transferencia que había preparado para Sophia.
Pasó una página.
Luego otra.
Después otra más.
Las manos empezaron a temblarle.
Faltaba exactamente un documento.
Mi autorización.
Nunca había existido.
En ese instante, el secretario jurídico de la empresa recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión se volvió completamente seria.
Colgó lentamente.
Miró a toda la sala.
Y anunció con voz firme:
—Acaba de llegar la resolución del registro mercantil.

Hizo una pausa.
Después leyó la última línea.
—La transferencia de acciones anunciada anoche queda declarada jurídicamente inexistente…
…y el intento de disponer de activos sin autorización de la copropietaria ha sido remitido para investigación por posible administración desleal.