PARTE 2: LA CENA DE LAS MENTIRAS

Catherine permaneció inmóvil, como si el simple sonido de la lluvia golpeando los ventanales pudiera delatar que seguía viva.

—¿Qué significa “Fase Dos”? —preguntó en un susurro.

La miré fijamente.

—Significa que durante dos años no dejé de buscarte ni un solo día.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Pero… todos creían que habías aceptado mi muerte.

Negué lentamente.

—Eso era exactamente lo que necesitaba que mi madre creyera.

Abrí el maletín y extendí varios documentos sobre la mesa.

Fotografías del supuesto accidente.

Informes periciales.

Transferencias bancarias.

Registros telefónicos.

Cada hoja representaba una mentira distinta construida por Daria.

—El incendio nunca destruyó el coche por completo —expliqué—. Había piezas que demostraban que alguien manipuló el vehículo después del fuego. Luego aparecieron pagos al doctor Weston y a una empresa de seguridad privada. Nadie pudo demostrar la conexión… hasta ahora.

Catherine observaba cada documento con incredulidad.

—¿Sabías que estaba viva?

—Lo sospechaba.

Respiré hondo antes de continuar.

—El informe dental tenía tres errores imposibles. Ningún especialista los habría cometido por accidente.

Ella bajó la cabeza.

—Intenté escapar muchas veces.

Le tomé la mano por primera vez desde que había entrado en la habitación.

—Ya terminó.

En ese instante, mi teléfono seguro vibró.

FASE DOS ACTIVADA. EL OBJETIVO NO SOSPECHA. EL EQUIPO ESTÁ EN POSICIÓN.

Guardé el dispositivo y levanté la vista.

—Debo ir a esa cena.

Catherine abrió mucho los ojos.

—¡Es una locura! Si ella descubre que estoy aquí…

—No lo hará.

Me acerqué a la cuna improvisada donde Penelope dormía profundamente.

—Esta noche mi madre cree que celebrará la firma definitiva para quedarse con la empresa.

Sonreí con absoluta calma.

—En realidad, firmará el principio de su caída.

Catherine me observó en silencio.

Nunca me había visto así.

El hombre que ella recordaba había desaparecido junto con el incendio de aquel automóvil.

Ahora frente a ella había alguien que llevaba dos años preparando una sola noche.

Tomé mi chaqueta, ajusté la corbata y me dirigí hacia la puerta.

Antes de salir, pronuncié una última frase.

—No importa lo poderosa que sea Daria Kincaid.

—Esta noche cometerá el único error que no podrá comprar.

En el estacionamiento del hotel, tres camionetas negras apagaron sus motores al mismo tiempo.

Los agentes descendieron en silencio.

Pero ninguno de ellos sabía que, dentro del salón donde me esperaba mi madre, había un invitado inesperado que cambiaría toda la operación.

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