Beatriz abrió la puerta con una sonrisa de superioridad.
Pensó que el chef había llegado con la cena.
Pero encontró al administrador del complejo acompañado por dos empleados de seguridad.
—Buenas tardes, señora.
—¿Qué ocurre?
El administrador sostuvo una tableta.
—La titular de la reservación acaba de cancelar el contrato de hospedaje.
La sonrisa desapareció.
—¿Cómo que canceló?
—La señora Valeria notificó que todos los servicios quedan suspendidos a partir de este momento.
Ximena soltó una carcajada.
—No hagan bromas. Mi cuñada ya se fue.
—Precisamente por eso.
El administrador mostró la pantalla.
La firma digital de Valeria aparecía al pie de la cancelación.
—Tienen treinta minutos para abandonar la propiedad.
Beatriz dio un paso al frente.
—¡Mi hijo pagó esta villa!
—Lo lamento, señora.
El administrador mantuvo el mismo tono profesional.
—El contrato, el depósito de 120,000 pesos y todos los cargos adicionales fueron realizados únicamente por la señora Valeria Mendoza.
No había nada que discutir.
Ximena cruzó los brazos.
—Perfecto. Pagaremos otra noche.
Sacó su teléfono.
—Mamá, usa la tarjeta de Mauricio.
Beatriz sonrió con confianza.
Era la tarjeta adicional que había utilizado durante tres años para restaurantes, ropa, tratamientos estéticos y viajes.
La entregó al administrador.
Él la pasó por la terminal.
Operación rechazada.
Lo intentó otra vez.
Tarjeta bloqueada por el titular.
Beatriz frunció el ceño.
—Debe ser un error.
Marcó el número de Mauricio.
Buzón de voz.
Volvió a llamar.
Nada.
Entonces recibió un mensaje.
Solo una línea.
“La tarjeta adicional fue cancelada. A partir de hoy, todos los gastos corren por cuenta de quien los genera.”
Beatriz sintió un vacío en el estómago.
Ximena abrió rápidamente la aplicación bancaria.
Su propia cuenta apenas tenía dinero suficiente para pagar una noche de hotel económico.
La villa costaba casi diez veces más.
—Mamá…
Su voz comenzó a temblar.
—No alcanza.
Los guardias permanecían inmóviles junto a la puerta.
El administrador consultó el reloj.
—Les quedan veintitrés minutos.
Mientras tanto, a cientos de kilómetros de allí, el avión hacia Cancún acababa de despegar.
Don Ernesto observaba las nubes por la ventanilla como un niño.
—Nunca había subido a un avión.
Doña Rosa seguía sin creer que fueran de vacaciones.
—Hija… todo esto debe costar muchísimo.
Valeria tomó la mano de su madre.
—Mucho menos de lo que ustedes invirtieron en mí toda la vida.
Mauricio las observó en silencio.
Por primera vez comprendía cuántas veces había permitido que su madre confundiera el dinero con el derecho a humillar.
En ese momento sonó el teléfono de Valeria.
Era Sofía, la directora financiera de su empresa.
—¿Interrumpo?
—No. ¿Qué pasó?
Hubo unos segundos de silencio.
—Encontramos algo muy extraño durante la auditoría que solicitaste antes del viaje.
Valeria se incorporó en el asiento.
—¿Qué encontraron?

—La tarjeta adicional de tu suegra no era el verdadero problema.
El corazón de Valeria comenzó a acelerarse.
—¿Entonces?
Sofía respiró hondo antes de responder.
—Durante casi dos años, alguien utilizó los datos fiscales de tu empresa para garantizar varios créditos personales… y la firma de autorización aparece a nombre de Mauricio.