Me quedé inmóvil.
No porque la mujer del retrato se pareciera un poco a mí.
Sino porque era exactamente igual.
La misma forma de los ojos.
La misma sonrisa discreta.
Incluso el pequeño lunar junto a la ceja izquierda.
El señor Lu siguió mi mirada.
Durante un instante, el frío que siempre había en su rostro desapareció.
Luego volvió a convertirse en el hombre impenetrable de la noche anterior.
—¿Qué le dijiste a Nathan? —repitió.
Aparté los ojos del retrato.
—Solo me preguntó por qué estaba mirando información médica. Le dije que mi madre estaba enferma.
Nathan seguía sujetando la manga de mi camisa.
Habló sin levantar la cabeza.
—Ella no me obligó a comer.
El mayordomo, que acababa de llegar con el desayuno del señor Lu, dejó escapar una respiración sorprendida.
Nathan nunca explicaba sus sentimientos.
Mucho menos delante de otra persona.
El señor Lu se acercó lentamente.
Se agachó frente a su hijo.
—¿Terminaste la leche?
Nathan asintió.
—Sí.
—¿Y el pan?
—También.
El mayordomo sonrió por primera vez desde que lo conocía.
—Joven amo… hacía casi un mes que no desayunaba completo.
El señor Lu permaneció en silencio.
Después volvió a mirarme.
—Acompáñeme.
Lo seguí hasta el pasillo.
La puerta del comedor quedó cerrada.
Él señaló el retrato.
—¿Había visto antes a esta mujer?
Negué.
—Nunca.
—Se llama Lin Mei.
Sentí un escalofrío.
—Murió hace cuatro años.
Volví a observar el cuadro.
—Se parece demasiado a mí.
—Lo sé.
Hubo un silencio incómodo.
—Cuando la agencia me envió su expediente… pensé que era un error.
—¿Por eso me contrató?
Él tardó unos segundos en responder.
—No.
—Entonces, ¿por qué?
Su respuesta fue inesperada.
—Porque Nathan vio su fotografía y, por primera vez en dos años, dijo una frase completa.
Fruncí el ceño.
—¿Qué dijo?
El señor Lu bajó la mirada.
—Preguntó si su mamá había vuelto.
Sentí un nudo en la garganta.
—Lo siento…
—No.
Su voz seguía siendo firme.
—No es culpa suya.
Antes de que pudiera añadir algo más, el teléfono del señor Lu comenzó a sonar.
Contestó.
Su expresión cambió casi de inmediato.
—¿Está seguro?
Escuchó unos segundos más.
—Voy enseguida.
Colgó.
—Debo salir.
Miró hacia el comedor.
—Nathan quedará a su cuidado.
Asentí.
Cuando regresé, encontré al niño sentado exactamente donde lo había dejado.
Seguía abrazando el conejo gris.
Me observó unos segundos.
Luego hizo algo que dejó al mayordomo completamente inmóvil.
Estiró los brazos hacia mí.
No hablaba.
Solo quería que lo cargara.
Lo levanté con cuidado.
Nathan apoyó la cabeza sobre mi hombro.
Su cuerpo dejó de estar rígido.
Era como si llevara años esperando ese momento.
Cinco minutos después, mientras él se dormía entre mis brazos, escuché una discusión en el pasillo.
Dos empleados hablaban creyendo que nadie los oía.
—¿Ya se enteró?
—Sí… el laboratorio confirmó otra vez que la señorita Emma y la señora Lin no tienen ningún parentesco.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.

¿Laboratorio?
¿Pruebas?
Entonces comprendí que no era la primera vez que investigaban mi identidad.
Pero la siguiente frase fue la que realmente me heló la sangre.
—Lo extraño es que las pruebas de ADN sí confirmaron parentesco… entre el joven amo Nathan y alguien llamado Vanessa Su.