PARTE 2: EL EMBRIÓN NUNCA FUE SUYO

El consultorio quedó en silencio.

Teresa dejó de llorar.

Sus dedos se aferraron al gorrito azul hasta deformarlo.

Laura respiraba con dificultad.

—Díselo tú… o lo hago yo.

El doctor Julián miró a una y a otra, comprendiendo que aquella historia acababa de cambiar por completo.

—¿Qué está pasando? —preguntó con calma.

Teresa negó lentamente.

—No…

Laura dio un paso adelante.

—Ese bebé no era de ella.

Las palabras cayeron como una losa.

Julián frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

Laura cerró los ojos unos segundos.

—Hace un año, mi esposo y yo iniciamos un tratamiento de fertilidad. Obtuvimos tres embriones viables. Los dejamos congelados mientras reuníamos dinero para continuar el proceso.

Teresa comenzó a temblar.

—Laura…

—No me interrumpas.

Las lágrimas ya corrían por el rostro de la joven.

—Mamá me acompañó a todas las consultas. Conocía las contraseñas, los documentos y hasta el nombre del médico que llevaba nuestro expediente.

Julián sintió un nudo en el estómago.

—¿Está diciendo que…?

Laura asintió.

—Uno de nuestros embriones desapareció de la clínica.

Teresa rompió a llorar.

—Yo solo quería otra oportunidad.

—¡Era mi hijo! —gritó Laura por primera vez.

El eco retumbó en las paredes.

La enfermera abrió la puerta alarmada, pero Julián le hizo una señal para que esperara afuera.

Laura respiró hondo antes de continuar.

—Cuando la clínica nos informó que uno de los embriones había sido destruido por un fallo del laboratorio, iniciamos una demanda. Nunca encontramos pruebas suficientes.

Miró fijamente a su madre.

—Hasta hoy.

Teresa escondió el rostro entre las manos.

—No fue así…

—¿Entonces cómo fue?

Durante largos segundos nadie habló.

Finalmente Teresa levantó la cabeza.

Su voz apenas era un susurro.

—Conocí a un intermediario en Panamá.

Julián permaneció inmóvil.

—Me dijo que podía conseguir un embrión compatible para implantarlo.

—¿Sabía de dónde provenía?

Teresa tardó demasiado en responder.

Ese silencio fue más revelador que cualquier confesión.

—Al principio… no.

Laura soltó una risa llena de dolor.

—Mientes.

Teresa cerró los ojos.

—Después lo descubrí.

El médico sintió que el aire desaparecía del consultorio.

—¿Y aun así siguió adelante?

Teresa asintió lentamente.

—Pensé que, si nacía, podría convencerte de que lo criaríamos juntas.

Laura retrocedió como si acabara de recibir una bofetada.

—¿Robaste a tu propio nieto para obligarme a volver contigo?

Las lágrimas de Teresa ya no encontraban consuelo.

—Desde que murió tu padre me quedé completamente sola. Tú dejaste de visitarme. La casa era un cementerio. Creí que un bebé podría unir otra vez a la familia.

Laura negó con incredulidad.

—No querías unir una familia.

Su voz se quebró.

—Querías reemplazarme.

Antes de que Teresa pudiera responder, el monitor cardíaco comenzó a emitir una alarma continua.

Su presión arterial acababa de dispararse.

Julián reaccionó de inmediato.

—¡Lleven a la paciente al quirófano ahora!

Dos camilleros entraron corriendo.

Mientras la trasladaban, Laura permaneció inmóvil, incapaz de acercarse.

Entonces una enfermera irrumpió con un sobre amarillo en la mano.

—Doctor Herrera… acaba de llegar la documentación enviada desde la clínica de Panamá.

Julián abrió el expediente.

La primera página bastó para hacer que todo el equipo médico se quedara sin palabras.

Porque el consentimiento para implantar aquel embrión… no llevaba la firma de Teresa.

Llevaba la firma falsificada de Laura Valdés.

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