Durante tres segundos, nadie se movió.
Luego Jameson soltó una carcajada.
—¿Nosotros irnos? Ruby, creo que no entendiste quién pierde hoy.
Dejó caer las llaves de la casa sobre la encimera con un gesto de falsa autoridad.
—Esta casa ya no es tuya.
Bajé la mirada hacia las llaves.
Eran las antiguas.
Las que yo había desactivado hacía dos semanas.
Sonreí.
—¿Estás seguro?
Brooke dio un sorbo a mi taza y cruzó las piernas.
—No hagas esto más incómodo. Ya firmaste el rescate de la empresa. Ahora acepta el divorcio con un poco de dignidad.
La observé unos segundos.
—Primero, quítate mi bata.
Ella soltó una risa.
—¿Y si no quiero?
—Entonces descubrirás por qué nunca debes usar ropa ajena sin preguntar.
Frunció el ceño.
No entendía.
Saqué el teléfono y abrí una aplicación.
Presioné un botón.
Un pitido recorrió toda la casa.
Cinco segundos después, todas las cerraduras inteligentes cambiaron al modo de seguridad.
Las persianas bajaron automáticamente.
La alarma anunció con una voz metálica:
—Propietario verificado. Acceso de invitados cancelado.
Brooke dio un salto.
Jameson palideció.
—¿Qué demonios…?
—Mi casa —respondí con calma—. Mi sistema.
Intentó abrir la puerta principal.
No se movió.
Su padre corrió hacia la puerta trasera.
También bloqueada.
—¡Ruby! ¡Ábrenos!
No contesté.
Marqué otro número.
—Buenos días, señora Carter —respondió la recepcionista—. ¿Confirmamos la cita de las nueve y quince?
—Sí. Ya pueden subir.
Jameson me miró confundido.
Treinta segundos después sonó el timbre.
Abrí desde el móvil.
Entraron dos agentes de seguridad privada, un cerrajero certificado y mi abogada, Victoria Hale.
Victoria dejó una carpeta sobre la isla de mármol.
—Buenos días. Vengo a representar a la única propietaria legal de esta vivienda.
Jameson soltó una carcajada nerviosa.
—Eso es absurdo. Soy el esposo.
Victoria abrió la carpeta.
—La escritura fue adquirida por mi clienta cinco años antes del matrimonio. Nunca fue transferida, nunca fue incorporada al patrimonio conyugal y nunca figuró como garantía de la deuda empresarial que ella decidió pagar ayer.
El silencio cayó sobre la cocina.
La sonrisa de Brooke desapareció.
Victoria continuó.
—Y hablando de esa deuda…
Sacó otro documento.
—El pago de los $150.000 no fue un regalo.
Jameson frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Significa que el dinero fue entregado mediante un contrato de préstamo firmado electrónicamente por usted ayer a las 8:57 de la mañana.
Él abrió mucho los ojos.
—¡Yo nunca firmé un préstamo!
Victoria giró la pantalla de una tableta.
Allí aparecía su firma digital.
La misma que había puesto, convencido de que estaba autorizando la transferencia para salvar su empresa.

—Le sugiero leer la cláusula siete —dijo Victoria.
Jameson empezó a temblar.
Porque acababa de comprender que no solo estaba divorciándose de una mujer rica.
Acababa de convertir a Ruby en su mayor acreedora.