PARTE 2: EL SECRETO DE BEATRIZ

Beatriz no apartó la mirada de Valentina.

Por un instante, la mujer que controlaba uno de los grupos empresariales más poderosos del país dejó de parecer invencible.

Su rostro perdió el color.

Sus dedos, siempre impecables, comenzaron a temblar alrededor del asa de su bolso.

—¿Cómo… cómo se llama? —preguntó con una voz que apenas reconocí.

—Valentina.

Beatriz cerró los ojos durante un segundo.

Cuando volvió a abrirlos, ya había recuperado parte de su frialdad.

—Emiliano, necesito hablar contigo. Ahora.

—No —respondí antes de que él pudiera moverse—. Todo lo que tengan que decir será delante de mí.

Ella soltó una sonrisa despectiva.

—Tú no decides las reglas en esta familia.

Metí la mano en mi bolso y saqué otro sobre.

Más grueso.

Lo dejé sobre la mesa.

—Hace cuatro meses tampoco las decidía. Pero desde hoy las cosas cambiaron.

Emiliano abrió el sobre con movimientos lentos.

Dentro había copias de correos electrónicos.

Mensajes impresos.

Registros de llamadas.

Y una carpeta médica.

Leyó el primer documento.

Su expresión cambió de inmediato.

—¿Qué es esto?

—El correo que tu madre envió a tu asistente el mismo día que descubrí que estaba embarazada.

Él comenzó a leer en voz alta.

“A partir de hoy, cualquier llamada de Natalia deberá bloquearse. Ningún empleado volverá a comunicarla con Emiliano.”

Su voz empezó a quebrarse.

Pasó a la siguiente hoja.

“Si insiste en presentarse en la residencia, seguridad tiene instrucciones de retirarla inmediatamente.”

Volteó lentamente hacia Beatriz.

—¿Fuiste tú?

Ella permaneció en silencio.

Por primera vez desde que la conocía, no tenía una respuesta preparada.

Seguí hablando.

—No fue todo.

Saqué un pequeño USB.

—Aquí están las grabaciones de las cámaras de la recepción de Las Lomas.

Emiliano frunció el ceño.

—¿Qué grabaciones?

—Las del día que fui a buscarte cuando tenía seis meses de embarazo.

Conecté la memoria al televisor de la sala.

La imagen apareció enseguida.

Ahí estaba yo.

Con el vientre enorme.

Llorando.

Suplicando que avisaran a mi esposo que estaba abajo.

Un guardia hablaba por teléfono.

Después asentía.

Y pronunciaba unas palabras que jamás olvidé.

—Orden directa de la señora Beatriz. La señora Natalia no puede entrar.

En la pantalla apareció Beatriz saliendo del elevador.

Se acercó hasta mí.

Incluso sin sonido, podía verse el desprecio en su rostro.

Luego el audio comenzó a reproducirse.

—Ese bebé jamás entrará en esta familia.

El silencio dentro de la sala fue absoluto.

Emiliano parecía incapaz de respirar.

La siguiente frase hizo que apretara los puños.

—Si Natalia tiene un poco de dignidad, desaparecerá antes de que nazca esa niña.

El video terminó.

Nadie habló durante varios segundos.

Finalmente, Emiliano giró lentamente hacia su madre.

—Dime que esto está manipulado.

Beatriz respiró profundamente.

—Lo hice para protegerte.

—¿Protegerme de qué?

Ella dio un paso al frente.

—Tu padre dejó un fideicomiso muy claro. Si nacía un heredero antes de aprobar la fusión con el Grupo Aranda, el control de las acciones cambiaba por completo. Los inversionistas podían retirarse y perderíamos miles de millones.

Sentí un escalofrío.

Entonces comprendí por qué nunca había logrado encontrar a Emiliano.

No había sido un accidente.

Habían aislado deliberadamente a un padre de su propia hija.

Emiliano la miraba como si estuviera viendo a una desconocida.

—¿Sabías que Natalia estaba embarazada desde el principio?

Beatriz asintió lentamente.

—Sí.

—¿Y también sabías que Valentina era mi hija?

Otra pausa.

—Sí.

Él retrocedió un paso, completamente destrozado.

—Me robaste cuatro meses de su vida.

Beatriz levantó el rostro.

—Te salvé el imperio que construyó tu padre.

Emiliano negó con la cabeza.

Una lágrima cayó sobre la carpeta que aún sostenía entre las manos.

—No…

Miró a Valentina.

Después me miró a mí.

Y pronunció una frase que hizo palidecer incluso a Beatriz.

—Acabo de entender que el peor enemigo de mi familia nunca estuvo fuera de esta empresa.

Siempre estuvo sentado en la cabecera de nuestra mesa.

En ese instante, la puerta volvió a abrirse.

El secretario del consejo apareció visiblemente nervioso.

—Señor Montalvo… la junta ya comenzó.

Hizo una pausa al notar el ambiente.

—Y… además… la Unidad de Delitos Financieros acaba de llegar con una orden judicial para asegurar todos los documentos del fideicomiso firmado por la señora Beatriz Montalvo.

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