Adriana no apartó la vista de la pantalla.
El contrato hipotecario seguía abierto.
Monto aprobado: 4.800.000 pesos.
Garantía: vivienda propiedad de Ofelia Ríos.
Lo peor no era la cifra.
Era la firma.
A simple vista parecía auténtica.
Pero Adriana había visto a su madre firmar cientos de veces.
Aquella firma era demasiado perfecta.
Como si alguien hubiera pasado horas copiándola.
La perito informática amplió la imagen.
—Mire esto.
Señaló una esquina del documento.
La fecha de creación del archivo digital era de cuatro meses atrás.
Pero el supuesto contrato había sido firmado apenas dos días antes.
Adriana frunció el ceño.
—Entonces alguien preparó todo con mucha anticipación.
La mujer asintió.
—Y no solo eso.
Abrió otra carpeta de la memoria USB.
Dentro había decenas de hojas escaneadas.
Todas eran ejercicios de firmas.
La de Ofelia.
La de Adriana.
Incluso la del notario.
El comandante Ibarra respiró hondo.
—Esto ya no parece un intento de fraude.
Parece una operación planeada desde hace meses.
En ese momento sonó el teléfono del laboratorio.
La perito respondió.
Escuchó durante unos segundos.
Después levantó lentamente la vista.
—Acaban de revisar el bate.
Toda la sangre encontrada pertenece a la señora Ofelia.
No hay rastro biológico del señor Martín.
La versión de defensa propia acababa de derrumbarse.
Mientras tanto, en el Hospital Civil, Ofelia pidió hablar a solas con su hija.
Esperó a que salieran las enfermeras.
Luego señaló el cajón de su buró.
—Hay algo que nunca te conté.
Adriana abrió el cajón.
Encontró una libreta vieja.
Entre sus páginas había un pequeño recibo bancario.
Fecha.
Tres años atrás.
Beneficiario.
Ledesma Consultores S.A.
Importe.
1.200.000 pesos.
—¿Qué es esto?
Ofelia cerró los ojos.
—El primer dinero que desapareció.
Durante años creyó que había cometido un error de contabilidad.
Después desaparecieron otros depósitos.
Martín siempre encontraba una explicación.
Un banco equivocado.
Una inversión.
Un trámite pendiente.
Hasta que el total perdido superó los cuatro millones.
—Por eso empecé a revisar mis estados de cuenta.
Y por eso quiso quitarme la casa.
Porque descubrí demasiado.
Adriana sintió un escalofrío.
El fraude no había comenzado aquella noche.
Llevaba años.
De regreso en la Fiscalía, la perito seguía revisando la memoria USB.
De pronto abrió una carpeta protegida con contraseña.
Había logrado recuperarla.
Su nombre era inquietante.
FAMILIA.
Dentro no había documentos financieros.
Había videos.
Reprodujeron el primero.
La cámara mostraba el despacho de Martín.
Él hablaba por teléfono.
No sabía que estaba siendo grabado.
—Cuando salga el crédito, liquidamos todo.
Después vendo la casa.
La vieja no llegará viva al juicio.
Adriana sintió que el aire desaparecía de la habitación.
El segundo video era aún peor.
Martín conversaba con otra persona cuya cara nunca aparecía.
Solo se escuchaba su voz.
—¿Y tu esposa?
Martín soltó una risa.
—Adriana jamás sospechará.
Confía ciegamente en mí.
Cuando todo termine, también firmará.
El comandante Ibarra detuvo la reproducción.
—Necesitamos identificar esa segunda voz.
La perito negó lentamente.
—Creo que no hará falta.
Acabo de encontrar algo.
Abrió un archivo de audio.
Era una llamada grabada automáticamente.
La identificación del contacto aparecía claramente.
“Lic. Ernesto Salas – Notaría 18”.
Adriana reconoció el nombre.
Era el notario que había certificado el contrato de 4.8 millones.
Pensó que aquello era suficiente para detener a todos los implicados.
Entonces la perito abrió el último documento de la memoria.
Era una hoja escaneada.
No llevaba firmas.
Solo una lista de nombres.
El encabezado decía:
“Activos pendientes”.
El primero era la casa de Ofelia.
El segundo, una bodega.
El tercero hizo que Adriana dejara de respirar.
“Departamento de Adriana Vega – Transferencia programada tras ejecución del poder general.”
Adriana levantó lentamente la vista.
—¿Qué poder general?
La perito abrió otro archivo.
Era un poder notarial otorgado supuestamente por ella.
Con su fotografía.
Su firma.

Y su huella digital.
Solo había un problema.
Adriana jamás había firmado ese documento.
Lo que significaba que Martín no solo había planeado despojar a Ofelia de su patrimonio.
También llevaba meses preparando el robo completo de los bienes de su propia esposa… utilizando una identidad falsificada que, hasta ese momento, nadie sabía que existía.