PARTE 2: LA GRABACIÓN QUE NADIE PODÍA NEGAR

Toda la habitación quedó en silencio.

Serena dejó de llorar.

Adrián dio un paso hacia mí.

—Clara…

Su voz sonó por primera vez realmente asustada.

—No pongas ese audio.

Lo miré fijamente.

—¿Por qué?

No respondió.

Porque ambos sabíamos que ya era demasiado tarde.


Conecté el teléfono al altavoz portátil que había sobre la mesa.

Presioné reproducir.

Al principio solo se escuchaban pasos.

Una puerta cerrándose.

Después dos voces.

La primera era inconfundible.

Serena.

“¿Ya eliminaste sus solicitudes?”

El aire pareció desaparecer de la habitación.

Helen abrió mucho los ojos.

—Eso…

Eso está editado.

No respondí.

El audio continuó.

La segunda voz habló.

Era Adrián.

Cinco años más joven.

“Sí.”

“Entré con la contraseña que ella dejó escrita en su libreta.”

Sentí que incluso mi propia respiración se detenía.


Nadie se movía.

Nadie hablaba.

Solo el audio seguía sonando.

Serena preguntó:

“¿Y si descubre que fui yo?”

Adrián respondió inmediatamente.

“No lo hará.”

“Todos creen que eres incapaz de hacer algo así.”

Después soltó una risa.

“Además…”

“Aunque sospeche, nadie le creerá.”


El teléfono siguió reproduciendo.

“Cuando tú entres a la Universidad Nacional…”

“Ya será demasiado tarde para cambiar nada.”

La grabación terminó.

El silencio fue absoluto.


Helen fue la primera en reaccionar.

Giró lentamente hacia su hija.

Tenía el rostro completamente blanco.

—Serena…

Dime que eso no es verdad.

Serena bajó la cabeza.

Las lágrimas comenzaron a caer otra vez.

Pero esta vez nadie sintió compasión.


Adrián intentó hablar.

—Yo…

Yo estaba enamorado de Serena.

Pensé que…

No terminé de escucharlo.

—Pensaste que destruir mi futuro era una buena forma de ayudarla.

Él cerró los ojos.

No tenía defensa.


Uno de nuestros antiguos compañeros retrocedió dos pasos.

—Nosotros…

Todos nosotros llamamos loca a Clara.

Otra chica comenzó a llorar.

—Yo publiqué que ella inventaba todo por celos.

Un profesor jubilado, que había ido a visitar a Serena, permanecía inmóvil junto a la puerta.

Su expresión era de absoluta incredulidad.


Helen comenzó a temblar.

—¿Tú sabías?

Miraba a Serena.

—¿Lo sabías desde el principio?

Serena rompió a llorar.

—Solo quería entrar.

—Después ya no pude detenerlo.

—Cada año era más difícil decir la verdad.

Helen le dio una bofetada.

El sonido resonó en toda la habitación.

—¡Cinco años!

—¡Cinco años dejé que acusaran a otra muchacha mientras tú me mirabas a la cara todos los días!


El padre de Serena, que no había dicho una sola palabra, salió lentamente de la habitación.

Nadie intentó detenerlo.

Parecía haber envejecido diez años en un minuto.


Adrián dio un paso hacia mí.

—Clara…

Lo interrumpí.

—¿Sabes qué fue lo peor?

Negó lentamente.

—No perder la universidad.

—No perder esos cinco años.

—Lo peor fue que yo seguía creyendo que existía al menos una persona que algún día tendría el valor de decir la verdad.

Lo miré fijamente.

—Y esa persona eras tú.

Él bajó la cabeza.


Serena comenzó a sollozar desesperadamente.

—Lo siento.

—Lo siento de verdad.

La observé durante unos segundos.

—No.

Tú no sientes lo que me hiciste.

—Sientes lo que finalmente te ocurrió.


Creí que todo había terminado.

Entonces sonó mi teléfono.

Era un número desconocido.

Contesté.

Una voz masculina se presentó.

—¿La licenciada Clara Evans?

—Sí.

—Habla el director jurídico de la Universidad Nacional.

Toda la habitación volvió a quedarse inmóvil.

—Hemos revisado nuevamente el expediente de ingreso correspondiente al año de su generación.

Miré a Serena.

Ella ya estaba completamente pálida.

El hombre continuó.

—La investigación informática permitió recuperar registros que durante años se consideraron perdidos.

Respiré despacio.

—¿Y?

—Ahora podemos identificar con precisión desde qué computadora se eliminaron sus solicitudes.

Toda la habitación contuvo el aliento.

Pensé que ya conocía la respuesta.

Pero la siguiente frase hizo que incluso Serena levantara la cabeza con incredulidad.

—Licenciada…

Los registros demuestran que la eliminación no se realizó desde su computadora.

Ni desde la de Serena Moore.

Se hizo desde un equipo autorizado exclusivamente para personal administrativo.

Y la persona que inició esa sesión utilizó una credencial que pertenecía a un empleado de la oficina de admisiones… que falleció hace dos años.

El director hizo una pausa antes de añadir:

—Lo más importante es que, junto con esos registros, apareció un archivo de pagos que nunca debió existir.

Y el nombre del beneficiario que recibió dinero por alterar el proceso de admisión… no es ninguno de los que hoy están en esa habitación.

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