PARTE 2: EL REGALO QUE NADIE QUERÍA ABRIR

Julián se quedó inmóvil en la entrada.

Su mirada pasó de la caja al rostro de Adrián.

Después a Brenda.

Ella seguía sonriendo.

Todavía no había visto a las quince personas reunidas en la sala.

Cuando levantó la vista, el color desapareció de su rostro.

—¿Mamá…?

Su madre abrió los brazos.

—¡Qué sorpresa tan bonita organizó Adrián!

Su padre le dio una palmada en el hombro a su yerno.

—Nos dijiste que era una cena para agradecerte todo lo que haces por la familia.

Brenda tragó saliva.

Julián dio un paso hacia atrás.

—Creo que… yo debería irme.

Adrián sonrió con una tranquilidad que inquietó a todos.

—No.

Usted es uno de los invitados más importantes.


Las hermanas de Brenda comenzaron a bromear.

—¿Y el jefe también vino?

—Seguro es por el ascenso.

Brenda intentó reaccionar.

—Sí…

Julián solo vino a dejar unos documentos.

Adrián asintió.

—Exactamente.

—Algo suyo quedó pendiente en esta casa.

Julián bajó lentamente la mirada hacia la caja.

Por primera vez parecía realmente asustado.


Cuando todos ocuparon sus lugares, Adrián levantó una copa.

—Gracias por venir.

—Quería hacer esta reunión porque hay una persona que merece recuperar algo muy importante.

Tomó la caja entre las manos.

La colocó frente a Julián.

—Ábrala.

Nadie entendía qué ocurría.

Solo Brenda respiraba cada vez más rápido.


Julián no movió un dedo.

—No sé qué es eso.

Adrián mantuvo la sonrisa.

—Yo sí.

Empujó la caja unos centímetros.

—Adelante.

Después de unos segundos eternos, Julián rompió el papel.

Dentro había un reloj de lujo.

Con carátula azul.

Y una pequeña raya junto al número cuatro.

Toda la sala quedó en silencio.


La madre de Brenda sonrió.

—Qué bonito reloj.

Julián cerró la caja de golpe.

—Gracias.

Debí dejarlo…

Adrián terminó la frase por él.

—…sobre la mesa de mi sala.

Nadie respiró.


Brenda dejó caer lentamente el vaso.

—Adrián…

Él la miró por primera vez desde que comenzó la cena.

—Anoche me dijiste que estabas dormida en casa.

Ella abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

—Pero cuando llegué…

La casa estaba vacía.

Levantó el reloj.

—Y esto estaba aquí.


Las hermanas de Brenda comenzaron a mirarse entre ellas.

Su padre frunció el ceño.

—¿Qué significa esto?

Julián intentó responder.

—Yo…

Fui a revisar unos contratos.

Adrián soltó una risa breve.

—¿A la una de la madrugada?

Silencio.

—¿Mientras mi esposa me aseguraba por teléfono que estaba acostada en nuestra cama?

Nadie volvió a hablar.


Brenda dio un paso adelante.

—Puedo explicarlo.

Adrián negó con calma.

—No.

—Puedes decir la verdad.

No es lo mismo.


Ella comenzó a llorar.

—No pasó lo que estás pensando.

—Julián vino porque…

Buscó desesperadamente una respuesta.

No encontró ninguna.

Porque ninguna explicación justificaba aquella mentira.


El padre de Brenda golpeó la mesa.

—¡Habla de una vez!

Brenda rompió a llorar.

—Llevábamos meses viéndonos.

La confesión cayó como un trueno.

Su madre se llevó una mano a la boca.

Una de sus hermanas comenzó a llorar.

Julián permanecía completamente inmóvil.


Adrián siguió de pie.

Sorprendentemente tranquilo.

—¿Desde cuándo?

Brenda cerró los ojos.

—Ocho meses.

—¿Y cuántas veces estuvo él en esta casa?

Ella no respondió.

Julián habló por primera vez.

—Eso ya no importa.

Adrián giró lentamente hacia él.

—Para usted quizá no.

—Para mí…

Importa cada una de las veces que entró aquí mientras yo trabajaba para mantener este hogar.


Creí que aquella era toda la verdad.

Entonces sonó el teléfono de Adrián.

Era un número desconocido.

Contestó.

Una voz femenina habló del otro lado.

—¿Señor Salgado?

—Sí.

—Habla Laura Méndez, del departamento de auditoría interna de Grupo Varela.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

La mujer hizo una pausa.

—Necesitamos confirmar si su domicilio fue utilizado durante los últimos meses para reuniones privadas relacionadas con el director Julián Varela.

Toda la sala volvió a quedarse inmóvil.

Laura continuó.

—También necesitamos saber si usted conocía transferencias realizadas desde cuentas corporativas hacia gastos personales.

Adrián miró lentamente a Julián.

El empresario ya no estaba preocupado por el matrimonio.

Estaba completamente pálido.

Porque entendía que aquella llamada significaba algo mucho más grave.

El reloj olvidado sobre la mesa no solo había descubierto una infidelidad.

Había llevado a los auditores exactamente hasta el lugar donde, según una denuncia anónima, se habían firmado documentos y autorizado pagos que podían convertirse en un caso de fraude millonario.

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