PARTE 2: LA PRIMERA PRUEBA

Valeria sintió que el pecho le ardía, pero obligó a sus manos a permanecer quietas. Si reaccionaba con rabia en ese instante, solo conseguiría que Nicolás se asustara aún más.

Respiró hondo.

Luego abrió lentamente la maleta roja.

—Nico… mira lo que mamá te trajo.

Sacó el enorme dinosaurio verde y lo dejó sobre la alfombra, a varios metros de la mesa.

No hubo respuesta.

Después apareció el tren de madera, los cuentos ilustrados y los tenis con luces que tanto había imaginado poniéndole a su hijo.

El pequeño seguía escondido.

Solo unos ojos enormes y llenos de miedo la observaban desde la oscuridad.

—No le compres esas tonterías —bufó Doña Teresa—. Ni las entiende.

Camila sonrió con desprecio.

—Seguro termina rompiéndolas.

Valeria ignoró cada palabra.

Sacó un pequeño conejo de peluche.

Era el mismo que Nicolás abrazaba para dormir antes de que ella partiera a Europa.

Lo había encontrado meses atrás en una tienda de Madrid después de recorrer media ciudad buscando uno idéntico.

Lo dejó en el suelo.

—¿Te acuerdas de Copito?

Hubo un silencio.

Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.

Una pequeña mano salió lentamente de debajo de la mesa.

Temblaba.

Agarró el conejo.

Y volvió a esconderse.

Valeria sintió que las lágrimas amenazaban con desbordarse.

Su hijo todavía la recordaba.

Solo estaba demasiado roto para acercarse.

—Qué ridículo espectáculo —murmuró Camila mientras acomodaba al bebé Mateo—. Parece que estuviera domesticando un animal.

Rodrigo soltó un suspiro incómodo.

—Valeria, entiende la situación…

Ella se levantó despacio.

Por primera vez desde que entró, lo miró directamente a los ojos.

—La estoy entendiendo perfectamente.

Su voz era tan tranquila que incluso Doña Teresa dejó de hablar.

—Entiendo que mientras yo construía el futuro de esta empresa… ustedes destruyeron el de mi hijo.

Rodrigo frunció el ceño.

—Estás exagerando.

Valeria caminó hacia Nicolás.

Se sentó en el piso.

Sin tocarlo.

Sin obligarlo.

Solo permaneció allí.

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

Hasta que el niño dejó de temblar.

Con extrema lentitud salió arrastrándose.

No caminando.

Arrastrándose.

Como si hubiera olvidado que podía ponerse de pie.

Valeria sintió que el corazón se le rompía otra vez.

—¿Por qué hace eso? —preguntó en voz baja.

Jimena, la empleada doméstica, bajó la cabeza.

Nadie contestó.

Valeria insistió.

—Jimena.

La mujer comenzó a llorar.

—Perdón, señora…

Doña Teresa golpeó el brazo del sillón.

—¡Ni se te ocurra hablar!

Pero Jimena llevaba demasiado tiempo guardando silencio.

—Cuando caminaba… la señora Teresa decía que ensuciaba la casa.

—Le ordenaba avanzar de rodillas.

Valeria quedó inmóvil.

Jimena continuó entre sollozos.

—Después empezaron a decirle que era un perrito.

—Si se levantaba… no comía.

Rodrigo abrió mucho los ojos.

—¿Qué estás diciendo?

Jimena lo miró con una mezcla de rabia y decepción.

—Lo que usted nunca quiso ver.

La sala quedó completamente muda.

—Lo hacían comer en el piso.

—Le quitaban los juguetes.

—Lo encerraban cuando lloraba.

—Y le repetían todos los días que nadie lo quería porque su mamá lo había abandonado.

Las últimas palabras hicieron que Nicolás abrazara con fuerza el conejo de peluche.

Sin levantar la vista, murmuró con una voz casi inexistente:

—Mamá… sí volvió…

El mundo entero pareció detenerse.

Valeria lo abrazó con una delicadeza infinita, como si cualquier movimiento brusco pudiera volver a romperlo.

Él no respondió de inmediato.

Pero tampoco intentó escapar.

Era el primer abrazo que aceptaba en casi dos años.

Doña Teresa intentó intervenir.

—No le creas a una sirvienta resentida…

Valeria levantó la mirada.

Había desaparecido el dolor.

Solo quedaba una serenidad aterradora.

Sacó lentamente su teléfono.

Presionó un botón.

—Perfecto.

—Porque todo lo que acaba de declarar Jimena… quedó grabado.

Rodrigo dio un paso hacia ella.

—¿Qué piensas hacer?

Valeria guardó el celular.

Su respuesta fue apenas un susurro.

—Primero voy a sacar a mi hijo de esta casa.

Hizo una pausa.

—Después voy a asegurarme de que ninguno de ustedes vuelva a acercarse a él.

Y mientras abrazaba a Nicolás, nadie imaginaba que, antes de regresar a México, Valeria ya había contratado al mejor despacho de abogados de Monterrey… y que la primera demanda contra la familia Armenta ya había sido presentada incluso antes de que aquella puerta se abriera.

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