Gu Diyanchuan me miró fijamente.
Por primera vez en mucho tiempo, había una expresión de duda en sus ojos.
—¿Qué quieres decir con que no puedo permitírmelo?
Lo observé en silencio.
El hombre que tenía delante seguía creyendo que era el dueño de todo.
De la casa.
De mi tiempo.
De mi paciencia.
Incluso de mi dinero.
Pero había olvidado algo importante.
Esta mansión nunca había pertenecido a la familia Gu.
Ni siquiera había sido un regalo de matrimonio.
Era mía.
Completamente mía.
—Nada.
Recogí los últimos pedazos del vestido roto y los tiré a la basura.
—Solo espero que recuerdes tus palabras de hoy.
Gu Diyanchuan frunció el ceño.
—Du Wan, ¿otra vez estás hablando de manera extraña?
Sonreí.
—No.
—Solo estoy empezando a hablar como una persona que ya no espera nada de ti.
Su expresión cambió.
Pero antes de que pudiera responder, Fang Nian salió detrás de él.
Sus ojos seguían llenos de lágrimas.
—Cuñada, si de verdad me odias tanto… mañana mismo me iré.
La miré.
Tres años.
Tres años usando la misma frase.
“Me iré”.
Pero nunca se iba.
Porque sabía perfectamente que alguien siempre la detendría.
Y ese alguien siempre era Gu Diyanchuan.
Como esperaba.
Él inmediatamente habló:
—Nian Nian, no tienes que irte.
Después me miró.
—Du Wan, ¿estás satisfecha ahora?
Me quedé quieta.
Incluso después de todo.
Incluso después de destruir mis cosas.
La persona que él protegía seguía siendo ella.
Ya no sentí tristeza.
Solo cansancio.
—Mañana recibirás una sorpresa.
Gu Diyanchuan frunció el ceño.
—¿Qué sorpresa?
—Lo sabrás.
Me di la vuelta y cerré la puerta del dormitorio.
Esta vez no para llorar.
Sino para preparar mi salida.
Esa noche no dormí.
Abrí el ordenador y revisé todos los documentos.
La mansión Shangri-La.
Transferencia de propiedad.
Confirmada.
Mis acciones personales.
Transferidas.
Mis cuentas privadas.
Separadas.
Todo estaba listo.
Tres años atrás, cuando me casé con Gu Diyanchuan, todos pensaban que yo había tenido suerte.
La hija de una familia rica casándose con el heredero Gu.
Un matrimonio perfecto.
Pero nadie sabía que, antes de casarme, mi abuelo me había dejado un fondo independiente.
Nadie sabía que la mansión donde vivíamos no era un regalo de la familia Gu.
Era una propiedad que compré yo misma.
Nadie sabía que el verdadero patrimonio de la familia Du superaba por mucho lo que ellos imaginaban.
Y yo nunca lo dije.
Porque quería saber si Gu Diyanchuan me amaba a mí.
No a mi apellido.
No a mi dinero.
No a mis propiedades.
La respuesta ya la tenía.
A la mañana siguiente, el agente inmobiliario llegó temprano.
Cuando Gu Diyanchuan salió del despacho, vio a varios desconocidos caminando por la sala.
Su rostro cambió.
—¿Quiénes son ellos?
Guardé mi taza de café tranquilamente.
—Los compradores.
Silencio.
—¿Qué compradores?
Lo miré.
—Los nuevos dueños de esta casa.
Durante unos segundos pareció no entender mis palabras.
Después soltó una risa incrédula.
—Du Wan, ¿qué estás haciendo?
—Vendiendo mi propiedad.
Su sonrisa desapareció.
—¿Tu propiedad?
Repetí lentamente:
—Sí.
—Esta casa está a mi nombre.
Saqué el documento de propiedad de la carpeta.
Lo dejé sobre la mesa.
Gu Diyanchuan lo tomó.
Lo abrió.
Su rostro perdió color poco a poco.
Porque allí estaba mi nombre.
Solo mi nombre.
Fang Nian también se acercó.
Cuando vio el documento, sus ojos se abrieron.
—¿Cómo puede ser?
La miré.
—¿Qué pasa?
—¿Pensabas que todo lo que usabas era gratis para siempre?
Fang Nian apretó los labios.
—Diyanchuan…
Buscó ayuda en él.
Pero esta vez, Gu Diyanchuan no respondió inmediatamente.
Porque finalmente entendía.
La mujer que él había llamado “quisquillosa”.
La mujer que según él “no sabía compartir”.
Era la persona que había mantenido el techo sobre sus cabezas durante tres años.
—Du Wan.
Su voz bajó.
—¿Por qué nunca me dijiste esto?
Lo miré.
Qué pregunta tan graciosa.
—Porque nunca preguntaste.
Silencio.
—Nunca preguntaste de quién era la casa.
—Nunca preguntaste quién pagaba los gastos.
—Nunca preguntaste por qué podía permitirme tantas cosas.
Cada palabra cayó lentamente.
—Solo asumiste que todo te pertenecía.
Gu Diyanchuan abrió la boca.
Pero no salió ninguna respuesta.
Esa tarde llegó el momento de entregar la casa.
Los empleados comenzaron a retirar mis cosas.
Fang Nian estaba en la puerta, mirando sus bolsas de lujo.
De repente pareció darse cuenta de algo.
—Entonces… ¿adónde voy a vivir?
La pregunta salió de su boca de manera natural.
Como si yo fuera responsable de resolverlo.
La miré.
—A donde quieras.
Su rostro se congeló.
—Pero…
—Fang Nian.
La interrumpí.
—Esta casa nunca fue tu hogar.
—Solo era el lugar donde alguien te permitió quedarte demasiado tiempo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pero esta vez no sentí culpa.
Antes de irme, Gu Diyanchuan me detuvo.
—Du Wan.
Me giré.
Él estaba de pie en medio de la sala vacía.
Por primera vez parecía perdido.
—¿Realmente vas a irte?
Asentí.
—Sí.
—¿Por ella?
Negué.
—No.
—Me voy por mí.
Sus ojos se movieron ligeramente.
—Te amo.
Casi sonreí.
Una frase que antes habría esperado escuchar.

Ahora llegaba demasiado tarde.
—Gu Diyanchuan.
Lo miré por última vez.
—Un hombre que ama a su esposa no deja que otra mujer destruya sus límites durante tres años.
—Y un hombre que respeta a su esposa no la convierte en una invitada dentro de su propia casa.
Bajé las escaleras.
Sin mirar atrás.
Tres meses después.
La mansión Shangri-La tenía nuevos propietarios.
Gu Diyanchuan perdió el lugar donde creía tener una vida perfecta.
Fang Nian finalmente tuvo que regresar a su propia casa.
Y yo…
Volví a ser la mujer que era antes de convertirme en la señora Gu.
Abrí mi propia empresa.
Viajé.
Volví a sonreír.
Un día recibí un mensaje de Gu Diyanchuan.
Solo decía:
“Du Wan, si pudiera volver atrás, elegiría diferente.”
Lo miré durante mucho tiempo.
Luego eliminé la conversación.
Porque algunas personas solo valoran algo cuando ya lo han perdido.
Pero cuando entienden su valor…
A veces ya no queda nadie esperando.