Parte 2: Ya era demasiado tarde

Sheng Zhixia se agachó hasta quedar a la altura de Zhian.

Le acarició con suavidad el cabello.

—Un poquito.

Sonrió con una ternura que no había sido capaz de dedicarle a nadie en todo el día.

—Pero yo estaré contigo.

El pequeño la miró con sus grandes ojos oscuros.

—Entonces… ya no tendré miedo.

Aquellas palabras le atravesaron el corazón.

Porque comprendió que, mientras un niño enfermo confiaba plenamente en ella, el hombre al que había amado durante cuatro años acababa de destrozar esa misma confianza.


Dos días después, la operación de Zhian fue un éxito.

Su Jinchuan permaneció más de ocho horas dentro del quirófano.

Cuando salió, llevaba el uniforme empapado de sudor.

Nada más verla, caminó directamente hacia ella.

—Todo ha salido bien.

Sheng Zhixia soltó por fin el aire que llevaba horas conteniendo.

—Gracias.

Era la primera vez en semanas que le dirigía aquella palabra.

Su Jinchuan sonrió con alivio.

Creyó que, poco a poco, todo estaba volviendo a la normalidad.

No sabía que el acuerdo de divorcio ya estaba guardado en la caja fuerte del abogado.

Y que el billete de avión a Singapur estaba confirmado para dentro de doce días.


Aquella noche él volvió a casa con una pequeña caja.

—Ábrela.

Dentro había un anillo.

Muy sencillo.

Con una diminuta piedra azul.

—Sé que últimamente no he estado muy presente.

Quiero compensarte.

Sheng Zhixia observó el anillo durante unos segundos.

Después cerró la caja con delicadeza.

—Es muy bonito.

Eso fue todo.

No se lo puso.

Él tampoco insistió.

Solo creyó que necesitaba tiempo.


Mientras tanto, He Qiaoqiao ya no ocultaba su confianza.

Entraba y salía del despacho de Su Jinchuan sin llamar.

Le llevaba café.

Le acomodaba la bata.

Incluso empezaron a almorzar juntos todos los días.

Los rumores recorrían el hospital.

Pero nadie se atrevía a comentarlos delante de Sheng Zhixia.

Todos pensaban que ella aún no sabía nada.

Nadie imaginaba que era precisamente ella quien conocía toda la verdad.


Cinco días antes del viaje, el director Liu la llamó a su despacho.

—Los documentos están listos.

Tu plaza en Singapur será permanente si decides quedarte.

Sheng Zhixia permaneció unos segundos en silencio.

—La aceptaré.

—¿Has hablado con tu marido?

Ella negó lentamente.

—No hace falta.

El director la observó con cierta preocupación.

Pero respetó su decisión.


La noche anterior a la partida, Su Jinchuan llegó antes de lo habitual.

Había preparado una cena con todos sus platos favoritos.

Encendió las luces del comedor.

Colocó dos copas.

Incluso compró flores.

Las mismas rosas blancas que ella siempre había dicho que le parecían elegantes.

Cuando abrió la puerta del dormitorio…

La habitación estaba impecablemente ordenada.

Pero el armario tenía un lado completamente vacío.

El cajón donde ella guardaba sus documentos también estaba vacío.

El cepillo de dientes había desaparecido.

Su perfume ya no estaba sobre el tocador.

Sintió un extraño escalofrío.

—¿Zhixia?

No obtuvo respuesta.

Recorrió toda la casa.

Cocina.

Estudio.

Balcón.

Nada.

Sobre la mesa del comedor solo había un sobre blanco.

Lo abrió con manos temblorosas.

Dentro estaba el acuerdo de divorcio.

Firmado por ambos.

Solo entonces recordó aquella tarde en su despacho.

Aquel documento que había firmado sin leer.

Las piernas le fallaron.

Cayó lentamente sobre una silla.

En la última página había una breve nota escrita por ella.

“Hace años me dijiste que, si algún día me traicionabas, debía irme a un lugar donde jamás pudieras encontrarme.”

“He decidido cumplir tu deseo.”

“No vuelvas a buscarme.”

“Ya es demasiado tarde.”

El teléfono cayó de su mano.

Marcó su número una y otra vez.

“El número al que llama no está disponible.”

Corrió hasta Pediatría.

—¿Dónde está la doctora Sheng?

Una enfermera bajó la mirada.

—Ha presentado su renuncia.

Después fue al edificio administrativo.

—¿Dónde está?

Nadie respondió.

Finalmente llegó al aeropuerto.

El panel de salidas mostraba un vuelo internacional con destino a Singapur.

La puerta de embarque acababa de cerrarse.

A través del enorme ventanal vio cómo el avión comenzaba a rodar lentamente por la pista.

—¡Zhixia!

Golpeó el cristal con ambas manos.

Pero el rugido de los motores ahogó su voz.

El avión aceleró.

Se elevó sobre la ciudad.

Y desapareció entre las nubes.

Su Jinchuan permaneció inmóvil durante mucho tiempo.

Con el acuerdo de divorcio arrugado entre los dedos.

Comprendió entonces el verdadero significado de aquella promesa hecha años atrás junto al río.

Ella no había montado un escándalo.

No había suplicado.

No había pedido explicaciones.

Simplemente había desaparecido del único lugar donde él aún podía alcanzarla.

Y entendió, demasiado tarde, que hay pérdidas que no ocurren en un instante.

Se construyen lentamente, mentira tras mentira, hasta que un día la persona que más te amaba deja de mirar atrás.

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