PARTE 2: LA OTRA NUERA

El pasillo quedó completamente en silencio.

Rodrigo miró a la mujer como si hubiera visto un fantasma.

—¿Tú…?

Ella sonrió con amargura.

—Sí.

—Pensaste que nunca volvería.

Josefina dio un paso al frente.

—¡No sé quién es esta loca!

La mujer sacó lentamente una carpeta desgastada.

—Mi nombre es Verónica Herrera.

—Fui la primera esposa de tu hijo.

Sentí un escalofrío.

Rodrigo jamás me había dicho que hubiera estado casado.

El doctor Ruiz y la licenciada Natalia intercambiaron una mirada.

Verónica continuó.

—Hace diecisiete años, cuando tenía veinticuatro, también discutí con Josefina por la comida de don Ernesto.

Levantó el pantalón un poco más.

La cicatriz recorría toda su espinilla.

—Ella me golpeó con ese mismo rodillo.

Mi respiración se detuvo.

—Rodrigo estaba allí.

Miró directamente a mi esposo.

—Y dijo exactamente las mismas palabras.

Su voz comenzó a quebrarse.

—”Déjala ahí. Así aprenderá.”

Nadie habló.

Josefina intentó acercarse.

—¡Miente!

Verónica abrió la carpeta.

Dentro había fotografías antiguas.

Radiografías.

Informes médicos.

Y una denuncia.

—No mentía entonces.

—No miento ahora.

La licenciada Natalia tomó los documentos.

Los revisó rápidamente.

—Doctor…

Ruiz observó las radiografías.

Después comparó las imágenes con las mías.

Su expresión cambió por completo.

—Las fracturas tienen el mismo patrón.

Señaló ambas placas.

—Tres impactos.

—Misma zona.

—Mismo tipo de lesión.

Rodrigo empezó a sudar.

—Eso no demuestra nada.

Entonces Verónica sacó el último documento.

Era un estado de cuenta bancario.

—Después de romperme la pierna…

Respiró profundamente.

—Josefina convenció a Rodrigo de administrar mi salario “mientras me recuperaba”.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

Era exactamente lo que habían hecho conmigo.

Natalia levantó la vista.

—¿También controlaban su dinero?

Verónica asintió.

—Durante dos años.

—Hasta que un día descubrí que habían vaciado todas mis cuentas.

Josefina levantó la voz.

—¡Era dinero de la familia!

La frase quedó suspendida en el aire.

Todos la habían escuchado.

Incluso los dos agentes ministeriales que acababan de entrar al hospital.

Uno de ellos tomó nota.

El otro preguntó con calma:

—¿Acaba de admitir que utilizaba el dinero de sus nueras?

Josefina comprendió demasiado tarde lo que había dicho.

—Yo…

—No fue eso…

Pero ya era imposible retirarlo.


En ese momento apareció una administradora del hospital.

Traía una carpeta azul.

—Doctor Ruiz.

—Encontramos algo durante la revisión del expediente de la señora Solís.

Ruiz tomó los documentos.

Leyó apenas unas líneas.

Después levantó lentamente la cabeza.

—¿Está confirmado?

Ella asintió.

—Sí.

El doctor miró primero a mí.

Luego a Verónica.

—Hay otra coincidencia.

Todos permanecimos en silencio.

—Hace diecisiete años…

Pasó una hoja.

—La señora Verónica ingresó por una fractura provocada por violencia doméstica.

Otra hoja.

—Un año después sufrió un aborto espontáneo.

Mi cuerpo se quedó completamente inmóvil.

Él continuó.

—La señora Mariana ingresó hace un año por un aborto.

—Y ahora presenta otra fractura por violencia familiar.

Natalia murmuró en voz baja:

—Es el mismo patrón de abuso.

Los agentes ministeriales comenzaron a revisar los expedientes.

Uno de ellos preguntó:

—¿Existe algún registro económico relacionado?

Natalia abrió inmediatamente la carpeta que mi padre había conseguido.

Sacó mis estados de cuenta.

Luego Verónica entregó los suyos.

El agente los colocó uno junto al otro.

Las fechas.

Las transferencias.

Los retiros.

Todo coincidía.

Ambas habían entregado sus salarios completos a una cuenta administrada por Josefina.

El número de cuenta era exactamente el mismo.

Rodrigo ya no encontraba dónde mirar.

Entonces el investigador dijo algo que cambió por completo el rumbo del caso.

—Esto ya no parece únicamente violencia familiar.

Todos levantamos la vista.

—Parece una operación sistemática de control patrimonial.

Se volvió hacia Josefina.

—Dos mujeres.

Mismo método.

Mismo agresor.

Mismas cuentas bancarias.

Mismas lesiones.

Guardó unos segundos de silencio.

—Y posiblemente haya más víctimas.

En ese instante, el teléfono de uno de los agentes sonó.

Escuchó apenas unos segundos.

Su expresión se volvió mucho más seria.

Colgó.

Miró directamente a Josefina.

—Acabamos de recibir respuesta del Registro Civil.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Qué tiene que ver eso?

El agente respondió sin apartar la vista de ellos.

—Que después de revisar los matrimonios de su hijo…

Hizo una pausa.

—Acabamos de descubrir que la señora Verónica… no fue la única esposa anterior que desapareció de la vida de esta familia.

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