Me quedé inmóvil con la mano sobre la perilla.
El teléfono seguía iluminado.
“También vine a borrar la foto frente a ti.”
Tres segundos después apareció el segundo mensaje.
“Y a hablar de por qué nunca dejé de extrañarte.”
Cerré los ojos.
Respiré hondo.
Volví a abrir la puerta.
Ethan seguía exactamente donde lo había dejado.
No había insistido.
No había golpeado.
Solo esperaba con aquella bolsa de farmacia en una mano y el teléfono en la otra.
—Cinco minutos —dije con frialdad—. Después te vas.
Él asintió.
—Cinco minutos.
Entró.
Mi apartamento seguía tan desordenado como la noche anterior.
Una taza de café sobre la mesa.
Ropa doblada a medias.
El sofá lleno de cojines porque prácticamente había dormido allí.
Ethan dejó la bolsa sobre la cocina.
No comentó absolutamente nada.
Como si todavía recordara que odiaba sentirme juzgada.
Sacó su teléfono.
Lo desbloqueó delante de mí.
Abrió nuestra conversación.
Allí seguía la fotografía.
Sentí que la cara volvía a arder.
Él giró la pantalla para que pudiera verla.
—Solo existe aquí.
Después abrió la galería.
Entró en “Recientes”.
Buscó la captura de pantalla.
La eliminó.
Después abrió la carpeta de eliminados.
La vació completamente.
Me entregó el teléfono.
—Revísalo tú.
Lo comprobé varias veces.
No estaba.
Ni la foto.
Ni la captura.
Nada.
Por primera vez desde el accidente respiré con tranquilidad.
—Gracias.
Él guardó silencio.
Luego señaló la bolsa de farmacia.
—Ahora la paciente.
Rodé los ojos.
—No soy tu paciente.
—Ahora mismo sí eres una mujer con dermatitis.
Sacó unos guantes desechables.
—¿Puedo verla?
Lo miré incrédula.
—¿Hablas en serio?
—Muy.
Suspiré.
—No pienso enseñarte otra vez el muslo.
Él dejó escapar una sonrisa apenas perceptible.
La primera que le veía en mucho tiempo.
—No hace falta.
Sacó un folleto.
Comenzó a hacer preguntas.
—¿Cambiaste recientemente de detergente?
—Sí.
—¿Ropa deportiva nueva?
—También.
—¿Te rasuraste hace poco?
Lo miré sorprendida.
—Sí…
Él asintió.
—Todo apunta a dermatitis por contacto.
Sacó una crema.
—Dos veces al día durante una semana.
—Nada de ropa demasiado ajustada.
—Y si aparecen ampollas o fiebre, vas a dermatología.
Tomé la crema.
—Gracias, doctor.
Él permaneció unos segundos en silencio.
Después habló con una voz completamente distinta.
—No vine solo por eso.
Lo sabía.
Desde el mensaje.
Me crucé de brazos.
—Entonces habla.
Ethan bajó la mirada.
Algo que casi nunca hacía.
—¿Recuerdas la noche en que terminamos?
¿Cómo olvidarla?
Habíamos reservado una cena por mi cumpleaños.
Él nunca llegó.
A las once de la noche recibí un mensaje.
“Tengo una cirugía urgente.”
Dos días después rompimos.
—Claro que la recuerdo.
Él respiró profundamente.
—No era una cirugía.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Sacó una carpeta del maletín.
Era del hospital.
La colocó sobre la mesa.
—Aquella noche mi padre sufrió un infarto masivo.
Sentí que el estómago se encogía.
—¿Qué?
—Lo encontré inconsciente en su casa.
Abrió el expediente.
Fecha.
Hora.
Servicio de urgencias.
Ingreso a terapia intensiva.
Todo coincidía exactamente con la noche de mi cumpleaños.
Lo observé sin comprender.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Él tardó varios segundos en responder.
—Porque murió cuarenta y ocho horas después.
La habitación quedó completamente en silencio.
—Y porque el mismo día que lo enterré recibí tu mensaje diciendo que estabas cansada de ser la última en tu vida.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos.
—Ethan…
—No te contesté.
—No tenía fuerzas.
—Y cuando por fin fui a buscarte…
Sacó otra cosa del bolsillo.
Una pequeña tarjeta.
Era la que yo había escrito cuando le devolví las llaves de su apartamento.
“No vuelvas a buscarme.”
Sentí un dolor insoportable en el pecho.
Pensé que me había ignorado.
Él pensó que yo había dejado de quererlo.
Dos personas enamoradas.
Separadas por cuarenta y ocho horas de silencio.
Me senté lentamente.
—¿Por qué no me contaste nada después?
Él sonrió con tristeza.
—Porque vi esa tarjeta.
—Y creí que ya era demasiado tarde.
Los dos permanecimos callados.
Hasta que el timbre volvió a sonar.
Los dos giramos al mismo tiempo hacia la puerta.
Ethan frunció el ceño.
—¿Esperas a alguien?
Negué.
Abrí.
Era un mensajero.
—¿Señorita Olivia Parker?
—Sí.
—Traigo un sobre urgente del Hospital Central.
Lo tomé extrañada.
El remitente llevaba el sello oficial del hospital donde trabajaba Ethan.
Abrí el sobre allí mismo.
Solo había una hoja.
Y una fotografía.
En la imagen aparecíamos Ethan y yo, abrazados, tomada casi un año atrás durante una cena benéfica del hospital.
Debajo, una nota escrita a mano decía:

“Si ustedes dos vuelven a hablar, todo saldrá a la luz.”
No había firma.
Solo una fecha.
La de la noche exacta en que nuestra relación terminó.