Arturo corrió hacia su despacho.
No pidió permiso.
No intentó disimular.
Simplemente salió casi empujando la silla que encontró en el camino.
Don Ernesto no hizo el menor intento por detenerlo.
Solo observó su reloj.
—Cinco…
Lucía lo miró.
—¿Qué está contando?
—Los minutos que tardará en destruir pruebas.
Nadie respondió.
Exactamente cuatro minutos después, Arturo regresó.
Respiraba con dificultad.
Traía el saco mal abotonado.
Y ya no llevaba las llaves del archivador que siempre colgaban de su cinturón.
Don Ernesto sonrió apenas.
Ya lo había entendido todo.
A las diez de la mañana llegaron tres personas.
La abogada.
Dos auditores externos.
Y un especialista en informática forense.
Arturo se levantó de golpe.
—¡No pueden entrar así!
La abogada abrió una carpeta.
—Sí podemos.
Leyó con calma.
—Cláusula décima tercera del acuerdo de inversión.
“Ante sospechas razonables de administración desleal, el inversionista mayoritario podrá ordenar una auditoría inmediata.”
Arturo intentó quitarle el documento.
Ella lo retiró antes.
—No toque los expedientes.
Durante las siguientes seis horas revisaron contratos.
Transferencias.
Facturas.
Servidores.
Respaldos.
Arturo permanecía sentado sin dejar de mover la pierna.
Cada vez más rápido.
Hasta que uno de los auditores levantó la vista.
—Encontré algo.
La habitación quedó en silencio.
En la pantalla apareció una lista.
“Gastos de representación.”
Cenas.
Viajes.
Electrónicos.
Relojes.
Joyas.
Todo cargado como si fueran gastos empresariales.
El auditor abrió uno de los comprobantes.
Lucía sintió un escalofrío.
Era la factura del iPad.
34,500 pesos.
Concepto registrado:
“Equipo portátil para presentación a inversionistas.”
El siguiente documento era todavía peor.
Una reserva en un restaurante de lujo.
9,284 pesos.
Concepto registrado:
“Reunión estratégica.”
Fecha.
La misma noche anterior a la discusión del pastel.
Don Ernesto levantó lentamente la mirada.
—Así que no había dinero para un pastel…
Miró la pantalla.
—Pero sí para disfrazar regalos personales como gastos corporativos.
El auditor siguió avanzando.
Después apareció un archivo oculto.
Nadie esperaba lo que contenía.
Una hoja de cálculo.
Más de doscientas operaciones.
Todas dirigidas a empresas distintas.
Pero el mismo beneficiario final.
Mauricio.
El hermano de Arturo.
Lucía dejó escapar el aire.
—No…
El especialista amplió una columna.
Pagos por consultoría.
Honorarios externos.
Servicios técnicos.
Ninguna empresa tenía empleados.
Todas compartían la misma dirección.
La casa de Mauricio.
Arturo se puso de pie.
—Eso tiene explicación.
—La escuchamos.
Su voz ya no sonaba segura.
—Era una estrategia fiscal.
Uno de los auditores negó lentamente.
—No.
Es desvío de recursos.
Sebastián acababa de regresar del colegio.
Entró despacio.
Todavía llevaba la mochila puesta.
No entendía por qué había tanta gente.
Hasta que escuchó una frase.
—Los retiros superan los cuarenta y tres millones de pesos.
El niño no comprendía cifras.
Pero sí entendía el rostro de su madre.
Y nunca la había visto así.
Don Ernesto se acercó a su nieto.
Le pasó un brazo por los hombros.
—¿Recuerdas el pastel?
Sebastián asintió.
—Costaba cuatrocientos ochenta.
—Sí.
El anciano señaló la pantalla.
—Tu padre decía que era un desperdicio.
Después señaló otra cifra.
—Mientras tanto, llevaba años robando millones.
Arturo dio un paso adelante.
—¡No uses al niño!
Don Ernesto lo miró fijamente.
—Tú empezaste a usarlo el día que le enseñaste que no merecía un pastel mientras financiabas el orgullo de tu hermano con dinero ajeno.
La puerta volvió a abrirse.
Esta vez no eran auditores.
Eran dos agentes de la fiscalía financiera.
La abogada había actuado en cuanto aparecieron las primeras pruebas.
Uno de ellos mostró una orden.
—Señor Arturo Alcázar.
Necesitamos que nos acompañe.
Arturo retrocedió.
Miró a Lucía.
—Diles que esto es un error.
Ella permaneció inmóvil.
—Durante años pensé que eras un hombre estricto.
Respiró profundamente.
—Hoy descubrí que solo eras un hombre deshonesto.
Cuando los agentes se lo llevaron, la casa quedó en un silencio absoluto.
Sebastián seguía mirando la puerta.
Don Ernesto se arrodilló frente a él.
Sacó una pequeña caja blanca.
Dentro había un pastel de vainilla.
Betún azul.
Y, con letras blancas ligeramente torcidas, una sola frase.

“Feliz cumpleaños, Sebastián.”
El niño rompió a llorar.
No por el pastel.
Sino porque era la primera vez que un adulto le demostraba que pedir un poco de cariño nunca había sido el verdadero problema.
El problema era haber crecido creyendo que debía ganárselo mientras su propio padre regalaba todo a quienes solo servían para alimentar su orgullo.