Adrian permaneció inmóvil, con el acuerdo de divorcio entre las manos.
Las palabras parecían desenfocarse frente a sus ojos.
—¿Hablas en serio? —preguntó al fin, con una mezcla de incredulidad y orgullo herido.
Elena sostuvo su mirada sin un solo temblor.
—Nunca he hablado tan en serio.
Durante unos segundos, el silencio llenó la habitación.
Después, Adrian soltó una risa seca.
—¿Crees que esto es un juego? ¿Cinco años de matrimonio y decides irte porque Serena se queda unos días en la casa?
Elena negó lentamente.
—No me voy por Serena.
Hizo una breve pausa.
—Me voy porque hoy entendí que hace mucho tiempo dejé de existir para ti.
Las palabras fueron tranquilas.
Precisamente por eso dolieron más.
Adrian apretó el documento.
—Si esto es una forma de llamar mi atención, no va a funcionar.
Ella sonrió con una serenidad desconocida.
—Siempre creíste que todo giraba alrededor de ti.
Se acercó hasta la cómoda, tomó el anillo de matrimonio y lo dejó sobre el acuerdo de divorcio.
El pequeño sonido del metal contra el papel pareció estremecer toda la habitación.
—Ya no necesito esto.
Adrian sintió un extraño vacío en el pecho.
Durante cinco años, Elena jamás había levantado la voz.
Nunca discutía.
Nunca exigía explicaciones.
Siempre estaba allí cuando él regresaba de una misión.
Con comida caliente.
Con medicamentos preparados.
Con una sonrisa cansada.
Y ahora…
Aquella mujer parecía una completa desconocida.
En ese instante, Serena apareció en la puerta.
—¿Interrumpo algo?
Miró el documento sobre la mesa y arqueó una ceja.
—¿Divorcio?
Adrian guardó silencio.
Serena observó a Elena con una sonrisa casi compasiva.
—Lo siento mucho.
Elena respondió con una cortesía impecable.
—No tienes por qué sentirlo.
—Supongo que ahora podrás empezar una nueva vida.
—Ya la empecé.
Aquella respuesta dejó a Serena ligeramente desconcertada.
Había esperado lágrimas.
O reproches.
No aquella calma.
Cuando Elena pasó junto a ella para salir de la habitación, Serena sintió un escalofrío inexplicable.
Había algo en aquella forma de caminar.
Espalda recta.
Paso firme.
Mirada al frente.
No era la postura de una ama de casa.
Era la de alguien acostumbrado a dirigir personas.
Pero descartó la idea inmediatamente.
“Estoy imaginando cosas”, pensó.
A la mañana siguiente, antes del amanecer, Elena salió de la casa llevando únicamente una maleta negra.
No miró hacia atrás.
Un vehículo militar sin distintivos esperaba frente al portón.
El conductor descendió apenas la vio.
Era un capitán de poco más de treinta años.
En cuanto Elena estuvo a dos metros de él…
El hombre cuadró los hombros con una precisión absoluta.
Llevó la mano a la frente.
Y realizó el saludo militar más impecable que Adrian había visto en toda su carrera.
—¡Capitán Ryan Carter reportándose ante la comandante Espectro!
Su voz resonó con fuerza.
Dentro de la casa, Adrian acababa de abrir la ventana de su despacho.
El saludo llamó inmediatamente su atención.
Frunció el ceño.
¿Comandante?
¿Había escuchado bien?
Miró hacia la entrada.
Ryan abrió personalmente la puerta trasera del vehículo para Elena.
No como un chofer.
Como un subordinado frente a su superior.
—Bienvenida de nuevo a Black Blade, comandante.
Ryan bajó ligeramente la cabeza.
—La unidad lleva exactamente cinco años, tres meses y doce días esperando este momento.
Elena respiró profundamente.
El aire de la madrugada olía igual que cuando abandonó el ejército.
—¿Todos siguen allí?
Ryan sonrió.
—Nadie quiso ocupar su despacho.
—¿Y mi equipo?
—Entrenan todos los días esperando que usted regrese.
Los ojos de Elena brillaron apenas un instante.
Después volvió a convertirse en aquella mujer impenetrable que el mundo conocía solo por un nombre.
Espectro.
Subió al vehículo sin volver la vista hacia la casa.
El automóvil arrancó lentamente.
Desde la ventana del segundo piso, Adrian observó la escena con creciente desconcierto.
—¿Quién era ese capitán?
Serena apareció detrás de él.
También había visto el saludo.
—No lo sé…
Ryan Carter.
Reconocía perfectamente ese nombre.
Era uno de los oficiales más prometedores de Black Blade.
Un hombre que solo obedecía órdenes directas del comandante supremo.
¿Por qué estaba recogiendo a Elena?
Serena entrecerró los ojos.
—Tal vez trabaja para algún familiar suyo.
Adrian no respondió.
Algo no encajaba.
Había visto demasiados saludos militares para confundir uno ceremonial con uno auténtico.
Aquel no era un gesto de cortesía.
Era respeto absoluto.
Obediencia total.
Lealtad inquebrantable.
Y eso solo se ofrecía a una autoridad muy por encima de un simple oficial.
Horas más tarde, el cuartel general de la Región Este estaba completamente revolucionado.
Generales.
Coroneles.
Comandantes.
Todos ocupaban sus lugares en la gran sala de conferencias.
En el centro del escenario permanecía vacía una única silla.
La destinada a la legendaria Espectro.
Adrian ajustó el cuello de su uniforme.
Serena, sentada a su lado, apenas podía ocultar la emoción.
—¿Crees que hoy por fin la conoceremos?
Él asintió lentamente.
—Eso dijeron desde el alto mando.
Las puertas del salón se abrieron de golpe.
Un oficial anunció con voz firme:
—¡De pie!
Más de doscientas personas se levantaron al mismo tiempo.
El silencio fue absoluto.
Los pasos comenzaron a resonar lentamente sobre el mármol.
Tac.
Tac.
Tac.
Cada sonido parecía aumentar la tensión.

Adrian levantó la vista hacia la entrada.
Y, por primera vez en toda su vida militar…
Sintió que el mundo entero dejaba de girar.