Nadie se movió.
Las cinco camionetas permanecían alineadas frente a la hacienda mientras los invitados miraban alternativamente a Beatriz, a Santiago y al grupo de abogados vestidos de negro.
El silencio era tan pesado que podía escucharse el agua escurriendo del vestido de Elena.
El abogado principal avanzó hasta el escenario.
—Señorita Camila Montemayor.
Le entregó una carpeta azul.
—El Consejo autorizó la ejecución completa del protocolo hace exactamente tres minutos.
Beatriz soltó una carcajada forzada.
—¿Montemayor? Qué ridículo. Esa niña trabaja haciendo informes para esa empresa.
Camila abrió la carpeta.
—Eso es lo que ustedes creían.
Respiró hondo.
—Nunca fui empleada.
Levantó el primer documento.
—Soy accionista mayoritaria de Montemayor Capital desde hace ocho años.
Un murmullo recorrió el jardín.
Santiago cerró los ojos.
Él sí lo sabía.
Siempre lo había sabido.
Camila giró lentamente hacia él.
—¿Quieres contárselo tú… o lo hago yo?
Él permaneció inmóvil.
Beatriz empezó a impacientarse.
—¡Habla de una vez!
Camila levantó una fotografía.
Era una imagen tomada seis meses atrás.
En ella aparecían Santiago y un hombre entrando a un edificio financiero en Polanco.
Luego mostró otra.
Después una tercera.
Todas tenían fecha, hora y ubicación.
—Durante el último año, varias empresas proveedoras de los Luján facturaron servicios inexistentes.
El abogado tomó la palabra.
—Las transferencias superan los ciento ochenta millones de pesos.
Los invitados dejaron de grabar la boda.
Ahora grababan a la familia Luján.
Beatriz dio un paso adelante.
—Eso no demuestra nada.
Camila asintió.
—Tienes razón.
Sacó entonces una memoria USB.
—Las grabaciones sí.
La conectó al sistema de sonido que debía usarse para el primer baile de los novios.
Una voz inundó toda la terraza.
Era Santiago.
—Mi madre jamás permitirá que revisen las cuentas antiguas.
Después otra voz.
La del director financiero.
—¿Y Camila?
—Ella nunca sabrá quién mueve realmente el dinero.
La siguiente frase hizo que varias personas se llevaran una mano a la boca.
—Cuando nos casemos, las acciones pasarán a la familia y el problema desaparecerá.
El audio terminó.
Nadie respiraba.
Camila bajó lentamente el micrófono.
—No solo conocías el desvío del dinero.
Miró directamente a Santiago.
—Planeabas casarte conmigo para impedir que pudiera denunciarlo.
Santiago dio un paso hacia ella.
—Camila… déjame explicarlo.
—¿Explicar qué?
Su voz seguía tranquila.
—¿Que usaste a mis padres como entretenimiento mientras esperabas quedarte con mi patrimonio?
Beatriz intervino inmediatamente.
—¡Todo eso son mentiras!
El abogado abrió otra carpeta.
—No exactamente.
Mostró una orden firmada.
—Hace cuarenta y ocho horas un juez autorizó el aseguramiento preventivo de las cuentas relacionadas con esta investigación.
Beatriz palideció.
—¿Qué cuentas?
—Todas las vinculadas al Grupo Luján.
En ese mismo instante comenzaron a sonar varios teléfonos entre los ejecutivos presentes.
Uno tras otro.
Directores.
Socios.
Contadores.
Todos recibían la misma notificación.
Transferencia rechazada.
Cuenta temporalmente congelada.
Operación suspendida.
El director financiero miró su pantalla y perdió completamente el color.
—Señora…
Beatriz lo observó desesperada.
—¿Qué ocurre?
—No podemos mover un solo peso.
El hombre tragó saliva.
—Acaban de bloquear todas las operaciones del grupo.
Por primera vez en muchos años, Beatriz Luján parecía una mujer completamente indefensa.
Camila bajó del escenario.
No fue hacia los abogados.
Ni hacia la prensa.
Caminó directamente hasta la piscina.
Su madre seguía envuelta en un mantel.
Su padre tenía el traje completamente empapado.
Los abrazó a los dos.
Después tomó una toalla que un mesero acababa de traer y la colocó sobre los hombros de Elena.
Solo entonces volvió la vista hacia Santiago.
—Hace un momento me pediste que no hiciera esto más grande.
Hizo una pausa.

—Lo intenté durante dos años.
Miró a los quinientos invitados.
—Pero el día que vuestra familia decidió humillar a las dos personas que más amo delante de todos… dejó de existir cualquier motivo para seguir protegiendo vuestro apellido.
Detrás de ella, los agentes de la Fiscalía acababan de cruzar los portones de la hacienda.