Emiliano sintió un peso insoportable en el pecho.
Durante meses había pensado que el problema era Rosa.
Ahora entendía que el verdadero cambio nunca había estado en ella.
Había estado en sus hijas.
Retrocedió mentalmente.
Daniela ya no corría a enseñarle los dibujos que hacía en la escuela.
Martina había empezado a despertarse con pesadillas.
Las dos hablaban cada vez menos durante la cena.
Él creyó que era la ausencia de su madre, fallecida años atrás.
Jamás imaginó que el miedo tenía otro rostro.
En la pantalla, Patricia dio un paso hacia Rosa.
—¿No entendiste? —preguntó con una sonrisa fría—. Mientras Emiliano no está, aquí mando yo.
Rosa bajó la cabeza.
—Solo quería evitar que las niñas se asustaran.
—¿Asustarse?
Patricia soltó una risa breve.
—Si aprenden a obedecer ahora, de mayores me lo agradecerán.
Después señaló a Daniela.
—Tú.
Recoge ese libro.
Y tú…
Miró a Martina.
—Ve a tu habitación.
Sin desayuno.
Martina tragó saliva.
No lloró.
Solo obedeció.
Eso fue lo que terminó de romper a Emiliano.
Una niña de seis años no debería aceptar un castigo con aquella resignación.
Rosa volvió a hablar.
—Señorita Patricia…
El doctor dijo que Martina debe desayunar antes de tomar su medicamento.
Patricia giró lentamente la cabeza.
—¿Ahora también eres pediatra?
Rosa guardó silencio.
Patricia dio otro paso.
—Voy a decirte una sola cosa.
La próxima vez que me contradigas delante de las niñas…
No volverás a entrar en esta casa.
Daniela abrazó inmediatamente la mano de Rosa.
Un gesto pequeño.
Instintivo.
Como si buscara protección.
Patricia lo vio.
Y sonrió.
—¿Lo ves?
Dijo mirando a Rosa.
—Por eso Emiliano piensa que las niñas te quieren demasiado.
Porque tú las manipulas.
En la sala de monitoreo, Emiliano cerró los puños con tanta fuerza que los nudillos se volvieron blancos.
El jefe de seguridad permanecía completamente inmóvil.
Después de unos segundos habló.
—Señor…
¿Quiere que intervengamos?
Emiliano negó lentamente.
—Todavía no.
Sus ojos no abandonaban las pantallas.
—Quiero ver toda la verdad.
Una hora más tarde…
Patricia salió de la casa.
Subió a su automóvil.
Esperó a doblar la esquina.
Entonces sacó el teléfono.
La cámara de la entrada captó perfectamente la conversación.
—Sí.
Ya casi está listo.
Sonrió.
—No sospecha absolutamente nada.
Hizo una pausa.
—Las niñas cada vez le tienen más miedo a quedarse solas.
Eso facilita mucho las cosas.
Emiliano dejó de respirar.
Patricia continuó.
—En cuanto nos casemos, despedirá a Rosa.
Y cuando ella desaparezca…
No quedará nadie que pueda demostrar lo que realmente ocurre en esta casa.
La llamada terminó.
El silencio dentro de la sala de monitoreo era absoluto.
El jefe de seguridad rompió el mutismo.
—Señor…
Creo que esto ya no es un asunto familiar.
Emiliano no respondió.
Retrocedió la grabación.
Volvió a verla.
Una.
Dos.
Tres veces.
Había algo que no dejaba de llamarle la atención.
Patricia nunca miraba a las niñas cuando fingía ser cariñosa delante de él.
Solo las observaba cuando él no estaba.
Como si estuviera comprobando cuánto miedo había conseguido sembrar.
Entonces recordó otra cosa.
—Busca las grabaciones de hace tres meses.
El técnico comenzó a revisar el archivo.
Una fecha.
Otra.
Otra más.
Hasta que apareció una escena.
Martina lloraba porque había roto accidentalmente un jarrón.
Rosa la abrazó inmediatamente.
Cinco minutos después llegó Patricia.
Levantó el jarrón roto.
Y delante de Emiliano…
Dijo llorando:
—No pasa nada, cariño.
Los accidentes ocurren.
Pero apenas Emiliano salió del salón para atender una llamada…
Patricia cambió completamente.
Sujetó con fuerza el brazo de Martina.
Y le susurró al oído:
—Si vuelves a romper algo…
Haré que tu padre piense que fue culpa de Rosa.
La niña comenzó a temblar.
Emiliano apartó la mirada.
No pudo seguir viendo aquello.
Se levantó lentamente.
Durante varios minutos nadie habló.
Finalmente dijo una sola frase.
—Preparen los coches.
El jefe de seguridad asintió.
—¿Volvemos a la mansión?
Emiliano negó con la cabeza.
Su voz sonó más fría que nunca.
—No.
Primero quiero saber quién es realmente Patricia.
Porque una mujer capaz de tratar así a dos niñas cuando cree que nadie la observa…
No empezó a ser así el día que entró en mi casa.
Hizo una pausa.
Miró nuevamente la pantalla donde Rosa abrazaba a Martina.
Y añadió:
—Revisen sus antecedentes completos.
Sus finanzas.
Sus llamadas.
Sus antiguas relaciones.
Todo.
Quiero saber qué está buscando realmente.
El jefe de seguridad hizo una llamada inmediata.
Escuchó durante unos segundos.
Después levantó lentamente la vista.
Había perdido el color del rostro.
—Señor…

Acaba de aparecer algo.
No está comprometida solo con usted.
Hace cuatro años…
Patricia estuvo comprometida con otro empresario viudo.
Y ese hombre…
Murió tres semanas antes de la boda.