El apartamento quedó en silencio apenas el coche de Su Yao dobló la esquina.
Zhou Mingxian permanecía inmóvil, con las llaves todavía en la mano.
Lin Siyu seguía aferrada a su brazo.
Pero ahora él ya no intentaba consolarla.
Solo miraba fijamente la carretera por donde yo acababa de desaparecer.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Lin Siyu con un hilo de voz.
Él no respondió.
Su teléfono comenzó a vibrar una y otra vez.
Era el hospital.
La tercera llamada consiguió que reaccionara.
Contestó apresuradamente.
—¿Sí?
La voz de la enfermera sonó impaciente.
—Señor Zhou, llevamos horas intentando localizarlo.
—El depósito para la operación aún no ha sido abonado.
—Si hoy no realizan el pago, tendremos que cancelar la cirugía de la señora Zhou.
Su madre.
Durante años había sido yo quien resolvía cualquier urgencia.
Pagaba consultas.
Medicamentos.
Revisiones.
Incluso los regalos de cumpleaños que él decía comprar con tanto cariño.
Pero aquella tarde ya no existía nadie dispuesto a cubrir sus responsabilidades.
Lin Siyu escuchó toda la conversación.
Cuando Zhou colgó, preguntó nerviosa:
—¿Cuánto falta?
—Doscientos ochenta mil yuanes.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿No dijiste que Qin siempre tenía dinero?
Aquella frase cayó como una bofetada.
Zhou la miró lentamente.
—Precisamente porque siempre estuvo ahí… jamás me preocupé por ahorrar.
Lin Siyu tragó saliva.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente ella murmuró:
—Podemos usar la cuenta conjunta.
Él negó con la cabeza.
—La canceló esta mañana.
Ella volvió a quedarse muda.
Solo entonces comprendió que la mujer a la que ambos habían dado por segura había cerrado todas las puertas antes incluso de regresar a la ciudad.
Mientras tanto, yo estaba sentada en el balcón del apartamento de Su Yao.
Con una taza de café caliente entre las manos.
El aire nocturno era agradable.
Por primera vez en mucho tiempo no tenía que preguntarme dónde estaba Zhou.
Ni con quién.
Ni qué excusa inventaría aquella noche.
Su Yao apareció con una caja de comida para llevar.
—Come.
—Llevas ocho días alimentándote de instantáneos y café.
Sonreí.
—Gracias.
Ella me observó durante varios segundos.
—Pensé que estarías destrozada.
Miré las luces de la ciudad.
—Yo también lo pensaba.
—Pero descubrí algo durante el viaje.
—¿Qué cosa?
—Que el dolor tiene fecha de caducidad.
—Lo que realmente duele no es perder a alguien.
—Es seguir aferrándose a alguien que hace tiempo dejó de existir.
Su Yao no dijo nada.
Solo levantó su vaso de té.
—Brindo porque nunca vuelvas a conformarte con menos de lo que mereces.
Choqué suavemente mi taza contra la suya.
Dos días después recibí una llamada de la abogada.
—Señorita Qin.
—Ya revisé toda la documentación.
—Hay algo que debería ver cuanto antes.
Una hora después nos reunimos en su despacho.
Colocó varias hojas sobre la mesa.
—Los movimientos bancarios muestran algo extraño.
Señaló una transferencia.
—Hace cuatro meses salieron trescientos mil yuanes de la cuenta compartida.
Fruncí el ceño.
—Pensé que era para comprar nuevo equipo fotográfico.
La abogada negó lentamente.
—Ese dinero terminó en la cuenta de Lin Siyu.
Sentí que el estómago se me encogía.
Después apareció una segunda transferencia.
Y una tercera.
Todas justificadas con conceptos diferentes.
“Material fotográfico.”
“Reserva del estudio.”
“Anticipo para un proveedor.”
Pero el destinatario siempre era el mismo.
Lin Siyu.
—¿Puede reclamarse? —pregunté.
La abogada sonrió con serenidad.
—Si demostramos que obtuvo el dinero mediante engaño y ocultando un matrimonio vigente…
—Sí.
Y entonces añadió una frase que hizo que levantara la vista.
—Pero eso ni siquiera es lo más interesante.
Sacó otra carpeta.
—Mientras investigábamos encontramos una demanda presentada hace tres años.
—¿Contra quién?
—Contra Zhou Mingxian.
Sentí un escalofrío.
La abogada abrió el expediente.
En la primera página aparecía el nombre de otra mujer.
Liu Wen.
Debajo podía leerse una acusación que me dejó completamente inmóvil.

Incumplimiento de promesa matrimonial y apropiación de dinero destinado a la boda.
La abogada cerró lentamente la carpeta.
—Señorita Qin…
—Creo que usted no fue la primera.
—Y, por lo que estoy viendo…
—Tampoco habría sido la última.