Adrián permaneció inmóvil durante varios segundos.
Su mirada pasó de mi rostro al de Lucas.
Después se detuvo en la tarjeta de acceso partida que seguía en el suelo.
Camila caminó inmediatamente hacia él.
Sin ninguna vergüenza.
Le acomodó la solapa del saco con un gesto demasiado familiar.
—Cariño, estos dos han estado molestando a los huéspedes desde que llegaron.
Sentí que Lucas tensaba la mandíbula.
Pero seguía sin moverse.
Adrián apartó lentamente la mano de Camila.
No fue un gesto cariñoso.
Fue un gesto de nerviosismo.
—Camila…
Ella sonrió.
—No te preocupes. Ya llamé a seguridad.
Me miró con arrogancia.
—En cinco minutos este espectáculo habrá terminado.
Yo no dije una palabra.
Solo observé a mi esposo.
Esperaba una explicación.
Una sola.
No llegó.
Adrián respiró profundamente.
—Sofía…
Su voz sonó incómoda.
—Esto no es lo que parece.
Camila soltó una carcajada.
—¿Todavía la conoces?
Lo dijo con tanta naturalidad que varios empleados levantaron la cabeza.
Mi esposo tardó demasiado en responder.
Ese silencio fue mucho más doloroso que cualquier confesión.
Finalmente habló.
—Camila…
—Basta.
Pero ella no entendió la advertencia.
Al contrario.
Se acercó aún más.
—¿Por qué sigues hablándole?
—Pensé que ese asunto estaba resuelto hace meses.
Mi corazón dio un vuelco.
¿Hace meses?
Miré a Adrián.
Él evitó mis ojos.
El jefe de seguridad seguía observando la escena.
Cada vez estaba más confundido.
Se agachó para recoger las dos mitades de mi tarjeta.
Las examinó durante unos segundos.
Después frunció el ceño.
—Gerente Ríos…
Ella respondió sin mirarlo.
—¿Qué pasa ahora?
El hombre levantó la tarjeta.
—Esta no es una tarjeta normal.
Camila rodó los ojos.
—Claro que no. Es una falsificación.
Él negó lentamente.
—No.
Le dio la vuelta.
En la parte posterior aparecía una inscripción que solo existía en tres tarjetas de todo el hotel.
ACCESO EJECUTIVO — PROPIETARIOS.
El silencio cayó sobre el lobby.
Camila se quedó inmóvil.
—Eso…
—Eso debe de ser un error.
El jefe de seguridad caminó hasta la recepción.
Abrió el sistema interno.
Introdujo el número grabado en una de las mitades.
Esperó apenas unos segundos.
Después levantó lentamente la vista.
Su expresión cambió por completo.
—La tarjeta está registrada.
Miró directamente hacia mí.
—A nombre de…
Tragó saliva.
—La señora Sofía Rivera de Fuentes.
Nadie respiraba.
Uno de los recepcionistas dejó caer un bolígrafo.
Los huéspedes dejaron de fingir que no escuchaban.
Camila comenzó a retroceder.
—No…
—Eso no puede ser.
Yo saqué lentamente mi cartera.
Extraje una copia certificada de la escritura de la sociedad patrimonial.
La coloqué sobre el mostrador.
—El Blackwood Grand pertenece al Grupo Fuentes.
Pasé la página.
—Y el cincuenta por ciento del Grupo Fuentes está inscrito legalmente a mi nombre desde hace diez años.
El jefe de seguridad leyó rápidamente el documento.
Después dio un paso atrás.
—Señora…
Bajó la cabeza.
—Le pido disculpas.
Los demás empleados hicieron exactamente lo mismo.
Solo Camila seguía completamente inmóvil.
Miraba alternativamente a Adrián y a mí.
Como si esperara que alguien dijera que todo era una broma.
Entonces pronuncié la única pregunta que llevaba varios minutos esperando.
—Camila.
Ella apenas pudo responder.
—¿Sí?
—Hace un rato dijiste que Adrián te concedió el uso permanente de la suite presidencial.
Hice una breve pausa.
—Quiero saber cuándo ocurrió eso.
Su rostro perdió completamente el color.
Miró desesperadamente a Adrián.
Él seguía en silencio.
—Contesta.
Mi voz fue firme.
—¿Cuándo?
Camila comenzó a temblar.
—Hace…
—Hace unos ocho meses.
El lobby entero quedó paralizado.
Porque ocho meses antes…
Adrián y yo habíamos celebrado nuestro décimo aniversario de matrimonio precisamente en esa misma suite.
Lucas dio un paso a mi lado.
No habló.
No hacía falta.
Yo miré fijamente a mi esposo.
—¿Hay algo que quieras explicarme?
Adrián abrió la boca.
Pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, el director general del hotel salió apresuradamente del ascensor ejecutivo.
Llevaba una carpeta negra bajo el brazo.
Se detuvo al verme.
Su expresión pasó de la sorpresa al alivio.
—Señora Fuentes…
Llegó justo a tiempo.
Acabamos de recibir la auditoría interna que usted solicitó antes de viajar.
Miró a Adrián.
Después a Camila.

Y añadió una frase que hizo desaparecer la poca tranquilidad que aún quedaba en sus rostros.
—Los registros muestran que durante el último año la suite presidencial no solo fue utilizada de forma irregular.
Hizo una pausa mientras abría la carpeta.
—También se cargaron a las cuentas del Grupo Fuentes más de doscientas noches de alojamiento, regalos de lujo y gastos personales autorizados con la clave ejecutiva del señor Adrián Fuentes.