Nadie respiraba.
La fotografía permanecía sobre la mesa.
En ella se veía con claridad el automóvil de Marcos circulando apenas unos metros detrás del coche de mi madre.
La fecha coincidía exactamente.
La misma noche del accidente.
Miré a Marcos.
—¿Por qué la seguías?
Él no respondió.
Por primera vez desde que lo conocía, no encontraba ninguna mentira que decir.
Uno de los agentes tomó la palabra.
—La cámara de la autopista captó ambos vehículos durante más de veinte kilómetros.
Mi suegro levantó lentamente la vista.
—Marcos…
Su voz temblaba.
—Contesta.
Mi esposo tragó saliva.
—Solo quería hablar con ella.
—¿Hablar de qué?
Silencio.
El agente abrió una segunda carpeta.
—La señora Elena Ruiz había solicitado una cita con su banco esa misma mañana.
La directora de la sucursal asintió.
—Quería modificar el testamento y retirar a su yerno como persona autorizada para gestionar cualquier trámite relacionado con su apartamento.
Sentí que el corazón dejaba de latir.
—¿Mi madre sabía lo que estaba pasando?
—Sí.
Respondió la directora.
—Nos comentó que sospechaba que alguien intentaba utilizar su confianza para apropiarse de la vivienda.
Todas las miradas volvieron hacia Marcos.
Mi cuñado ya no prestaba atención al embarazo de Clara.
Solo observaba a su hermano.
—¿La seguiste por eso?
Marcos negó con rapidez.
—No.
—Entonces explícalo.
No pudo.
Porque el agente sacó otro documento.
Era un registro telefónico.
—A las ocho y cuarenta y tres de aquella noche, usted llamó cuatro veces consecutivas a la señora Elena Ruiz.
—Ella nunca respondió.
—Cinco minutos después comenzó a seguir su vehículo.
Mi suegra empezó a llorar.
—Mi hijo jamás le haría daño a nadie.
Pero incluso ella sonaba insegura.
Yo respiré hondo.
—¿Qué ocurrió después?
El agente contestó con serenidad.
—La cámara siguiente ya no los captó juntos.
—El coche de su madre apareció accidentado cuarenta minutos más tarde.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
Durante nueve meses había creído que todo había sido un accidente.
Ahora ya no sabía qué creer.
Entonces la directora del banco abrió la última carpeta.
—Hay algo más.
Sacó una copia de una transferencia.
—Al día siguiente del fallecimiento de su madre se intentó mover el depósito destinado al mantenimiento del apartamento.
Fruncí el ceño.
—Pero esa cuenta estaba bloqueada.
—Exactamente.
Alguien presentó una autorización firmada supuestamente por ella.
Los agentes colocaron el documento sobre la mesa.
Reconocí inmediatamente la firma.
No era auténtica.
Era una imitación.
La misma clase de falsificación que Marcos había intentado utilizar conmigo.
Mi suegro tomó el papel con manos temblorosas.
Después levantó lentamente la vista hacia su hijo.
—¿También falsificaste la firma de su madre?
Marcos dio un paso atrás.
—Yo…
No terminó la frase.
Porque Clara comenzó a llorar desconsoladamente.
—¡Díselo!
Todos la miraron.
Ella respiró con dificultad.
—Él me contó que esa noche discutió con la señora Elena.
La habitación quedó completamente inmóvil.
—¿Qué discusión?
Clara cerró los ojos.
—Porque ella descubrió las transferencias y dijo que iba a denunciarlo.
Nadie dijo una palabra.
Marcos golpeó la mesa.
—¡Basta!
Pero ya era demasiado tarde.
Los agentes intercambiaron una mirada.
Uno de ellos guardó lentamente todos los documentos en la carpeta.
Después habló con absoluta calma.
—Señor Marcos Vidal…
Hizo una breve pausa.
—Hasta hoy investigábamos un presunto fraude bancario.
Le colocó una mano sobre el hombro.
—Pero, a partir de este momento, también necesitamos esclarecer todo lo ocurrido la noche del accidente de la señora Elena Ruiz.
Y comprendí que la bofetada que había recibido durante aquella cena ya no era el centro de la historia.

La verdadera pregunta era qué había sucedido realmente la última noche que vi con vida a mi madre.