PARTE 2: EL FUNERAL FUE UNA MENTIRA

Rodrigo permaneció inmóvil.

La lluvia seguía cayendo sobre ambos, pero él ya no la sentía.

Solo podía mirar aquel rostro.

La cicatriz sobre la ceja izquierda.

El pequeño lunar junto al labio.

La forma nerviosa de sujetar la guitarra.

No existía ninguna duda.

Era Santiago.

Su hijo.

El mismo al que llevaba dos años llorando.

Con las piernas temblando, dio un paso hacia él.

—Hijo…

Santiago retrocedió inmediatamente.

—Todavía no.

Aquellas dos palabras le atravesaron el pecho.

—Necesito que primero escuches toda la verdad.

Rodrigo tragó saliva.

—¿Dónde has estado?

Santiago bajó la mirada unos segundos.

—Vivo.

—Sobreviviendo.

—Y creyendo que tú nunca quisiste volver a verme.

El empresario sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—¿Qué estás diciendo?

Santiago abrió una mochila vieja.

Sacó un sobre impermeable cuidadosamente protegido del agua.

Lo entregó a su padre.

Dentro había copias de expedientes médicos, fotografías, recibos y varias hojas dobladas.

La primera era un reporte de urgencias.

Hospital General de Puebla.

Fecha del supuesto accidente.

Paciente masculino.

Traumatismo craneal moderado.

Consciente.

Sin familiares presentes.

Rodrigo abrió los ojos con incredulidad.

—Si estabas vivo…

—¿Por qué nunca me llamaste?

Santiago dejó escapar una risa amarga.

—Lo hice.

Sacó un teléfono viejo con la pantalla rota.

—Veintitrés llamadas.

Doce mensajes.

Cinco correos electrónicos.

Ninguno llegó a ti.

Rodrigo sintió un escalofrío.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque siempre contestaba la misma persona.

El muchacho levantó otra hoja.

Era el registro de llamadas del hospital.

El contacto de emergencia había sido modificado apenas una hora después del ingreso.

Ya no aparecía Rodrigo Beltrán.

Aparecía otro nombre.

Verónica Rivas.

Las manos del empresario comenzaron a temblar.

—No…

Santiago continuó.

—Ella llegó al hospital antes que tú.

Les dijo a los médicos que yo no quería volver a verte.

Que necesitaba desaparecer.

Que tú habías sufrido un colapso cardíaco al enterarte del accidente y cualquier contacto conmigo podía matarte.

Rodrigo sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies.

Recordó perfectamente aquel día.

Verónica llorando.

Abrazándolo.

Quitándole el teléfono.

Repitiendo una y otra vez que era mejor no ver el cuerpo.

Que ella ya se encargaba de todo.

Nunca sospechó.

Nunca pidió identificar personalmente el cadáver.

Nunca exigió una prueba de ADN.

Simplemente creyó.

Santiago respiró hondo antes de continuar.

—Cuando salí del hospital fui a buscarte.

Llegué a las oficinas.

A la casa.

Al corporativo.

Siempre me dijeron lo mismo.

“El señor Beltrán no quiere recibirte.”

Rodrigo negó desesperadamente con la cabeza.

—¡Eso es mentira!

—Lo sé.

—Pero yo no lo sabía.

El silencio volvió a envolverlos.

Solo se escuchaban las gotas golpeando el mármol de la tumba.

Rodrigo miró la lápida.

Por primera vez comprendió que durante dos años había llorado frente al nombre de su hijo…

…sin saber quién descansaba realmente debajo de aquella tierra.

—¿Quién está enterrado aquí?

Santiago respondió con la voz quebrada.

—Eso también quiero descubrir.

Porque el ataúd permaneció cerrado todo el tiempo.

Y nunca permitieron que nadie lo abriera.

Rodrigo sintió que el estómago se contraía.

Verónica insistió en el ataúd sellado.

Verónica organizó el funeral.

Verónica firmó los permisos.

Verónica controló cada detalle.

Entonces recordó algo que llevaba dos años ignorando.

El mismo día del supuesto fallecimiento, él había firmado un poder general para que Verónica administrara temporalmente todas las empresas.

Nunca volvió a revocarlo.

Mientras lloraba a su hijo…

Ella había tomado el control absoluto de su imperio.

Santiago dio un último paso hacia su padre.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Papá…

No vine para pedirte dinero.

Ni para recuperar mi apellido.

Vine porque hace una semana alguien intentó matarme otra vez.

Rodrigo levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué?

Santiago sacó una fotografía arrugada de su mochila.

Mostraba un automóvil negro destrozado contra un barranco.

—Cortaron los frenos de la camioneta donde viajaba.

La policía dijo que fue un accidente.

Pero antes de eso recibí este sobre.

Le entregó un papel blanco.

Solo contenía una frase escrita con letras recortadas de periódico.

“Los muertos no regresan dos veces.”

Rodrigo sintió un frío recorrerle todo el cuerpo.

Porque en la esquina inferior del sobre había un sello de mensajería.

La dirección del remitente no era una oficina.

No era un apartado postal.

Era exactamente la misma dirección donde, desde hacía dos años, Verónica Rivas administraba en secreto la oficina privada de Rodrigo Beltrán.

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