PARTE 2: LA FIRMA QUE LO CAMBIÓ TODO

Sebastián permaneció inmóvil.

El documento seguía abierto en la pantalla de su computadora.

En la parte inferior aparecía una autorización para modificar los datos de contacto de la paciente durante su ingreso al Hospital Civil.

El nombre de quien había firmado era inconfundible.

Renata Salgado.

Durante varios segundos creyó que estaba leyendo mal.

Acercó el monitor.

Volvió a revisar la firma.

Era la misma caligrafía que había visto cientos de veces en las invitaciones de la boda, en los contratos del salón y en las tarjetas que ella le dejaba sobre la almohada.

—No puede ser…

Tomás habló desde el otro lado del teléfono.

—Eso pensé yo.

Sebastián cerró los ojos.

—Explícamelo.

—Tres días antes del parto, alguien se presentó en el hospital diciendo que era la representante de la familia Aranda. Solicitó que cualquier llamada relacionada con Lucía fuera dirigida exclusivamente a un nuevo número telefónico.

—¿Y ese número?

—Pertenecía a Renata.

El silencio se volvió insoportable.

Sebastián recordó cada día de aquellos meses.

Renata siempre le decía lo mismo.

“Lucía solo quiere sacarte dinero.”

“No contestes números desconocidos.”

“Está obsesionada contigo.”

Ahora todo empezaba a encajar.

Tomás continuó.

—Hay algo más.

Abrió otra carpeta.

—El hospital registró siete llamadas al contacto de emergencia durante el parto.

Ninguna fue respondida.

Después dejaron mensajes de voz.

Todos fueron eliminados antes de que pudieran reenviarse.

Sebastián sintió un frío recorrerle la espalda.

—¿Quién los borró?

—El mismo teléfono de Renata.

Las manos comenzaron a temblarle.

Mientras Lucía daba a luz sola…

Él estaba cenando con Renata en un restaurante de Monterrey, convencido de que su exesposa había desaparecido con otro hombre.

La mentira había sido perfecta.

Pero todavía faltaba lo peor.

Tomás respiró hondo antes de continuar.

—También revisé las pruebas que provocaron el divorcio.

Sebastián se incorporó de golpe.

—¿Qué encontraste?

—Las fotografías del motel fueron manipuladas.

El hombre que aparecía junto a Lucía nunca entró con ella.

Las imágenes pertenecían a días distintos y fueron unidas digitalmente.

Sebastián sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Las transferencias?

—Salieron de una computadora ubicada dentro de las oficinas de Constructora Aranda.

No desde la casa donde vivía Lucía.

—¿Y el reloj de mi padre?

Tomás hizo una breve pausa.

—Fue colocado en el clóset de Lucía cuarenta minutos antes de que tú llegaras.

Las cámaras de seguridad del pasillo todavía conservan el registro.

Sebastián dejó caer el teléfono sobre el escritorio.

Todo.

Absolutamente todo.

Había sido preparado.

Durante un año culpó a la mujer que más lo había amado.

La expulsó de su casa.

Le negó la oportunidad de explicarse.

Y jamás supo que estaba embarazada de sus hijos.

Tomó las llaves del automóvil y salió corriendo.

No quería esperar un minuto más.

Necesitaba encontrar a Lucía.

Necesitaba verla.

Necesitaba pedirle perdón.

Condujo hasta el lugar donde la había visto aquella tarde.

Ya no estaba.

Preguntó a los comerciantes.

A los recolectores de cartón.

A un vendedor de aguas frescas.

Nadie conocía su nombre.

Solo sabían que una muchacha con dos bebés pasaba por allí algunas tardes buscando latas y botellas para vender.

Cuando estaba a punto de marcharse, una anciana lo llamó.

—¿Busca a la mamá de los gemelos?

Sebastián asintió desesperado.

La mujer le entregó una pequeña bolsa de tela.

—La dejó olvidada hace rato.

Dentro había únicamente tres cosas.

Un pañal limpio.

Un pequeño mameluco doblado con cuidado.

Y una fotografía.

Sebastián la tomó con manos temblorosas.

Era una ecografía.

En la parte inferior había una nota escrita con la letra de Lucía.

“Hoy intenté llamarte otra vez. Ojalá algún día conozcas a nuestros hijos.”

La fecha correspondía exactamente al día en que él creyó que Lucía estaba huyendo con otro hombre.

Pero la sorpresa más devastadora apareció al darle la vuelta a la fotografía.

Había una dirección escrita con tinta azul.

No era un refugio.

No era un hospital.

Era la dirección de una casa de asistencia para mujeres.

Y, debajo, una advertencia escrita por alguien más:

“Si Sebastián Aranda aparece preguntando por Lucía, no le digan dónde está. Hay personas que lo siguen desde hace semanas… y no buscan reconciliarse con ella. Buscan a los bebés.”

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