PARTE 2: LA VERDAD ESTABA VIVA

Isabel permaneció inmóvil.

Durante varios segundos fue incapaz de pronunciar una sola palabra.

Solo escuchaba el latido desbocado de su propio corazón.

—Repítalo —susurró finalmente.

El abogado bajó la mirada.

—Dolores Ríos declaró ante notario hace cuatro horas. Asegura que hace veintidós años el señor Augusto Montenegro le entregó una fuerte suma de dinero para alterar el expediente de parto.

El aire pareció desaparecer de la habitación.

—Mi hija… ¿nunca murió?

—No, señora.

El hombre abrió una carpeta gruesa.

Dentro había copias del registro del hospital, fotografías antiguas, recibos bancarios y una declaración firmada con huella digital.

—La bebé nació sana. Esa misma madrugada cambiaron las pulseras de identificación. A usted le entregaron el cuerpo de otra recién nacida fallecida pocas horas antes.

Las manos de Isabel comenzaron a temblar.

Recordó aquel hospital.

Las luces blancas.

Los médicos evitando mirarla a los ojos.

La enfermera que insistía en que no viera a la niña por “protocolos sanitarios”.

Veintidós años llorando una tumba vacía.

Y su hija había estado respirando en algún lugar de México todo ese tiempo.

—¿Por qué? —preguntó con la voz rota.

El abogado respiró profundamente.

—Porque si usted tenía una hija, el patrimonio familiar cambiaba por completo.

Isabel levantó la cabeza.

Comprendió de inmediato.

El antiguo testamento de su padre establecía que la mayor parte del grupo empresarial pasaría directamente a sus descendientes biológicos.

Si ella no tenía hijos…

El siguiente beneficiario era Augusto.

Sintió náuseas.

No se trataba de una venganza familiar.

Se trataba de miles de millones de pesos.

Y para conseguirlos, alguien había robado a una recién nacida.

En ese instante escuchó unos pasos detrás de la puerta.

Lucía apareció descalza.

Había bajado a buscar un vaso de agua.

Al ver el rostro desencajado de Isabel, se detuvo.

—¿Interrumpo?

Isabel cerró rápidamente la carpeta.

Todavía no podía decirle la verdad.

No sin pruebas definitivas.

Se obligó a sonreír.

—No, hija…

La palabra escapó antes de que pudiera detenerla.

Lucía la observó confundida.

Isabel corrigió de inmediato.

—Perdón… quise decir… querida.

La joven sonrió con timidez.

—Hace muchos años nadie me llama así.

Aquellas palabras atravesaron el pecho de Isabel.

Esperó a que Lucía regresara a su habitación.

Entonces volvió a abrir la carpeta.

En el fondo apareció un pequeño sobre amarillo.

Estaba dirigido únicamente a ella.

La carta había sido escrita por Dolores con letra temblorosa.

“Si algún día encuentra a su hija, no permita que vuelva con los Montenegro. Ellos nunca dejaron de buscarla.”

Isabel sintió un escalofrío.

—¿Qué significa esto?

El abogado tomó otra hoja.

—Eso aún no es lo peor.

Durante los últimos seis meses alguien contrató investigadores privados para localizar a una mujer de aproximadamente veintidós años con un lunar bajo la oreja izquierda.

Coincide exactamente con la descripción de Lucía.

Isabel sintió que el miedo reemplazaba al alivio.

—¿Quién los contrató?

El abogado deslizó una fotografía sobre la mesa.

Era una imagen tomada apenas dos días antes.

Lucía aparecía saliendo de un comedor comunitario.

A pocos metros, un hombre la observaba desde un automóvil negro.

La segunda fotografía mostraba al mismo hombre entrando al corporativo del Grupo Montenegro.

Y en la tercera estrechaba la mano de Augusto.

El abogado habló en voz baja.

—No estaban buscándola para devolverla a su madre.

Hizo una pausa.

—La estaban buscando porque descubrieron que seguía viva… y necesitaban encontrarla antes que usted.

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