PARTE 2: LA MEMORIA REVELÓ EL PLAN QUE LLEVABAN DOS AÑOS OCULTANDO

Diego sintió que las manos le temblaban mientras la primera grabación terminaba.

Durante varios segundos nadie habló.

El único sonido en la habitación era el zumbido del viejo ventilador.

Don Aurelio respiró despacio.

—Eso ocurrió hace diecinueve meses.

Sacó otra memoria de la caja de cedro.

—Y apenas era el principio.

Diego tragó saliva.

—¿Cuántos videos hay?

—Doscientos cuarenta y siete.

El número le revolvió el estómago.

Cada archivo tenía fecha, hora y ubicación.

Las cámaras estaban instaladas en el despacho principal, el comedor, el pasillo que conducía a la habitación del anciano y hasta en la oficina privada donde Ernesto administraba las finanzas del consorcio.

Don Aurelio nunca había dejado nada al azar.

Apareció un nuevo video.

En él, Ernesto cerraba la puerta del despacho mientras Mauricio colocaba varios estados de cuenta sobre la mesa.

—Hay que mover otros cuarenta millones antes de que el viejo revise los balances.

Mauricio sonrió.

—No los revisará jamás.

—¿Estás seguro?

—Mariana lleva meses mezclando los medicamentos. Apenas puede mantenerse despierto.

Diego sintió un golpe en el pecho.

Volvió la mirada hacia el anciano.

—¿Medicamentos?

Don Aurelio asintió lentamente.

—Durante meses cambiaron las dosis que me recetaba el cardiólogo.

El doctor Salazar ya sospechaba.

Por eso aceptó ayudarme.

Suspendimos las pastillas verdaderas y colocamos otras inofensivas.

Ellos creían que me estaban debilitando.

En realidad solo fingía los efectos.

Diego apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se volvieron blancos.

—¿Mariana participó desde el principio?

Don Aurelio abrió otro archivo.

Esta vez la imagen mostraba la cocina.

Mariana preparaba un té mientras Beatriz hablaba en voz baja.

—Cuando él firme el nuevo testamento, Diego ya no servirá para nada.

—¿Y si se niega?

Mariana sonrió con absoluta tranquilidad.

—Para entonces ya habrá suficientes pruebas para acusarlo de robar dinero de la empresa.

Diego quedó inmóvil.

—¿Qué pruebas?

Don Aurelio colocó sobre la mesa una carpeta gris.

Dentro había copias de transferencias bancarias.

Contratos.

Facturas.

Todos llevaban la firma de Diego.

Una firma perfecta.

Excepto por un detalle.

Él jamás había firmado ninguno de esos documentos.

—Falsificaron mi firma…

—Durante más de un año —respondió Don Aurelio—. Mauricio consiguió un perito dispuesto a fabricar cualquier documento por dinero.

Diego sintió que el aire desaparecía.

Ahora entendía por qué, meses atrás, el departamento contable le había hecho preguntas extrañas sobre compras que nunca autorizó.

Alguien llevaba mucho tiempo preparando el terreno.

Y él había sido el chivo expiatorio perfecto.

En ese momento sonó el timbre.

Tres golpes cortos.

Dos largos.

Don Aurelio sonrió por primera vez en mucho tiempo.

—Ya llegaron.

El doctor Salazar entró acompañado por un hombre de traje oscuro y una mujer con uniforme de la Fiscalía Anticorrupción del Estado.

La mujer mostró su credencial.

—Buenas noches. Soy la fiscal Verónica Ibarra.

Traemos una orden para asegurar toda la documentación relacionada con el Grupo Salgado.

Diego frunció el ceño.

—¿Ya había una investigación?

La fiscal asintió.

—Desde hace ocho meses.

Pero necesitábamos una última prueba para demostrar quién dirigía toda la red.

Don Aurelio entregó la memoria USB.

—Aquí está.

La fiscal guardó cuidadosamente el dispositivo.

—Con esto podremos solicitar las órdenes de cateo y el congelamiento inmediato de las cuentas.

Justo cuando iba a responder, el teléfono oculto de Don Aurelio vibró.

En la pantalla apareció un mensaje enviado desde un número desconocido.

Solo tenía una fotografía.

Era la piscina infinita del resort en la Riviera Maya.

En primer plano estaban Mariana y Mauricio, brindando con champaña.

Debajo de la imagen había una sola frase.

“Mañana a las nueve firmaremos la venta definitiva de las acciones del abuelo. Cuando regresen a Durango… ya no tendrán empresa que recuperar.”

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